LECTURA PARA EL LECHO DE MUERTE El Nuevo Día, Puerto Rico, 24 de mayo de 1991, publicado bajo el título "Llenan el archivo cubano con los derechos violados". Después de leer "Los Derechos Humanos en Cuba, una perspectiva vivencial", de los autores Juan Clark, Angel de Fana y Amaya Sánchez, se está en posesión de una prueba más -por si hiciera falta alguna- de que el gobierno de Fidel Castro viola sistemáticamente los Derechos Humanos. Hay una arista que se debe subrayar constantemente cuando se habla del total desconocimiento de Castro por la Declaración Universal de Derechos del Hombre de las Naciones Unidas -de la cual Cuba es signataria-, y es la que apunta a demostrar que la violación de estos derechos posee en Cuba carácter institucional. Aunque en los foros donde se ha debatido el tema se ha señalado esta característica, creo que es donde se debe martillar una y otra vez. Y esto es, justamente, lo que consigue el libro "Los Derechos..." En otras palabras, para demostrar la violación de un derecho por parte de Castro, generalmente se recurre a narrar el caso, dónde se produjo el atropello y a mostrar los testimonios del violado y todas las pruebas que se puedan conseguir para demostrar que sucedió el hecho. Sin embargo, esto no es necesario si se desmenuza y estudia en detalle el cuerpo jurídico de la nación cubana, comenzando por la carta magna de la república -su constitución socialista de 1976- donde, de hecho, se prescribe una política violatoria para todos aquellos que no piensen igual o discrepen con la politica oficial diseñada por el minoritario grupo que gobierna encabezado por uno de los últimos miembros de esa rara especie hoy en extinción: los dictadores. El libro "Los Derechos..." viene a formar parte de una bibliografía necesaria, elemento indispensable de las armas a emplear para demostrar las violaciones de Castro sin necesidad del tortuoso camino -aunque muy válido- de los testimoniantes y las pruebas, siempre difíciles de conseguir y a un alto costo por parte de los grupos de Derechos Humanos independientes que operan dentro de Cuba desafiando la represión castrista, costo que se traduce en prisión, persecución, difamación, aislamiento, exilio interno y todas las formas sutiles de asfixia que puedan generar los oficiales de la policía politica cubana encargados de neutralizar a los activistas. Antes de continuar debo señalar que el sociólogo Juan Clark es un profundo conocedor del tema debido a los años de investigación que ha dedicado a la problemática cubana, y una prueba de ello es su monumental obra "Cuba: mito y realidad", recientemente publicada, pieza fundamental para la historiografía actual y futura de Cuba. La participación en el libro de Angel de Fana -prisionero político cubano que permaneció veinte años en las prisiones castristas-, así como la de Amaya Sánchez, también socióloga, completan un equipo de trabajo que arroja un elevado nivel de calidad. Hay otro elemento -capital- que convierte el libro "Los derechos..." en una obra importante, y es la relevancia que ha tomado en Cuba el tema de los Derechos Humanos. Siempre que abordo este tópico recurro a la comparación con el caso de Polonia, donde una fuerte tradición religiosa -católica- mantenida a pesar del gobierno comunista, y un fuerte movimiento sindicalista, terminaron por desmantelar el comunismo en esa nación centroeuropea atrapada por Moscú. Si le hubieran preguntado a Lech Walessa, cuando fundó el sindicato independiente Solidaridad en aquellos años ya lejanos de los astilleros de Gdanz, si perseguía conducir a Polonia hacia una transición a la democracia, de seguro su respuesta hubiera sido un rotundo no. Walessa encontró la fisura en el muro de la sociedad polaca. Considero que el sindicalismo en Polonia lo que los Derechos Humanos son a Cuba. Es como si cada dictadura levantara sus muros con los materiales que tiene a mano y, en consecuencia, las fallas en el vallado tienen características propias. Cada fisura es distinta en cada sociedad cerrada y, en el caso de la cubana, el leve resquicio de luz por donde ha comenzado a desmoronarse el muro tropical -y por tropical no menos hermético y totalitario- está construido, precisamente, por los Derechos Humanos. El primer grupo de activistas que operó bajo el castrismo fue el Comité Cubano Pro Derechos Humanos, fundado por el profesor Ricardo Bofill en enero de 1976. Han sido necesarios quince largos años para que el trasiego de denuncias a través de la fisura -descubierta por Bofill con avezada pupila- ensanchara el mínimo resquicio y proliferaran, con disímiles tendencias y perfiles, varias decenas