OTRA VEZ GINEBRA Una vez más los activistas de derechos humanos, dentro y fuera de Cuba, triunfan en un lugar tan remoto como Ginebra. La Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en su recién cerrada sesión, ratificó el mandato para el relator especial, es decir, el gobierno cubano debe seguir vigilado porque es un violador enfermizo de la Declaración Universal. Mientras funcionaba la sesión, dando muestras del desprecio que siente la dictadura por los organismos internacionales y por el orden, las autoridades penitenciarias ordenaron a presos comunes sin suficiente vergüenza que golpearan a Sebastián Arcos Bergnes, vice presidente del Comité Cubano Pro Derechos Humanos radicado en Cuba, en la celda donde guarda prisión injustamente. Sebastián Arcos está preso voluntariamente, ya que la dictadura le ofreció un indulto, pero a condición de que el activista debía abandonar el país directamente desde la celda. Arcos se negó a tamaño atropello. Y es lógico: sólo puede ser benévolo el que lo encerró y guarda la llave de la reja. Es parte de la comedia que ya a nadie hace reír. Arcos no quiso prestarse a ser otro de los payasos. El valor humano de los activistas sólo puede medirse por la tozuda resistencia que poseen y por su innata inclinación por una causa quijotesca a pesar de la frialdad que demuestran muchos países. A estas alturas, después de treinta y tantos años, todos saben que Castro es un dictador y que en Cuba se violan los treinta artículos del Declaración Universal, pero los intereses de las naciones -económicos, políticos- los hacen votar de una u otra forma olvidando que el primer deber es para con la especie, y no sólo para con una parte de la especie, el país que representan. A pesar de todo el minucioso trabajo de recogida de denuncias se hace dentro de la isla. Comienza en cualquier prisión o en cualquier calle donde la policía comete un atropello. Los activistas procesan la información y la envían a los centros de Derechos Humanos en el exterior, desde donde son lanzados al rostro de la opinión pública conformando el verdadero rostro de la dictadura. No hay triunfo en Ginebra sin el trabajo que llega de la isla. No hay triunfo sin el derroche de desprendimiento por parte de los activistas de derechos humanos que trabajan en tan difíciles condiciones. Algún día, cuando esta pesadilla termine, se hará un recuento de estas jornadas. Ginebra quedará para siempre ligada a nuestra historia porque dio a los cubanos el argumento para llamar por su nombre al dictador y que la gente lo creyera. El enviado de Cuba, un ex diplomático expulsado de dos países por actividades de espionaje, es nada menos que el embajador de Castro en la Comisión de Naciones Unidas. El cinismo se le nota a simple vista y sus métodos, policiales, lo llevaron a cometer el error de presentar papeles falsos asegurando que se trataba de documentos secretos de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana. Los demás embajadores ni siquiera le prestaron atención.Ahora sólo resta esperar la próxima Ginebra, y todos deseamos que no haga falta, pero hay que trabajar como si fuera inevitable. Los activistas de derechos humanos dentro de Cuba necesitan de toda nuestra ayuda y de todo el apoyo que podamos conseguir. Es un deber hacerlo para que no estén indefensos ante la dictadura. Tal vez, por qué no, en una Cuba libre se pueda constituir un tribunal internacional de Derechos Humanos para el área. Tal vez, confío plenamente en ello, la Declaración Universal será la piedra angular sobre la cual se levante la nueva república. |