Joven opositor acosado por turbas gubernamentales

Cubanet/Noticuba Internacional, La Habana, 23 de Marzo del 2006

Algunos opositores consideran que hechos como éste ponen en evidencia la urgencia que abruma a la policía de Seguridad del régimen

Una treintena de ancianos desocupados y con un extenso historial de delaciones y actividades fascistas en su haber, rodea la vivienda de Odelín Alfonso, este 21 de marzo. Alfonso es miembro del Partido  Liberal Ortodoxo y colabora ocasionalmente en la página electrónica  CubaNet, radicada en Miami. Los porristas fueron convocados por el gobernante Partido Comunista  con el propósito de intimidar al opositor a quien impiden salir de  su vivienda. El operativo, aparentemente está dirigido por un  policía de Seguridad con rango de oficial que se hace llamar Moisés. La vivienda de Odelín Alfonso está ubicada en la calle 9na y Final,  en el reparto Parcelación Moderna del municipio Arroyo Naranjo en  esta capital. El objetivo de la asonada fascista es impedir que  Alfonso participe en una actividad programada por las Damas de  Blanco. Algunos opositores consideran que hechos como éste ponen en  evidencia la urgencia que abruma a la policía de Seguridad del  régimen.  Según fuentes que pidieron permanecer anónimas, este tipo de asedio  a los opositores está dirigido a crear un clima de aparente  tranquilidad que permita al gobierno de Fidel Castro salir adelante  con su nueva maniobra políticam que estaría dirigida a negociar una  nueva imagen tanto en el plano interno como externo. Para ello es  necesario silenciar a la oposición y a la prensa independiente para  ganar tiempo.  En este sentido, sería necesario efectuar la menor cantidad de  arrestos y dejar que el peso represivo descanse en mítines de  repudio, golpizas y otras actividades intimidatorias. Una de las  fuentes precisó que en el futuro, los arrestos serían muy selectivos.

 

Despedido opositor pacífico de su trabajo

Cubanet/Noticuba Internacional, Matanzas,23 de Marzo del 2006

Juan Francisco Sigler Amaya, integrante de la Junta Directiva del  Movimiento Independiente Opción Alternativa (MIOA), denunció que el  pasado 14 de marzo el ingeniero Orlando Martínez Acosta, director  del ingenio Cuba Libre, ubicado en Pedro Betancourt, Matanzas, lo  expulsó de la entidad por sus ideas políticas luego de una hostil e  intensa campaña llevada a cabo en contra de su persona.  

Dijo el opositor que un funcionario ratificó la disposición #1 de  2001 en la que se expresa que se le separa definitivamente de la  entidad por considerarse como inaceptable el hecho de que se reúne  en su domicilio con personas opuestas a los principios ideológicos  de la revolución. "Este en un hecho evidentemente político, planificado por la  Seguridad del Estado y ejecutado por sus incondicionales  colaboradores", declaró el activista. "El primero de marzo fui víctima de un fallido acto de repudio en el  lugar donde trabajo debido a mi labor en defensa de los derechos  humanos, ocasión en la que un funcionario nombrado Pablo  Alburquerque, conocido como 'Pablo cantaleta', ante la negativa de  los obreros a apoyar su abominable proceder, manifestó que él  personalmente se ocuparía de gestionar mi expulsión del centro",  puntualizó Sigler Amaya.  Destacó el opositor, de 53 años, casado y padre de cuatro hijos, que  ese día, ante las protestas de los trabajadores, la administración  dispuso que continuara trabajando hasta nuevo aviso. "El incidente creó un desfavorable estado de opinión sobre la  administración, porque los obreros, incluso algunos funcionarios me  expresaron apoyo y solidaridad. Eso alarmó mucho a la Seguridad del  Estado y al Partido Comunista, que ordenaron de inmediato mi  expulsión del centro de trabajo", afirmó Sigler Amaya. Al momento de su sanción el opositor pacífico llevaba 38 años  trabajando en la agricultura, de los cuales pasó 33 en el ingenio  Cuba Libre, donde se desempeñaba como trabajador del banco de  semillas.

 

Médico de campo

Tania Díaz Castro

Cubanet/Noticuba Internacional, La Habana, 23 de Marzo del 2006

Nada faltaba. Los pocos vecinos de Santa Lugarda tenían sus  tiendas de víveres, de ropa, de zapatos. Hasta un médico tenían por  si alguien se caía de un caballo o un obrero del central sufría un  accidente.

Ocurrió en 1949. Tenía 10 años y era la primera vez que visitaba a  los tíos de mi madre, Paulino y Juancito, procedentes de Islas  Canarias y radicados en el caserío del Central Santa Lugarda, en la  provincia Las Villas. Eran de cabellos muy claros y ojos azules, en  contraste con su piel, curtida por el sol de los cañaverales

Jamás podré olvidar aquellos días que pasé junto a mi familia  materna. Lo primero que me impresionó fue sentir de una manera tan  intensa el sabor del azúcar. Todo era dulce allí: las personas, los  muebles de las casas, las paredes de madera, los caminos, los  trillos. Hasta el agua de beber y la lluvia eran dulces. Bien las  recuerdo.

El pueblo apenas se extendía a lo largo de cien metros. La calle en  el centro y a cada lado las casas, todas pertenecientes a los  trabajadores del central. No había manera de perderse por recovecos  o bocacalles. El central, sobre todo de noche, parecía un fantasma  sobre el lomerío, y en época de molienda, cuando se trituraba la  caña para convertirla en azúcar, era lo más querido, el sustento de  todas las familias, la ventana por donde se contemplaba la vida.

Nada faltaba. Los pocos vecinos de Santa Lugarda tenían sus tiendas  de víveres, de ropa, de zapatos. Hasta un médico tenían por si  alguien se caía de un caballo o un obrero del central sufría un  accidente.

Mi madre llamaba a Santa Lugarda "paraíso de azúcar y miel", y casi  hasta los últimos años de su vida, cuando hablaba de Santa Lugarda,  sus ojos recobraban su brillo, mezcla de nostalgia y alegría.

Una noche desperté sobresaltada al escuchar unos gritos a través de  un tabique de madera, muy cerca de donde yo dormía. Se trataba de  una de mis primas que iba a parir.

Escuché cuando alguien subía a un caballo y una voz: "Pronto llegará  el médico". Nadie dormía. Yo, mucho menos. Estaba tan asustada que  no me acordaba ni de rezar.

Al poco rato llegó otro caballo. Sentí los pasos apresurados de  varias personas dentro de la casa. Mi prima seguía quejándose y yo  me moría del miedo. Mi tío Paulino se secaba el sudor. Sonreía. De  pronto, el llanto de un niño llenó la casa. Minutos después el  médico salía a la puerta para anunciar que se trataba de un varón.

Fue entonces que lo conocí. Se sentó a mi lado y regalándome un  caramelo se puso a conversar conmigo. Tal vez vio el miedo reflejado  en mis ojos. Era un hombre joven, delgado, vestido de blanco, cuyo  rostro se quedó para siempre en mi memoria.

A los pocos días subimos al tren, de regreso a la capital. Atrás no  sólo quedaban las extensas plantaciones de caña perdidas en el  horizonte. También la imagen del primer médico de campo que vi, tan  parecido a un ángel salvador, diciéndonos adiós desde el andén.

En Santa Lugarda todo ha cambiado. Al caserío le dicen Lugardita. El  central dejó de moler. Algunos familiares han abandonado el país. De  aquel "paraíso de azúcar y miel" no queda nada. Ni siquiera el nombre.