| Diario Las Américas,
USA, 19 de enero de 1993. CARTA ABIERTA A HILLARY CLINTON Sra. Clinton: Quien le escribe es un profesional del bando de los perseguidos. Su país me abrió los brazos cuando fui desposeído de mi patria -Cuba- y precisamente somos nosotros, los que no tenemos nada, los que más sueñan. Los cubanos, al igual que Martin Luther King, también tenemos nuestro sueño y deseo compartirlo con Ud.En Cuba fui activista de derechos humanos y enarbolamos la utopía de colocar como preámbulo a la constitución de la república la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Esta idea, sobre la marcha, fue elaborándose y nos dimos cuenta de que tratábamos con el concepto que será rector en el siglo XXI: el respeto por los derechos humanos. Por supuesto, la respuesta de la dictadura de Castro fue la cárcel y la expulsión del país. Ahora, desde el exterior de Cuba, hacemos lo posible por ayudar al movimiento y constantemente trabajamos con ese fin. Pero hoy día, después de la transformación del mapa político del mundo, percibo que estamos participando, casi sin saberlo, en una revolución de las ideas. Opino que se debe extender a las naciones civilizadas esta iniciativa de colocar como preámbulo a sus constituciones la Declaración Universal de 1948 la cual es, sin duda, un punto culminante en el intelecto de la humanidad. Se trata de ese campo tan antiguo del conocimiento que Ud., como abogada, domina: el derecho. No podemos aspirar a un planeta sano sin colocar por encima de todo el derecho y la Declaración Universal es, en gran medida, un derecho común a todas las naciones. Esta idea, por novedosa, encara la resistencia lógica de lo establecido. Somos un pequeño y humilde grupo de activistas de derechos humanos que poco podemos hacer para conmover a gobiernos, sin embargo, si esta gran nación -Estados Unidos- hiciera suya esa idea a través de su persona, sentaría una pauta que no tardaría en ser secundada por el resto de la comunidad internacional. Sé que hablo de algo que, de resultar suficientemente atractivo para Ud., sería un hito en la historia de esta nación y un segundo paso lógico en la campaña desplegada por el presidente James Carter en favor de los derechos humanos. De hacerse realidad algún día tal sueño, esa especie en extinción que nadie desea salvar y que constituyen los dictadores, se encontraría con un mundo de muy pocas posibilidades para desarrollar instintos totalitarios. Alguien podría alegar que los países signatarios de la Declaración ya dieron ese paso, pero creo que sería un escalón superior que cada estudiante, cuando aprenda las leyes de su patria, aprenda también los treinta puntos que componen la Carta Universal, inoculando en cada ciudadano el respeto al derecho desde edad temprana. Usted forma parte de la vanguardia, en un país de vanguardia y en un mundo cambiante, de los que desean un planeta más feliz para todos. El papel de las Naciones Unidas es cada día más preponderante y el espíritu de ese organismo internacional está resumido en la Declaración Universal. ¿Se imagina el ejemplo que darían al mundo los Estados Unidos si colocan como preámbulo a su constitución la Declaración Universal? ¿Sabe Ud. cuánto avanzaría la especie hacia la dignidad y el respeto al derecho? ¿Sabe Ud. en qué medida disminuiría la población de los atropellados en el mundo si esto sucede? Estoy seguro de que Ud. puede imaginar perfectamente esta utopía. Doy por sentado que Ud. comprende la importancia de tal enmienda a la constitución norteamericana y sus repercusiones en el planeta que nos ha tocado para vivir. Así es de sencillo mi sueño y estoy seguro de que no difiere mucho de lo que Ud. podría soñar. Como puede apreciar es una sugerencia pequeña, pero de grandes repercusiones. Si se hiciera realidad, cuando transcurran decenios, alguien que pudo ser un perseguido no lo será. Esta es una idea noble, y las ideas nobles están hechas con la sustancia que conforman los sueños y los sueños, ni los peores dictadores, pueden aniquilarlos. Le envío con esta carta mi utopía que tal vez Ud. y su capacidad para soñar puedan convertir en algo más que una utopía. Con todo respeto, queda de Ud., Reinaldo Bragado Bretaña. |