| El Nuevo Día, Puerto
Rico, 3 de julio de 1991, publicado bajo el título de
"La embarcación de fortuna". DALI EN CORAL GABLES Salvador Dalí no sabía muy bien a qué lo habían invitado. Ese grupo de muchachos entusiastas -pero tristes-, recientes compañeros suyos en la muerte, le aseguraron que se trataba de una exposición de pinturas, en Opus Gallery, de Coral gables, abierta desde el 19 de julio hasta el 20 de agosto. El título, They would rather die, le gustó, pero de todas formas se dijo que "esto debe ser una exposición más, un verdadero fastidio que no compensa el viaje tan largo que he tenido que hacer". Pero cuando entró vio algo distinto. De sólo poner un pie en la sala sintió una sobrecogedora soledad con la visión de aquellos artefactos construidos artesanalmente. "¿Son expresiones plásticas?", preguntó ingenuamente. "No, respondió uno de los muchachos, se trata de balsas hechas a mano para huir de Cuba a través del Estrecho de la Florida". Dalí palideció, pero de inmediato una pregunta lo asaltó: "¿Por qué huyen?" "Buscamos libertad", respondió otro de sus guías. Y Dalí seguía sin entender qué tenía que ver la libertad con esas rústicas balsas hechas con recámaras de automóvil, maderas y cuanto material de desecho se pudiera encontrar. Acariciando su extravagante bigote caminó entre las muestras. Se detuvo ante la "Balsa real", y escuchó la explicación de la suerte del único ocupante: "El yate real Britania encontró al balsero en alta mar y lo rescató". Dalí pensó que le tomaban el pelo. Continuó su paseo y se detuvo ante las pinturas. Una secuencia en tres colores, de Juan Abreu, representaba un hombre en medio de una "muerte por agua", tan solitario como las balsas y la propia muerte que él conocía muy bien. Dalí miró de reojo al pintor quien, por supuesto, no podía verlo a él. Frente a un rayo amarillo que ascendía en comunicación directa de la muerte al cielo, de Luis Cruz Azaceta, meditó un poco en lo frágil de la supervivencia, algo así como una serpentina quebradiza. "El nadador", de Paul Sierra, era sólo una cabeza que no se sabía muy bien si moría para siempre o se salvaba para siempre. Las series de balsas de Julio Antonio -unas veces enormes galápagos, otras naves espaciales ligadas a la isla de Cuba por un cordón umbilical- le mostraron el toque de tormenta que un viaje de tal envergadura debe tener. Se alejó de las pinturas y volvió a caminar entre las balsas. Señalaba lo que le preocupaba, lo que no comprendía. Cualquiera de sus compañeros de muerte le contestaba. "Esos sacos se llenan de grasa de conservación de ejes de automóvil para ahuyentar a los tiburones con su fuerte olor". Otro le explica que "las recámaras se forran en tela para que se conserven mojadas y evitar que con el calentamiento del sol revienten o quemen la piel de los navegantes". "¿Navegantes?", preguntó casi gritando Dalí. "¿Llamas navegantes a los que se embarcan en semejantes embarcaciones de fortuna? ¡Son surrealistas del suicidio! ¡Los envidio! Pero aún no creo tanta imaginación". Entonces uno de sus guías lo llevó a ver el documental "They would rather die", de Jorge Alea y Adalberto Delgado. Frente a la pantalla Dalí vio y escuchó a los sobrevivientes de ese tipo de expediciones. ¿Se trata de actores interpretando un guión?", preguntó. "No, respondió uno de los muertos, son los que llegaron vivos a la entrevista". Y tomó de la mano al genial pintor y lo llevó hacia una de las balsas, bastante elaborada en su construcción, y le dijo: "fue encontrada vacía en mayo de este año: nunca sabremos quién iba en ella". Dalí comenzó a caminar entre los invitados, miraba las pinturas y las balsas sin querer escuchar más. Otra vez frente a la pantalla vio al joven en el ataúd, en velorio extraño, en meta alcanzada pero con el inconveniente de llegar sin vida. "¡No puede ser tanto el horror!", exclamó, ¡Es demasiado joven!" "Es mucho más que eso", dijo uno de sus amigos muertos, "imposible medir el horror del que huye si la única puerta de escape es también el horror". Pasado un rato la Opus Gallery se llenó de un aire marino y un fuerte rumor de olas, el salitre inundó cada rincón de la galería. Sólo Dalí y sus guías sabían lo que pasaba. Los invitados, ajenos a la muerte, bebían sus tragos y conversaban ante las obras y las balsas sin saber que una multitud los observaba. Ellos