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José Martí: un radical de la libertad Armando de Armas Hay gente tan empeñada en pasarlo todo por los pliegues de su ojo utópico que, recién llegado al exilio y apenas sacudido el polvo de la balsa, se me propuso en Miami ser parte del jurado de un premio de ensayo cuyo título era nada menos que Martin Luter King, Mahatma Gandhi, José Martí y la lucha cívica no violenta. No sólo me negué azoradísimo sino que intenté argumentar, sin éxito alguno debo decir, a los portadores de tan revolucionaria y brillante idea que no sólo era profundamente errado, sino rídiculo, forzar por la punta de los pelos a un hombre como José Martí para que integrara las huestes del pacifismo. Un hombre que, como sabrá todo el que asistió a la escuela primaria en Cuba en tiempos de la República o en tiempos de Fidel Castro, murió en combate, no sé si de cara al sol como pedía, pero sí empuñando un revólver sobre un caballo blanco y frente a una descarga cerrada de la fusilería española. Un hombre que, como sabrá todo el que ha profundizado algo en la historia de la isla, murió con los grados de Mayor General del Ejército Libertador. Pero más significativo que todo lo anterior, final espectácular al fin y al cabo, atribuido por unos al suicidio y por otros a la equivocación, es que Martí escritor aparte, fue el certero conspirador y organizador de una sangrienta guerra, la más sangrienta y devastadora de la historia isleña y la que llevaría a los cubanos a la independencia y por tanto, y en definitiva, deberíamos reconocer a estas alturas, también un excelente estratega militar que si bien no dirigió el entramado en el teatro de las operaciones, sí supo aunar las voluntades, crear el concepto y trazar las pautas para la eficaz manifestación de ese entramado. Y es que Martí, ese gran desconocido entre los cubanos, se nos hace aun más desconocido a la luz, o las tinieblas, de esa especie de dictadura vegetariana y centrista, no por vegetariana y centrista menos dictadura, que procura prevalecer hoy en Occidente; esa que, por ejemplo, ahora mismo determina que la Casa Blanca haya enviado a sus allegados una exquisita tarjeta con un cursi y genérico texto deseándoles unas felices fiestas, ¡así de aséptico y desabrido!, como si temiera reconocer el hecho fundamental, y por lo mismo radical, de que eso que llaman fiestas no es otra cosa que la celebración de la Navidad; un acontecimiento que, ¡pésele a quien le pese!, ha marcado la historia del hombre en dos mitades, una anterior marcada por el gregarismo y otra posterior en que el individuo, lenta pero inexorablemente, se fue perfilando de entre la masa amorfa e indeferenciada en el ejercicio de la libertad; libertad amenazada ahora en la postmodernidad por el poder de censura de unas sensiblidades exhacerbadas hasta el paroxismo, precisamente en una nación fundada por cristianos y en una administración, la de George W. Bush, elegida por cristianos, en el contexto de una civilización, la Occidental, que es más que nada hija de esa Navidad que ahora se pretende escamotear. Si eso ocurre con la Navidad, qué no ocurrirá con el radicalismo libertario de José Martí sometido a un doble escamoteo, por un lado, el escamoteo de la misma índole que padece la Navidad y que denominaríamos como del socialismo de la hipnopedia inducida de Aldous Huxley, y por el otro, el escamoteo impuesto en Cuba y que corresponde al socialismo científico de Carlos Marx; aunque, dejémonos de cuentos chinos, quiero decir, de cuentos cubanos, y reconozcamos que el escamoteo de Martí se inicia con su propia muerte y el posterior apostolado; ese que permitiría declarase martianos, ¡sin ruborizarse siquiera!, lo mismo a un doméstico hijo de vecino, al asaltante de un banco que al asaltante del Moncada. La verdad es que Martí viola la mayoría de los lugares comunes de la moral, las costumbres, la religión y las leyes, sobre todo de las leyes, de su época; vamos, que no era lo que hoy llamarían una persona decente, precisamente por no encajar en los tópicos de las manidas normativas de la masa diligente (que puede y ciertamente es instruida y ni siquiera se cree masa, sino élite); y ello es apreciable en sus enrevesadas relaciones amorosas y sentimentales (no suficientemente estudiadas), en su iniciación masónica y afinidad con el espiritualismo orientalista (tampoco suficientemente estudiadas) y en la desobediencia de la ley española, y aun de la norteamericana (ver sucesos de la Fernandina relacionados con la incautación de las armas y pertrechos de los vapores Lagonda, Baracoa y Amadís). Y es que el radicalismo de la libertad en José Martí se pone de manifiesto ostentosamente en todos y cada uno de los aspectos de su vida y obra. Mal momento el presente para la palabra radical, se olvida que viene de raíz, de ir a la raíz de los fenómenos de la realidad, y se le pone el mote de radical al primer cretino que se reviente por los aires matando civiles inocentes en nombre de Alá. Mal momento para la palabra libertad, apenas ni se le nombra y va camino de convertirse en uno de esos vocablos arcaicos y en desuso. Mal momento