de organizaciones enmarcadas todas en la lucha por el respeto a la Declaración Universal de Derechos Humanos. Y esto es fundamental para la obra "Los Derechos...", porque le da cuerpo presente, raíces en tierra cubana a través de este libro aunque haya sido escrito en el exilio. Es como si sus autores hubieran encarnado el deseo de los cubanos que no pueden dedicarse a una obra de tal envergadura y lo hubieran escrito por ellos. Otro acierto del libro fue analizar el incumplimiento, por parte del gobierno de Castro, de cada uno de los artículos de la declaración Universal de Derechos Humanos. Siguiendo este método los autores recurren, en algunos casos, a demostrar la violación con los propios argumentos del gobierno cubano y caen de lleno en el terreno que considero mejor: la demostración del carácter violatorio de las leyes cubanas. Tal es el caso, por ejemplo, del articulo 12 de la Declaración Universal, que reza: "Nadie será objeto de ingerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o si correspondencia, ni ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales ingerencias o ataques." Contra este enunciado los autores citan los instrumentos de control oficial que ejerce el gobierno sobre cada uno de los ciudadanos: "La acción de los Comités de Defensa de la revolución se extiende con los continuos escrutinios y tamices a que es sometido el individuo por medio de múltiples 'planillas de verificación' y cuestionarios (llamados popularmente 'cuéntame tu vida') que se llenarán y en las que se le investiga, ente otras muchas cosas, su lealtad a la revolución y si nivel de 'integración política' así como sus creencias religiosas. Dos de los instrumentos de control son llenados específicamente por las autoridades inmediatas a que está sujeto el ciudadano. Tales son el Carné de identidad, el Expediente acumulativo escolar y el Expediente Laboral. Y a continuación el libro incluye fotocopias de un Expediente acumulativo escolar donde se detallan todas las actividades del estudiante y que, como augura su título -acumulativo- el joven "acumula" durante su vida estudiantil y arrastra con él cuando arriba a la etapa laboral. No es difícil deducir que el ciudadano que no ha acumulado suficientes muestras de lealtad al gobierno tiene muy escasas posibilidades de progresar en esa sociedad. Otro artículo de la Declaración Universal que los autores contrastan con la Constitución Socialista de Cuba es el 17, donde se asegura le derecho de toda persona a la propiedad individual y colectiva. Por su parte, la carta magna cubana afirma que "en la República de Cuba rige el sistema socialista basado en la propiedad socialista de todo el pueblo sobre los medios de producción y en la supresión de la explotación del hombre por el hombre". Está de más decir que el mundo es otro desde que un muro, allá del otro lado del océano, se derrumbó enseñando al mundo el fracaso de la "propiedad socialista" y todos los horrores que engendra. En "Los derechos...", al citar el artículo 18 de la Declaración Universal relativo a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión y al derecho a manifestarlo, l;os autores hacen el siguiente análisis, harto elocuente: "La actual constitución, de hecho y por omisión, consagra la práctica de la discriminación del ciudadano por motivos religiosos y por sus ideas políticas al afirmar, en el Artículo 41, que 'La discriminación por motivo de raza, color, sexo u origen nacional está proscrita y sancionada por la ley', omitiendo expresamente la discriminación por creencias políticas o religiosas. En el Artículo 42 reafirma esto al proclamar que 'el estado consagra el derecho conquistado por la Revolución de que los ciudadanos, sin distinción de raza, color u origen nacional...' pasando a enumerar un listado de iguales oportunidades en esa sociedad, pero de nuevo omitiendo el pensamiento político o religioso como posibles formas de discriminación a evitar. Debe señalarse también que el Artículo ...... de dicha Constitución apunta de modo amenazante que 'es ilegal y punible oponer la fe o la creencias religiosa a la Revolución...'" Por si esta última afirmación no fuera suficiente para demostrar que las leyes producidas por el Castrismo aseguran, de forma constitucional, la violación de los derecho humanos, basta citar el Artículo 52 de la Constitución Socialista reproducido por los autores: "Se reconoce a los ciudadanos la libertad de palabra y prensa conforme a los fines de la sociedad socialista. Las condiciones materiales para su ejercicio están dadas por el hecho de que la prensa, el radio, la televisión, el cine y otros medios