LA ULTIMA LECTURA DE CASTRO El Nuevo Herald, USA, 12 de noviembre de 1989. Fidel Castro nunca imaginó que el arte llegaría a ser tan encarnizado enemigo de su imperio personal de soledades. A pesar de sus palabras a los intelectuales en 1961, "con la revolución todo, sin la revolución nada", esos inquietos miembros de la especie -los artistas- persistían en burlarse de su viril imagen desafiando célebres prisiones. Lo imagino fuera de sí cada vez que algún artista deserta o genera un escándalo internacional. Harto debe estar el comandante de escuchar informes sobre bailarines asilados, poetas contestatarios y novelista díscolos que publican fuera del control de "su" Instituto Cubano del Libro (léase Policía Política). desde los primeros años, al principio con timidez y hoy ya delineado, se pudo notar que en Cuba se aportaría a la historia de la lucha contra las dictaduras un método -con algunos antecedentes en otros países-, o al menos una táctica escurridiza, difícil de eliminar: el arte como arma de conquista de libertades. La lista sería larga. Un Reinaldo Arenas, célebre en Francia, pasaba hambre en Cuba; y Heberto Padilla -conocido internacionalmente por su "Fuera de juego"- era perseguido con saña y se le prohibía abandonar el país. Muchos fueron a prisión -René Ariza- y otros murieron en el exilio interno -José Lezama Lima y Virgilio Piñera (hoy lo que algunos llaman la necrofilia política se empeña en sumarlos al régimen). Hay otro sector, el más dramático, que no resistió y que fue aniquilado sicológicamente con amenazas en las celdas de Villa Marista, frente a los oficiales de caso que los "atendía políticamente". Algunos subsistieron en silencio esperando su oportunidad, con las gavetas de sus escritorios vacías (por si registraba el G-2 al llamado de algún informante) y las queridas cuartillas dispersas en los más disímiles lugares de la isla. Sé que hoy, mientras escribo este artículo, alguien en Cuba redacta en silencio su novela "diversionista", su poema "contrarrevolucionario" o compone su canción sin pauta preestablecida. El arte en Cuba ha aprendido a mantener una "conducta impropia" y a "escuchar". Y esto provoca escozor en el poder no acostumbrado a lidiar con escritores y artistas, cuya única relación con la cúspide debe ser la del subordinado, según sueña Castro en su retiro de especie en extinción. El arte cubano se manifiesta, íntimamente, tanto fuera como dentro de la isla. En el cine tenemos dos grandes documentales: "Conducta impropia" y "Nadie escuchaba", recientemente vistos en los canales locales de televisión. Este ultimo filme, dirigido por Jorge Ulla y Néstor Almendros, obtuvo un rotundo éxito en Japón. No se puede olvidar que un libro -"Contra toda esperanza"- abrió los ojos de muchos en el mundo entero u la situación cubana comenzó a percibirse desde ángulos distintos. Castro dejó de ser, gracias a muchos factores, y entre ellos el arte, el aguerrido guerrillero alfabetizador de niños y fabricante de escuelas y hospitales. Dentro de Cuba, a pesar de la represión, este método de lucha se disemina y robustece. El grupo Pro Arte Libre, con su directiva en prisión, sigue existiendo, y la poetisa Tania Díaz Castro, desde su celda, envía lo mejor de su entrega a causa tan noble. A cada minuto las obras plásticas se convierten en sospechosos alegatos democráticos que el G-2 silencia, o al menos trata de silenciar, sin comprender que la creación artística aflora con más fuerza allí donde se le persigue, aunque el fruto tarde. Hoy vemos la inevitable contaminación recorrer en susurros las tertulias clandestinas. Asociaciones de arte independiente en Cuba dan más dolores de cabeza a las autoridades que un ciclón a destiempo. Recuerdo la Primera expo de Artistas Disidentes, en la barriada del vedado, que obligo al hoy en desgracia general José Abrahantes a asaltarla, porque en la dirección del gobierno se aterraron de sólo pensar que alguien estaba exponiendo arte no oficial. Se comprende tal temor: hoy vemos las secuelas a pesar de haber sido asaltada. Este método de abrazar el arte con honestidad -única forma de abrazarlo- adquiere dimensiones que dañan en lo más íntimo al régimen dictatorial. La repercusión de un artista perseguido indigna a los convencidos y hace sospechar a los indecisos. La caja de resonancia que intelectuales de izquierda en el mundo hicieron a Castro, ha desaparecido. Ahora la atención la reciben los perseguidos -aún no en la medida que me gustaría-, los artistas acallados y los activistas de derechos humanos. Cada día Castro tiene menos libros que leer. Los antiguos amigos se convierten en sus críticos y la marcha de los acontecimientos en los países socialistas parece dirigida, a sus ojos, por Bretón, Dalí o Buñuel: Castro no entiende y se desvela noche a noche. Las defecciones irán en aumento hasta que se quede completamente solo. Entonces, quizás, el último en abandonarlo le dejo, por caridad, un libro cuyo autor no podrá traicionarlo porque hace mucho murió: Robinson Crusoe. |