para Martí, para la libre expresión del pensamiento; para el pensamiento. Martí más que el libertador de su patria, fue el libertador del idioma español de su tiempo; un escritor tan radical que fue capaz de rescatar un idioma que, como los restos del imperio que lo globalizó, agonizaba bajo la esclavitud de un romanticismo tardío que se expresaba entre espasmos, suspiros y exotismos arábigos; y de conducirlo hacia el inicio de una renovación que acertadamente después se nombró Modernismo y que sería el primer, y probablemente el único, movimiento literario, y de cualquier índole, que nacido en el Nuevo Mundo incidiera sobre Europa. Si alguien dudará de la vitalidad y la fuerza que imprimió Martí al idioma Español nada más tendría que leer su diario de campaña De Cabo Haitiano a Dos Ríos; por cierto que nunca como en este caso se dan tan firmemente la mano el radicalismo de la prosa, del pensamiento y de la acción en pos de la libertad. No voy a extender innecesariamente este trabajo con citas de Martí acerca de la libertad, muchas de las cuales han recitado los niños cubanos de todos los tiempos en un ejercicio meramente escolástico, pero bastaría saber que si algo define el pensamiento martiano es la defensa radical de la libertad como llamado y realización del hombre; el vislumbre del hombre como esencialmente mutilado cuando de la libertad carece, cuando de la práctica de la libertad es privado. En cambio, citaré a ese precursor de José Martí en el radicalismo libertario que fue Don Miguel de Cervantes y Saavedra quien, en el Capítulo 58 de su obra Don Quijote de la Mancha, dice en boca del loco sublime: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida...” Porque Martí hace suya la frase cervantina, la cumplimenta en su accionar y la sobrepasa, pues no sólo aventura la vida, que ya es mucho, sino que la entrega, la clava en la conciencia de la futura República aquel 19 de mayo de 1895; pero este hombre ulcerado y seductor va mucho más lejos todavía, y pone de manifiesto de manera indeleble en el fruto mayor de su obra política, La Guerra de Independencia, que por la libertad no sólo se puede y debe aventurar la vida, sino que por la libertad se puede y debe matar. Pero Martí no sólo transgrede la ley en los grandes temas de la vida y de la muerte, los de la gloria en suma, sino que como endurecido conspirador que era lo habría hecho también, y sobre todo, en los pequeños temas; esos que resultarían más escabrosos a la historiografía y la hagiografía al uso, a uno y otro bando del espectro ideológico nacional. Y en ese contexto es que se situa una de las más ardientes polémicas que estremeciera a la joven República en fecha tan temprana como 1906; polémica en torno a si Martí aceptó o no los dineros del bandolero Manuel García, Rey de los campos de Cuba, específicamente los que provendrían del secuestro de Antonio Fernández de Castro, hermano del destacado autonomista Rafael Fernández de Castro; cosa negada enfáticamente, entre otros, por Fermín Valdés Domínguez, amigo íntimo de Martí; pero afirmada por el Doctor Martín Marrero, jefe del movimiento independentista en Jaguey Grande, que en su Diario de Operaciones del Coronel de Caballería Martín Marrero (Fondo Emeterio Santovenia, Leg. 35, # 71) asegura haber ido a Cayo Hueso en 1893 y recibido instrucciones verbales de Martí sobre el bandolerismo, quien le habría dicho que “En cuanto a los bandoleros, es necesario tener presente que, al estallar la guerra, todos aquellos que estén fuera de la ley no puedan permanecer neutrales y por lo tanto, tienen que caer al lado o del lado de nosotros. Estando ellos de nuestro lado, esto resultaría beneficioso para todos (...) De otro modo, ellos al lado de los enemigos, resultarían todo lo contrario, pues toda maldad, sería estimulada y aumentada, empleada en prejuicio nuestro...” Más allá de la veracidad o no del testimonio brindado por Marrero, lo que sí parece fuera de toda duda es la participación en los afanes independentistas de bandoleros como Manuel García y José Alvarez Arteaga, alias Matagás, ambos muertos en combate con el grado de oficiales del Ejército Libertador; y en cuanto a la participación del primero, al menos, no hay duda de que tal fue aceptada por José Martí quien, en misiva a Máximo Gómez de agosto de 1893 y en referencia a los prepartivos revolucionarios en el interior de la isla, asegura que “Manuel García en carta triste y sumisa, espera órdenes”. (J. Martí, Obras Completas, La Habana, 1975, p. 389). Más allá del anecdotario histórico, lo que sí parece ser cierto es que la figura de José Martí evidencia, más que ninguna en el contexto nacional cubano, la falacia repetida hasta el cansancio acerca de que el fin nunca justifica los medios; y muestra a los que tengan ojos para ver que la realidad es mucho más rica y compleja que cualquier acertijo de lo políticamente correcto, del bien pensar y el mejor actuar, y que su radical ideario de libertad pasó a la hora de las decisiones y las acciones por el justo balance ético indispensable a los hombres que sobre los hombros se han echado, o les han echado, la faena de fundar naciones. |