mismos se presentaron al pintor. Eran los fantasmas llenos de algas, con los ojos vacíos de sueños, los que no llegaron ni vivos ni muertos, que venían a ver la exposición hecha en honor de ellos. Asistieron al evento en silencio, recordando las duras jornadas en alta mar, la insolación, los vómitos, los mareos, la locura, el ataque de los tiburones, el hermano que, al no resistir más, se lanzó al agua buscando el descanso eterno, la atenazadora sed que no perdona al que intenta tomar agua salada, el hambre, el terror de la noche, el pánico que producía el sólo preguntarse qué hay debajo, al final, en el fondo, después de toda esa oscuridad, de esa masa compacta de agua cargada de enigmas a sólo centímetros de ellos. Muchos se sentaron en las balsas a llorar su desconsuelo y a Dalí, al ver aquello, se le saltaron las lágrimas. "¡No soporto más", dijo. "¡Regresemos!" Dalí se marchó con sus amigos y, sin dejar de acariciar su bigote, comentó que "muy mal ha de dormir el causante de tanto espanto". "Eso es lo de menos", aclaró uno de sus guías, "lo peor es que el espanto acumulado hasta el momento no se puede ni tan siquiera calcular y el que falta tal vez supere lo que hemos visto". "Doloroso país", murmuró el pintor, "doloroso país". Y el grupo se perdió finalmente en los vericuetos de la muerte lejos de Opus Gallery, sin saber que allí, al caer la noche en esa galería de Coral Gables, las balsas comenzaron a flotar, a moverse sobre un mar imaginario y sus tripulantes a navegar buscando el descanso que quizás les está negado para siempre. De acuerdo a las cifras que ofrecen los guardacostas, en 1990 llegaron a la Florida 467 balseros. En lo que va del presente año, la cifra más reciente que poseo es de 1015 cubanos rescatados. Por supuesto, esta cantidad refleja a los que llegaron vivos a la entrevista que se pudo hacer, de los otros no hay estadísticas y se especulan varios porcientos. Algunos conocedores del tema aseguran que sólo llegan a Estados Unidos uno de cada cuatro personas que intentan el difícil viaje. Es muy incierta cualquier aseveración en este sentido, pueden ser menos, incluso más. Para tener una pista de la tragedia podemos citar a la organización "Hermanos al Rescate", compuesta de pilotos privados que se dedican a rastrear desde el aire zonas aledañas a la Florida en busca de balseros extraviados. Según aseveraciones de la citada organización humanitaria, en las últimas cinco semanas han encontrado una balsa tripulada por cuatro refugiados y ¡seis! balsas vacías. Descorazonadora estadística. Pero hay que rastrear también en la historia reciente de Cuba para entender el fenómeno. Poco antes de 1959, durante el tiempo que duró la lucha insurreccional contra la dictadura de Batista, los cubanos buscaban refugio en Estados Unidos por razones políticas. Cuando triunfó Fidel Castro en 1959 el éxodo se hizo mayor y más veloz. La sociedad cubana comenzaba a sufrir una violenta transformación y la carencia de un estado de derecho, con tribunales sin garantías constitucionales funcionando y fusilando a plenitud, obligó a muchos a salvar la vida emigrando a la Florida, lugar ideal por la cercanía y el clima. Después se produjo el éxodo de Camarioca, pequeño puerto de la costa norte de la isla, a través del cual y en yates de todo tipo, una buena cantidad de refugiados llegaron a la Florida. Más adelante, una vez cerrado Camarioca, se instrumentaron los llamados "Vuelos de la libertad", a través de los cuales muchos lograron escapar de Cuba después de trabajar obligatoriamente en labores agrícolas -incluso durante años- para obtener el derecho de marcharse del país. Eran válvulas de escape que el gobierno de Castro abría y cerraba a su antojo según la presión interior de su sociedad cerrada se lo exigiera. Castro se limitó a hacer uso del viejo refrán: "a enemigo que huye puente de plata". En 1980 se produjo el asilo masivo más grande de la historia de la humanidad después del bíblico pasaje de Moisés conduciendo a su pueblo hacia la tierra prometida. En pocas horas miles de personas abarrotaron la embajada de Perú en La Habana después de ser retiradas las postas armadas que la protegían. Ese hecho condujo al puente marítimo del Mariel donde más de cien mil cubanos lograron llegar a la Florida en caravanas de embarcaciones de disímiles tipos, saliendo de otro