LOS TRABAJADORES CUBANOS Y SUS DERECHOS

Sergio Lázaro Cabarrouy Fernández-Fontecha
Revista Vitral, Marzo - Abril de 2006

Una mañana de domingo estaba con mi familia en un parque infantil y,  mientras hacía una cola para helados, un señor de unos 50 años que estaba a  mi lado, contemplando a unos chiquillos que correteaban entre la gente, dijo  como quien enuncia algo muy importante: "tal vez a esos niños les espera lo  mismo que a mí, ir de la casa al trabajo, a pasar trabajo, y del trabajo a  la casa, a luchar la vida, sin que nunca me alcance el sueldo para nada, yo  a los míos no los puedo llevar a otro lado que no sea aquí, ni comprarle los  juguetes que les gustan.".

Nadie le dijo nada, tal vez porque los que lo  escuchamos vivimos la misma realidad paralizante. La reflexión que me  suscitó el hecho la comparto a continuación. ¿Para qué trabajamos?, podría ser la primera pregunta profunda implícita en  aquella queja. Pues para vivir, podría ser la primera respuesta. Para vivir  y no a la inversa, el trabajo debe permitir obtener el sustento para una  vida digna. Tanto en la tradición cristiana como en la experiencia  democrática actual, se reconocen un grupo de derechos de los trabajadores,  que son universalmente aceptados como base para que la realidad descrita  arriba, y otras aun mucho más duras, puedan ser superadas.

El derecho al empleo justamente remunerado

El salario es la primera medida de justicia en las relaciones laborales. Es  la manera en que las personas que trabajan pueden acceder a los bienes del  mundo, que son de uso común(1), tanto los que vienen de la producción, como  los que se obtienen de la naturaleza. El salario es la verificación concreta  de de la justicia, no sólo en las relaciones empresario - empleado, sino del  sistema socio económico donde éstas se generan (2). La parte del trabajo que no es justamente remunerada se convierte en trabajo  esclavo, aunque los mecanismos que lo posibilitan en la actualidad no sean  ya los del mayoral y el cepo. La insuficiencia del marco legal en cuanto a  protección de los trabajadores, la falta de posibilidad de asociación  independiente que facilite una lucha pacífica por sus derechos, la falta de  un mercado del trabajo, que genere ofertas diversas, entre otros, pueden ser  parte de esos mecanismos que hacen que el trabajo no pueda satisfacer  algunas de las necesidades básicas entre las que están el alimento, el  vestido, la recreación, los servicios de salud y educación, el cultivo del  espíritu y el ahorro. Es cierto que en las relaciones entre el trabajo y el capital, a este último  le puede tocar una parte mayor en las ganancias, porque es éste último quien  más se arriesga, pero esta diferencia no puede afectar al trabajador al  punto de impedirle una vida digna. En la organización económica que ha  existido en los países del llamado Socialismo Real, el Estado se apropia de  la mayor parte del fruto del trabajo, con la justificación de garantizar una  mejor distribución y la seguridad social. En la práctica se ha visto que  este sistema no sólo genera ineficiencia y desestimula la producción, sino  que impide al trabajador en muchas ocasiones una vida digna. El trabajo es  sin dudas la fuente de la seguridad social ya que parte de sus frutos debe  servir para sustentar dignamente a quienes no puedan hacerlo por sí mismos,  de esto debe encargarse el Estado. Sin embargo, el impuesto que se cobra  para este fin debe ser sustentable por el que trabaja. El salario también debe estar en correspondencia con el valor de lo que se  produce y las horas que se trabaja, tampoco es éticamente aceptable que se  pague al trabajador más de lo que produce, a menos que esté impedido. Sin embargo, para que se pueda hablar de salario justo, es necesario ante  todo que el trabajador acceda a un empleo. De poco vale la justeza de los  salarios de los que trabajan donde muchas personas no tienen donde ganar el  sustento. Generar empleo es un reto para todas las sociedades en el mundo de  hoy. Este no se puede afrontar con éxito sin el concurso de todos los  sectores sociales, combinando la iniciativa privada, y la labor subsidiaria  del Estado. De otro modo puede que haya inmensos potenciales generadores de  riqueza que no puedan producir, o que existan personas que ocupan puestos de  trabajo improductivos donde el trabajador "finge que trabaja y el Estado  finge que le paga". ¿No será esa la causa de la queja de aquel señor en el  parque?¿por qué si nos damos cuenta, en lugar de promover transformaciones  graduales, nos empeñamos en virar atrás lo que habíamos avanzado en cuanto  al trabajo por cuenta propia?