de difusión masiva son de propiedad estatal o social y no pueden ser objeto, en ningún caso, de propiedad privada, lo que asegura su uso al servicio exclusivo del pueblo trabajador y del interés de la sociedad". Esto significa que el ciudadano tiene asegurado el derecho a estar de acuerdo, tiene asegurada la posibilidad de aplaudir constantemente sin discrepar y también, de paso, se le asegura la prisión en caso de que no lo haga así. La monstruosidad de esta reglamentación basta para explicar el carácter del gobierno castrista: los derechos humanos y el castrismo son categorías excluyentes. Otro de los aciertos del libro "Los derechos..." es que ha sido publicado, simultáneamente, en idioma inglés. Es importante el hecho de que la realidad cubana se haga fácilmente comprensible a una cultura diferente y tan importante como la del mundo anglo. Mientras que otras dictaduras, fundamentalmente las de derecha, recibieron una enorme cobertura internacional sometiéndolas a constantes criticas, el caso cubano, hasta muy poco tiempo, ha recibido del mundo civilizado sólo un silencio cómplice por razones que algún día serán explicadas en detalle. Hasta organismos serios y respetados de vigilancia de los Derechos Humanos a través del mundo observaron una apatía inexplicable en el caso cubano cuando ya los fusilamientos sumarios y la falta de garantías en los procesos judiciales eran escandalosos dentro de la isla. Basta señalar que una emigración masiva, como la que ha generado Castro durante sus años de poder omnímodo, no pueden producirse sólo por el amor al "turismo" o por la búsqueda de una mejor economía. El dramático saldo de muertos en el estrecho de la Florida entre los cubanos que tratan de llegar a Miami procedentes de la isla en frágiles embarcaciones de fortuna -aspecto tratado también en el libro-, que pierden la vida por insolación, tragados por las olas o despedazo por los tiburones, indica el nivel de desespero de los ciudadanos que huyen de una sociedad donde el derecho es materia de ciencia ficción, historia antigua o consecuencia de los impulsos de un arterioesclerótico general de opereta que se niega a abandonar el escenario. Pero el mundo de hoy es otro completamente distinto al de hace unos pocos años. El totalitarismo huye arrinconado por la cordura y uno de los últimos reductos de la demencia es, precisamente, esa isla castigada por la historia. El libro "Los derechos..." ayuda a ubicar a Castro dentro del nuevo panorama internacional, a la dictadura de Castro. es como si los autores hubieran pintado una enorme cruz negra sobre un mapamundi señalando el lugar exacto donde la reacción más irracional se niega a ceder. Es un neón intermitente que señala las pruebas de las violaciones y avisa en dramático mensaje: Cuba: zona muerta. Los grupos de Derechos Humanos dentro de la isla se sentirán reconfortados cuando conozcan de la existencia de este libro. La labor de ellos, por encima de todos, es demostrar la permanente violación a los treinta puntos de la Declaración Universal de los derechos del Hombre y esto, con creces, lo consiguen los autores en esta obra. Por supuesto que no todos se van a alegrar con la publicación de "Los Derechos..." Castro, por ejemplo, no ve con buenos ojos este tipo de libros. El prefiere el mundo imaginativo de García Márquez, que enreda la lectura en un laberinto de generaciones de Arcadios Y Aurelianos luchando contra la soledad en numerosas guerras de liberación, pero en el imaginario ambiente de Macondo y no en su isla, feudo exclusivo para su reposo donde se entrega al sosiego de ejercer su poder como el Patriarca de su amigo Premio Nobel. El único error de este refugiado de la historia es que ignora que libros como "Los Derechos..." no son producto de una imaginación fértil, sino el resultado de un estudio de la realidad la cual, para más señas, él mismo moldea con sus estertores agónicos. En la página de reconocimientos, los autores aseguran: "Es preciso agradecer, en primer lugar, a los cientos de cubanos que a través de más de veinte años nos han brindado sus testimonios sobre las condiciones de vida en Cuba. Sin el aporte generoso de su tiempo, reportando sobre sus vivencias en la isla, no hubiera sido posible este trabajo." La obra "Los Derechos Humanos en Cuba, una perspectiva vivencial", reduce en gran medida la "perspectiva" de engaño por parte de Castro. Es un libro más que se abre camino a través del entretejido de mentiras y, por tanto, perturba la tranquilidad de las apacibles lecturas garciamarquianas que el último de su especie en el continente americano disfruta en su lecho de muerte. |