Diario Las Américas, USA, 5 de diciembre de 1995.

EL CONCILIO CUBANO

La confusión que Concilio Cubano ha traído al exilio es completamente lógica y esperada. No podía ser de otra forma. Debemos tener en cuenta que, salvo en los primeros años -tal vez hasta que Castro terminó con las guerrillas del Escambray- siempre los exiliados han sido los receptores de las iniciativas de La Habana, y como tal reaccionan ante las jugadas que hace el enemigo. Casi nunca sucede al revés. Es decir, Castro pone la música y los exiliados bailan. Si alguien duda esto vale decir que muy pocos de los fracasos de Castro -por no decir ninguno- se deben al exilio. Si no tiene petróleo o la zafra anda mal, es debido a causas ajenas a las gestiones del exilio. Quien no vea esto es porque no quiere. Por supuesto que lo anterior no le resta mérito a los esfuerzos sin descanso de los exiliados.

Con el Concilio sucede lo mismo. La iniciativa viene de Cuba y los exiliados reaccionan. No sucedió a la inversa, por ejemplo, si el exilio hubiera sido capaz de crear un organismo rector tan poderoso y reconocido internacionalmente que dejara a la oposición interna sólo la posibilidad de sumarse a él y que ellos, en la isla, sean los que discutieran si apoyar o no a esa institución. Lo que es lo mismo, poner la música nosotros.

¿Por qué sucede esto? Pienso que el exilio ha triunfado. Valoren sólo algunos de sus logros: conservar una nación fuera de su territorio, mantener la llama de la lucha contra la dictadura, triunfar económicamente, alentar y preservar la cultura nacional y muchos otros aspectos. Eso es triunfar. Pero recuerden que, para determinar si alguien triunfa, hay que preguntar cuál era la meta. Si la meta de los exiliados fue conservar la nación que Castro destruyó, triunfaron. Pero si la meta fue derrocar a la tiranía, fracasaron. El que lo dude que mire hacia La Habana: Castro está en el poder y la cuenta va por treinta y siete años.

Ahora, después del surgimiento de Concilio, algunos exiliados hablan de la necesidad de crear algo semejante en el exterior de Cuba. A pesar de que es una buena iniciativa, sigue siendo una reacción a lo que otros hacen. La idea original no partió de aquí y, si alguien la tuvo antes que los de la isla, no logró que fraguara.Creo que por acá nos sobran personas con ansias de protagonismo que nunca van a reconocer el liderazgo ajeno por muy bueno y legítimo que sea. Las pruebas se han visto en estos últimos diez años. Muchos claman, desde aquí, por alguien que en Cuba -un militar, un ministro, cualquiera del aparato de la dictadura- organice un golpe y derroque a Castro. Sin embargo, cuando alguien en la isla se destaca por su oposición y adquiere estatura, de inmediato le caen encima buscando en su pasado las manchas para destruirlo como figura. En realidad, cuando claman por algún militar que lo derroque, lo hacen porque saben que no hay ninguno que lo haga y ven remota esa posibilidad. Eso asegura sus papeles protagónicos. Si lo dudan echen un vistazo a lo que sucede con muchos opositores: el sólo hecho de haber sido profesor de una universidad en Cuba es un crimen que anula su legitimidad. Entonces, ¿qué dejar para un militar de los que cometieron crímenes de lesa humanidad en el Escambray o en Angola? Durante mucho tiempo he escuchado que la constitución de 1940 debe ser repuesta en la nación. Creo que es un buena idea, pero esa iniciativa implica el respeto a esa constitución y, a partir de ella, hacer las reformas necesarias como nos corresponde como nación en el exilio. Sin embargo, el presidente legítimo de Cuba, según esa constitución, existe y está aquí en el exilio. Hasta donde conozco, muy pocos lo apoyan y cada día se habla menos de la constitución del 40. ¿Extraño? No. Si se reconoce la ley republicana hay que reconocer al magistrado más antiguo como máxima figura. Y eso lastima los intereses de los que ya tienen su propia estatura política sin la ayuda de la constitución del 40.

El Concilio existe porque el espacio para que surgiera estaba libre. Nadie, desde esta orilla, lo ocupó. Tenemos que aprender la lección de una vez por todas. El primer paso para curarse es reconocer la enfermedad. Reconozcamos el punto exacto en que nos encontramos y comencemos a trabajar con originalidad. Si no lo hacemos, nos esperan treinta y siete años más de dictadura descubierta o enmascarada.