El derecho al acceso al mercado del trabajo

Lo primero que se necesita en este caso es que exista un mercado del  trabajo, es decir, múltiples ofertas de empleo que compitan entre sí, donde  la persona pueda escoger de acuerdo a su calificación. La existencia de un  único empleador (3), tal como ocurre en Cuba, no sólo dificulta los  mecanismos naturales de la economía, sino que, al no existir la posibilidad  de escoger entre varias formas de pago, estilos de trabajo, horarios, etc.,  el trabajador se ve obligado a aceptar las únicas condiciones, salarios o  estilos existentes, aunque estos no sean convenientes a sus necesidades, o  suficientemente respetuosos de sus derechos. El mercado tiene mecanismos  naturales que ayudan a excluir a las empresas o cualquier tipo de empleador  que no cumpla las expectativas del común de los trabajadores, siempre que  haya un marco legal donde les sean reconocidos sus derechos y éstos puedan  reclamarlos. También la discriminación por razones de credo, género o ideas  políticas es inaceptable en el mercado del trabajo y afecta no sólo a los  trabajadores sino también a las empresas y al desarrollo general de la  economía. En este sentido hay mucho que mejorar en nuestra realidad. Cuando los ciudadanos no pueden desarrollar sus capacidades para emprender y  producir con ciertas cuotas de libertad, entonces caen en la desidia o  concentran sus esfuerzos en la emigración. Esta es, a mi juicio, una de las  razones más fuertes de la emigración en Cuba, la cual no tiene nada que ver  con ninguno de los bloqueos que nos vienen de fuera, sino de los que son  propios de la sociedad que tenemos. Las personas deben tener espacios para emprender, para buscar nuevos caminos  de desarrollo por los que pueda realizar sus aspiraciones legítimas, el  hombre no sólo vive de pan, vive también de sus ilusiones y proyectos, de  cuya realización dependen muchas veces tanto el pan cotidiano como el  progreso gradual de todos. Mención especial merece en Cuba el asunto de la tierra, la mayor parte de la  cual ha sido deforestada para el cultivo por parte de grandes empresas  estatales y ahora está baldía. El pequeño sector privado o estatal que la  cultiva no produce lo necesario y las normas que rigen el sector agrícola no  favorecen la producción ni el sustento digno de quien trabaja. El campo en  Cuba, donde se puede cultivar todo el año, podría generar una gran cantidad  de ofertas de trabajo que al mismo tiempo revierta el éxodo hacia las  ciudades que ha sido fomentado en las últimas décadas tanto por causa de las  políticas de reforma de la propiedad, como por la mala remuneración. ¿Por  qué no se realizan transformaciones en el sistema de propiedad en el campo y  se abre la puerta a la iniciativa privada y cooperativa, con las debidas  regulaciones para evitar el latifundio? ¿por qué no se aplica en el campo la  gran cantidad de iniciativas en tecnología agrícola que salen a diario de  nuestras universidades? Ambas preguntas son válidas para todos los sectores  económicos, pero es el campo por donde habría que empezar, es nuestra  primera y más natural fuente de riquezas, la que mejor hemos dominado  históricamente. También puede hablarse de manera especial del capital humano de los cubanos,  de su tremenda capacidad de recuperación y de su espíritu emprendedor, que  quedaron demostrados cuando se abrió una pequeña brecha al trabajo por  cuenta propia hace 12 años y se demuestra todos los días en la diáspora.  ¿Por qué, entonces, es fuera de Cuba donde único los trabajadores cubanos  tenemos acceso a una paga un poco mejor, aunque a veces también sea onerosa  en comparación con los servicios que se prestan?¿Por qué no podemos usar  dentro lo que tan buenos frutos da fuera?

