Por un pasado
plural
Rafael Rojas
Febrero 23, 2006
Los políticos de la oposición y el exilio serían más eficaces
y comunicativos si incorporaran a su discurso una imagen plural
del pasado de la isla. En una imagen así, las tres grandes
tradiciones intelectuales del nacionalismo cubano, la liberal,
la católica y la marxista, deberían ser reconocidas con todas
sus virtudes y limitaciones.
Entre mediados del siglo XIX y la destrucción de la república
esas tres tradiciones, con independencia de las opciones
políticas que defendieron en cada momento --separatismo,
autonomismo o anexionismo a fines de la época colonial,
liberalismo o conservadurismo, autenticismo u ortodoxia,
machadismo o batistato, comunismo o socialdemocracia en el
período republicano-- dotaron de soporte intelectual a la
cultura moderna producida por varias generaciones de cubanos.
Las tradiciones liberal y católica han sido, naturalmente, más
fecundas que la comunista, ya que esta última no aparece hasta
la segunda década del siglo XX y desde 1992 está virtualmente
agotada. La corriente liberal cubana, desde Arango y Saco hasta
Ortiz y Mañach, cuenta hoy con seguidores en la isla y el exilio.
La católica, desde Caballero y Varela hasta Valdespino y Rasco,
también. En cambio, la única izquierda concebible en el siglo
XXI, que es la socialdemócrata, no implica continuidad sino
ruptura con el comunismo.
Esta reflexión, acerca de un pasado plural como garantía de un
futuro democrático, surge de la lectura del último número de
Enepecé, la revista dirigida Nancy Pérez Crespo, que rinde
merecido homenaje a Salvador Díaz Versón. Dicha publicación
trasmite el mensaje de que el comunismo cubano, ya no en La
Habana sino aquí, en Miami, está tan vivo como hace treinta años,
que sus representantes se esconden bajo máscaras anticastristas
y que el papel de los seguidores de Stalin en la historia de
Cuba ha sido y es más decisivo que lo que la historiografía
contemporánea supone.
El artículo El partido de la equivocación permanente, del
subdirector Miguel Fernández-Díaz, que toma su título de una
frase de José Martí sobre los autonomistas --el odio al
autonomismo es un tópico de esa visión dogmática de la historia
nacional-- afirma, con razón, que los comunistas cubanos fueron
estalinistas, pero sugiere que el joven Castro habría sido un
instrumento de Moscú --lo cual es, por lo menos, cuestionable--
y descalifica toda la política republicana, es decir,
precastrista del PSP por su ``oportunismo''.
Sí, los comunistas cubanos, en los años 30, 40 y 50, fueron
estalinistas y, a partir de 1959, castristas. Pero antes de la
llegada de Castro al poder nunca trataron de imponer una
dictadura, respetaron las normas republicanas y el hecho de que
pactaran con Batista, con los auténticos y con quien se dejara
no es ''oportunismo'', sino política democrática. En una
democracia, como la que hubo en Cuba entre 1940 y 1952, la
política es precisamente eso: un arte de alianzas y
negociaciones, con el fin de representar intereses y defender
principios.
Otra limitación de ese enfoque es la incapacidad para distinguir
herencias políticas y legados culturales, crímenes y riquezas
del pasado. El comunismo dejó un saldo genocida de más de cien
millones de muertos en el mundo, entre los que habría que
incluir varios miles de cubanos. Pero el comunismo animó,
también, la poesía de Neruda, la pintura de Picasso, el cine de
Eisenstein y la música de Shostakovitch. Expurgar de marxismo la
historia de Cuba es privarla de la poesía de Guillén, de los
ensayos de Marinello, de las novelas de Carpentier y de los
estudios de Moreno Fraginals. A nuestra escala, algo así como
privar a los alemanes de la literatura de Jünger y la filosofía
de Heidegger.
El llamado a la desconfianza, que presenta a Miami como un
exilio infectado de comunistas simuladores y nostálgicos, es muy
dañino. Si fuera cierto que todo comunista es incapaz de cambiar,
de romper con el totalitarismo y abrazar la democracia, hoy no
habría economía de mercado en Europa del este ni disidencia en
la isla. Como han recordado en estas mismas páginas Oscar Peña y
Adolfo Rivero Caro, la filosofía de los derechos humanos fue
introducida en Cuba hace treinta años por socialistas
democráticos que, como Ricardo Bofill, tuvieron el valor de
enfrentarse a la dictadura y asumir la defensa de la libertad.