pequeño puerto de la costa norte de Cuba -El Mariel- y entre los cuales Castro mezcló a enfermos mentales sin cura y a presidiarios comunes. De esos hechos fui testigo presencial porque me encontraba, durante los días del Mariel, recluido en la prisión La Cabaña justamente por el delito de tratar de abandonar ilegalmente el país en una balsa, viaje que se frustró porque fui detenido por los guardacostas cubanos a veinte millas al norte de Santa Cruz del Norte. En la prisión presencié cómo los presos por delitos comunes eran desnudados en el patio central de La Cabaña para escoger a los que no tuvieran tatuajes en el cuerpo -costumbre que en Cuba es mayormente propia de presidiarios comunes-, para mezclarlos sin despertar sospechas entre los refugiados que llenaban los yates. Del centro llamado "El Mosquito", lugar donde eran concentrados los que iban a ocupar las embarcaciones que partían hacia la Florida, llamaban a la prisión pidiendo determinadas cifras para rellenar los botes. En una ocasión pidieron un solo prisionero y vi cómo el jefe de seguridad del presidio tiraba al aire un medio -moneda de cinco centavos- para que dos presos que no tenían tatuajes escogieran al azar su puesto en el bote. También se les amenazaba para que no dijeran a las autoridades norteamericanas que eran presidiarios. La amenaza era la más efectiva de cuantas se pudieran imaginar: si decían la verdad, los regresarían a Cuba. Ante tal perspectiva los ex presos, por lógico instinto de conservación, prefirieron callar, aunque después la maniobra se descubrió. Des 1980 hasta la fecha no se ha producido otra válvula de escape masiva procedente de la isla, pero sí vuelos con cierta regularidad, en su mayoría para ex prisioneros por delitos de carácter político a los cuales las autoridades de inmigración estadounidenses conceden visados. Así que ahora, cuando el mapa político mundial ha cambiado en unos dos años casi completamente, y el gobierno de Castro se encuentra desprovisto de gran parte del apoyo de los subsidios que antes llegaban del desaparecido bloque socialista, la presión interna en la isla aumenta considerablemente y no es descabellado presumir que el propio Castro esté permitiendo este Mariel escalonado. También se asegura que la escasez de petróleo obliga a los guardacostas a reducir sus misiones de vigilancia. Cualquiera que sea la explicación estamos ante un hecho concreto: 1015 refugiados han llegado a Miami en los primeros seis meses de este año y la cifra de los desaparecidos se desconoce. El dramatismo de este fenómeno tiene, incluso, momentos de humor que, por la tragedia que encierran, no puede ser otro que humor negro. Tal es el caso del balsero solitario que, navegando en una caja de espuma de goma sólo un poco más grande que el tamaño de su propio cuerpo, fue recogido cuando flotaba a la deriva nada menos que por el yate de la reina de Inglaterra y permaneció, hasta que los británicos lo entregaron a las autoridades norteamericanas, de huésped de tan ilustre personaje real. La tragedia de estos balseros comienza en Cuba, en algún lugar de la isla donde un grupo de personas, venciendo el miedo a la denuncia, se ponen de común acuerdo para efectuar la salida ilegal. La búsqueda de los materiales necesarios para fabricar la balsa -casi todas están compuestas por una armazón de madera de vigas de cuatro por cuatro pulgadas y cámaras de neumáticos infladas, aunque los más afortunados consiguen algún pequeño bote incluso dotado de un viejo motor-, es muy difícil y cara. Los preparativos deben ser hechos con sigilo, cuidando siempre de que nadie ajeno pueda estar al tanto del asunto y efectuar una denuncia. Después se hace necesario un transporte que lleve la balsa hasta un lugar previamente escogido de la costa, de escasa vigilancia de guardacostas y condiciones propicias para poder botar al agua la frágil armazón de madera y goma inflada sin que los neumáticos revienten contra los arrecifes. Se prefieren, por razones obvias, las noches sin luna o con escasa claridad. Un artículo extremadamente cotizado y difícil de conseguir es una brújula. Debido a que es prácticamente imposible comprar una en el mercado negro, la mayoría de estas expediciones se hacen a la mar sin ningún instrumento de orientación, confiando sólo en que las mareas y los vientos las ayuden a llegar a la