El derecho a las condiciones dignas de trabajo

".de la casa al trabajo, a pasar trabajo",es la manera en que la sabiduría  popular califica el hecho de que no se tengan las condiciones mínimas para  trabajar. El trabajo lleva implícita una fatiga, pero ante todo es un acto  de creación el cual debe, en última instancia, reconfortar a la persona que  lo realiza, no sólo por la remuneración, sino también por el hecho mismo de  realizarlo. Quien trabaja en algo que no le gusta o le gusta y no tiene las  condiciones mínimas necesarias, no lo hace bien, al menos todo lo bien que  podría. No puede justificarse la falta de condiciones por ninguna razón, menos por  los costos que éstas podrían significar para la empresa o el Estado, dichos  costos deben estar incluidos en los gastos como condición indispensable para  la producción, disminuir los costos de producción a costa del bienestar de  los trabajadores no sólo es éticamente inaceptable, sino que no es  económicamente recomendable porque baja la productividad. La mayoría de los  trabajadores que conozco valora muchísimo las condiciones de trabajo, tan es  así que muchas personas cambian de empleo por ganar tan solo una mejoría en  el almuerzo así como en los medios y recursos con que cuenta para trabajar.

El derecho al descanso retribuido

".del trabajo a la casa, a luchar la vida". Otra sabia frase que denota el  hecho que la mayoría de los cubanos tenemos dos jornadas laborales: una, la  que se hace con el Estado y, la otra, en el sector informal, donde se  completan los ingresos que se necesitan para subsistir. Para muchos es a  través de esta «lucha» que se obtiene la mayor parte de los ingresos. La primera consecuencia grave de esta situación está en la familia, los  padres se ven privados del tiempo imprescindible para dedicar a los hijos,  la educación queda así desproporcionadamente en manos de la escuela y de  otros ambientes de natural participación, que hoy desgraciadamente se  resumen en muchos casos con el apelativo «la calle». La familia también  sufre porque se le hace cada vez más pequeño el espacio de tiempo para estar  juntos. El descanso no es sólo tiempo para recuperar fuerzas, es tiempo para  reflexionar, conversar, soñar, celebrar y orar en familia, es necesario  poder salir a la playa, el campo o centros de recreación, donde la persona  entera, y no sólo el cuerpo, puedan crecer. El trabajo debe permitir a la persona «hacerse más persona», y no degradarse  a causa del trabajo, perjudicando no sólo sus fuerzas físicas, sino dañando  su propia dignidad y subjetividad. (4) El trabajo debe dejar dividendo para el crecimiento humano, no sólo en  términos de tiempo, sino en términos monetarios. Aunque existan las leyes  que defiendan la jornada de 8 horas y las vacaciones pagadas, el verdadero  descanso no puede conseguirse sin el salario justo y las buenas condiciones  de trabajo.

El derecho a buscar el reconocimiento de los derechos

El reconocimiento legal y efectivo de los derechos de los trabajadores ha  sido logrado en gran medida gracias a que los trabajadores se han organizado  para reclamarlos. Al respecto, la Doctrina Social de la Iglesia plantea que  sobre la base de los derechos de los trabajadores, junto con la necesidad de  asegurarlos por parte de los mismos trabajadores, brota el derecho a  asociarse; esto es, a formar asociaciones o uniones que tengan como  finalidad la defensa de los intereses vitales de los hombres empleados en  las diversas profesiones. Estas uniones llevan el nombre de sindicatos. La  experiencia histórica enseña que las organizaciones de este tipo son un  elemento indispensable de la vida social. La doctrina social católica no  considera que los sindicatos constituyan únicamente el reflejo de la  estructura de «clase» de la sociedad y que sean el exponente de la lucha de  clase que gobierna inevitablemente la vida social. Sí, son un exponente de  la lucha por la justicia social, por los justos derechos de los hombres del  trabajo según las distintas profesiones. Sin embargo, esta «lucha» debe ser  vista como una dedicación normal «en favor» del justo bien: en este caso,  por el bien que corresponde a las necesidades y a los méritos de los hombres  del trabajo asociados por profesiones; pero no es una lucha «contra» los  demás. (5) Esta enseñanza propone el recto sentido del trabajo de los sindicatos, los  cuales deben tener el espacio requerido en la sociedad, y la independencia  necesaria de los partidos políticos y del Estado, para que puedan ejercer su  función como miembros de la sociedad civil: la de servir de amplificador de  la voz de los trabajadores, y de amortiguador del poder de la empresa o el  Estado, en aras del bien común, sin miedo a sufrir represalias y libres del  dominio de las distintas formas de poder político. Hoy en las partes del  mundo donde se han alcanzado mayores grados de democracia, los sindicatos  son una parte muy importante en la organización del trabajo de la empresa,  no como correa de transmisión de la administración, sino como contraparte  que busca asegurarse que los contratos de trabajo sean beneficiosos a los  trabajadores. "Actuando en favor de los justos derechos de sus miembros, los sindicatos se  sirven también del método de la «huelga», es decir, del bloqueo del trabajo,  como de una especie de ultimátum dirigido a los órganos competentes y sobre  todo a los empresarios. Este es un método reconocido por la doctrina social  católica como legítimo en las debidas condiciones y en los justos límites.  En relación con esto los trabajadores deberían tener asegurado el derecho a  la huelga, sin sufrir sanciones penales personales por participar en ella.  Admitiendo que es un medio legítimo, se debe subrayar al mismo tiempo que la  huelga sigue siendo, en cierto sentido, un medio extremo. No se puede abusar  de él; no se puede abusar de él especialmente en función de los «juegos  políticos». Por lo demás, no se puede jamás olvidar que cuando se trata de  servicios esenciales para la convivencia civil, éstos han de asegurarse, en  todo caso, mediante medidas legales apropiadas si es necesario. El abuso de  la huelga puede conducir a la paralización de toda la vida socio-económica,  y esto es contrario a las exigencias del bien común de la sociedad, que  corresponde también a la naturaleza bien entendida del trabajo mismo." (6) En la relación entre sindicato y administración, como distintos  complementarios y no como iguales, ni como contrarios en guerra, se pueden  obtener los mejores beneficios para ambas partes. Hoy, por ejemplo, en la  unida y próspera Europa son cada vez más importantes los contratos  colectivos de trabajo auspiciados por los sindicatos. En la historia de Cuba sobran los ejemplos de logros obreros y de magníficas  relaciones empresario trabajador, gracias al trabajo eficaz, audaz y  valiente de los sindicatos, que han sabido sortear las peores dificultades  y, al mismo tiempo, vemos los malos resultados que se obtienen cuando el  sindicato es una mera correa de transmisión. ¿Por qué no utilizamos hoy las  lecciones de esta rica experiencia?.

El ejercicio efectivo de los derechos de los trabajadores es impostergable

El reconocimiento efectivo de los derechos de los trabajadores debe alcanzar  mayores grados en Cuba, es urgente e impostergable si queremos salir de la  actual crisis. Sin embargo hay muy pocos que son conscientes de ello.  Cualquier transformación social que se opere para mejorar nuestras actuales  condiciones de vida, sería cosmética o podría fracasar si no se dan pasos en  este sentido, los cuales deben ser pequeños pero continuos y definitivos  para buscar la eficacia (7). Si así lo hacemos nuestra economía familiar y nacional, así como nuestro  bienestar cotidiano irán mejorando, no me cabe duda. La iniciativa y la  capacidad de recuperación de los cubanos han hecho milagros a lo largo de  nuestra Historia, ahora también es posible.

Referencias

(1) El destino universal de los bienes es un principio de la Doctrina Social  de la Iglesia, que postula que todos los bienes del mundo son de uso común,  tanto los que vienen de la naturaleza como los producidos por el hombre.  Cada uno de los miembros de la sociedad, tiene derecho a acceder a ellos  desde su propia posición y, al mismo tiempo, el deber de permitir el acceso  de los demás a estos. (2) Cfr. Juan Pablo II, Encíclica Laborem exercens, 1981. (3) Cfr. María Caridad Gálvez Chíu. "Único empleador, mecanismo de control.  Revista Vitral no. 34, noviembre-diciembre, 1999. (4) Cfr. Juan Pablo II, Encíclica Laborem exercens, pp 18, 1981. (5) Cfr. Juan Pablo II, Encíclica Laborem exercens, pp 20, 1981. (6) Juan Pablo II, Encíclica Laborem exercens, pp 20. 1981 (7) El Padre Félix Varela (1788-1853), padre de nuestra nacionalidad, el que  nos enseñó primero en pensar, propuso a los cubanos la gradualidad como  virtud para alcanzar el éxito en la vida personal y social.

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Sergio Lázaro Cabarrouy Fernández-Fontecha (San Diego de los Baños, 1971) Doctor en Ciencias Técnicas. Graduado de Ingeniería en Telecomunicaciones  (ISPJAE, 1994). Animador del CFCR y Responsable del Grupo de Computación.  Actualmente trabaja como técnico de diseño y reparación de equipos  electrónicos en la Universidad de Pinar del Río.