Florida. También se les improvisan a las balsas velas hechas de lonas que alivian la labor de los remeros los cuales, al poco tiempo, están agotados físicamente. Las provisiones que se llevan, por lo general, son insuficientes, y la carencia de agua es uno de los factores que más golpea a las personas que emprenden esa aventura. A todo esto hay que sumar que los integrantes de estas expediciones no son personas de mar, todo lo contrario, no tienen conocimiento alguno de marinería y confían más en su capacidad de orar que en su capacidad de conducir una embarcación en el mar. Es decir, todo está diseñado para que estas personas engrosen la lista de los que no pudieron ser entrevistados, de los que reposan en el fondo del mar. En Miami se han conocido los trágicos testimonios de los sobrevivientes. Un hombre narra cómo, despues de perder a ocho familiares durante la travesía, vio a su hermana lanzarse al agua buscando el descanso en la muerte. En ese momento él perdió el conocimiento y lo recobró cuando estaba en manos de los guardacostas norteamericanos. Otro narra cómo encontró, flotando en alta mar, una cabeza con un pedazo de hombro y un brazo. Yo conocí un balsero preso en Cuba que vio a los tiburones despedazar a su hermano cuando este se lanzó al agua al no resistir más los rigores del viaje y haber perdido la esperanza de sobrevivir. Debemos indagar un poco en las motivaciones de estos hombres que arriesgan su vida por escapar de Cuba. Creo que son las mismas motivaciones que impulsaron a las primeras y sucesivas oleadas de emigrantes procedentes de Cuba y que recalan casi todos en Miami: las condiciones políticas impuestas por la dictadura de Castro. Como nada nuevo ha pasado en los últimos treinta años, salvo un aumento de la represión, nada nos indica que las causas hayan variado. Si ahora las condiciones económicas en Cuba son peores -incluyendo el llamado "Período especial de guerra en tiempo de paz", que restringe el racionamiento a límites más estrictos-, esto no puede ser considerado como un elemento adicional a esta búsqueda de libertad que cuenta con una tradición de más de treinta años y con una lista anónima de ahogados en el estrecho de la Florida. Por el contrario, pienso que el miedo lógico de los ciudadanos ante una dictadura que, por las condiciones del mundo actual, es dable concluir que está en sus últimos días, alimenta el que estos peligrosos viajes se multipliquen. En Miami hemos visto el triste espectáculo de un velorio sufragado por la comunidad exilada cubana. El velorio de un joven que llegó muerto a las costas de Miami y que no pudo nunca disfrutar de su sueño de libertad. Cuando sepamos el precio que se paga -perder parte de la familia en el mar o, por ejemplo, y cargar por el resto de la vida con la imagen de los seres queridos cayendo uno a uno al agua- pensamos que no amerita la pena el intento. El preciado don de estar sencillamente vivo es la primera condición necesaria para poder hacer algo por uno mismo y por el resto de la sociedad. Los muertos que hoy reposan en los estómagos de los tiburones del Estrecho de la Florida no pueden hacer nada ni por ellos mismos ni por su país. Su único y trágico aporte son el servir de prueba irrefutable de la carencia de libertad en Cuba. La extracción de estos hombres es amplia y recoge a todos los segmentos de la sociedad actual cubana, como para demostrar que esta ausencias de libertad alcanza a todos: profesionales -incluyendo médicos-, estudiantes, trabajadores, campesinos, amas de casa, ancianos, jóvenes desocupados, ex militares y algunos -¡increíble!- han hecho la travesía con sus perros. El mar, vinculado a la historia cubana desde sus inicios, hoy adquiere un papel protagónico fatal. Ese mismo mar que vio llegar a Cristóbal Colón en su viaje histórico, al indio Hatuey huyendo de los colonizadores, a las amenazantes flotas de piratas con su bandera negra asediando la isla, que auspicia brisas para aplacar el siempre molesto calor tropical y que sirve de entretenimiento a los bañistas en las playas de Cuba, es el que ahora hace función de sepultura a una cifra que no determinada -pero de seguro espeluznante- de cubanos que no pudieron llegar a la entrevista que no fue, donde hubieran hecho petente, cansados y sonrientes, su alegría por el simple y tremendo milagro de arribar vivos. |