CASTRO: EL REINO DEL DELIRIO Por Reinaldo Bragado The World & I, December 1988. The Washington Times Corporation, USA. Publicado bajo el título de "Reality vs. Myth". Hay una dramática realidad que golpea al ciudadano por debajo de la propaganda triunfalista del régimen cubano. Todas la cifras que Castro muestra a la comunidad internacional, de ser ciertas, tendrían que reflejarse en el nivel de vida del hombre común. Los logros "revolucionarios", al ser analizados a nivel de hogar, nos muestran una realidad completamente distinta. Hagamos la pregunta más sencilla: ¿qué comer diariamente? Hoy día, después de treinta años de gobierno castrista, continúan racionados los bienes de consumo, fundamentalmente los productos alimenticios. La pobreza de la economía cubana, los descabellados planes del mandatario vitalicio, se reflejan con peso de tragedia en la mesa cubana del trabajador humilde, incluso, en la de asalariados de mayor ingreso. Todos -exceptuando sólo a los íntimos del circulo gobernante que no sufren el racionamiento- están atados a las exiguas cuotas que obligan al cubano a hacer verdaderos actos de magia a la hora de comer. Citaré algunas cifras. Cada ciudadano recibe mensualmente, entre otras cosas, 4 libras de azúcar, 5 de arroz, 1 jabón de baño y uno de lavar, una libra de pollo cada nueve días y tres cuartos de libra de carne de res cada 36 días -hay que señalar que estas entregas siempre se atrasan y, últimamente, los envíos de carne de res eran sustituidos por pollo- y, asombroso, ¡dos onzas de café para quince días! Existen mercados donde se expenden mercancías no racionadas, a precios astronómicos, prohibitivos para la casi totalidad de la población. Estas mercancías son de pésima calidad y las conservas,tanto extranjeras como nacionales, se venden al consumidor pasados de fecha de vencimiento, con todos los riesgos que esto implica. Es una contradicción muy aguda que esta pobreza material exista, a nivel de hogar, cuando se compara con las cifras de alto rendimiento y sobrecumplimiento que aparecen en la prensa cubana y en las cifras oficiales del régimen propagadas internacionalmente. El marco dentro del cual transcurre esta miseria doméstica no es menos aterrador. El gobierno sólo reconoce la existencia de algunos barrios insalubres, sólo después de campañas internacionales de denuncia, cuando en realidad toda La Habana -capital del país- es un gigantesco barrio insalubre construido antes de la revolución de 1959. La ciudad ha sufrido un bombardeo más terrible que el que pueden efectuar aviones de guerra: el delirio de Castro. Los planes de construcción de viviendas poseen un ritmo mucho más lento que las necesidades reales y el hacinamiento se refleja, indefectiblemente, en graves problemas sociales que incluyen altos índices de suicidio, de divorcios, de emigrantes -políticos y económicos-, de consumo de sicofármacos en forma desmedida por parte de la juventud como sucedáneo de otras drogas, alcoholismo, desordenadas conductas sexuales, alto índice delictivo y agresividad y violencia en las calles. Las construcciones de los apartamentos, que son entregados a los inquilinos teniendo en cuenta la conducta social y política del obrero- esto significa practicar el culto a Castro o de lo contrario no recibir beneficio alguno-, cuestan el 10 por ciento total del ingreso del núcleo como mensualidad, y distan mucho de ser edificaciones con las comodidades y la calidad que debieran tener si las cifras de desarrollo del gobierno fueran reales. A pesar de las campañas de salubridad nada puede el régimen contra un acueducto anticuado con un sistema más anticuado aún de tuberías. El sistema de abastecimiento de agua en La Habana Vieja -municipio más poblado de la capital-, tiene el tal deterioro que en muchos tramos las tuberías ni siquiera existen y sólo queda el espacio que alguna vez ocuparon, cimentado por los años. Por ahí recibe agua esa zona. El tránsito de vehículos de carga con excesivo peso, para el cual no fueron construidas las calles, resquebraja las tuberías, tanto las de agua albañales como las de consumo de la población. Cuando el flujo de agua potable disminuye, por las rajaduras penetra el agua de desecho mezclándose ambas. El resultado es que el agua consumida por la población contiene elementos dañinos que desautorizarían su uso en cualquier país civilizado. Epidemias de tifus se han suscitado en La Habana Vieja y el gobierno las ha ocultado con un silencio férreo. La profusión de cucarachas, ratones y ratas es alarmante. No es un espectáculo extraoridnario ver, en plena calle, una rata aplastada por un automóvil. El gobierno cubano asegura ser una potencia médica, sin embargo, todas sabemos que la medicina moderna se basas en la prevención de las enfermedades, y esta prevención se basa, fundamentalmente, en la higiene y la sanidad de los alimentos consumidos. ¿Cómo un país puede constituir una potencia médica si la base del mecanismo, algo tan elemental como el agua, no posee los requerimientos sanitarios mínimos? Si un cubano descubre en la piel de su brazo una erupción cuando despierta en la mañana para ir al trabajo, debe asistir al médico que le corresponde por su zona. Este médico tratará de curar la afección y evitará por todos los medios remitir al paciente a un especialista porque no hay suficientes (gran numero de ellos sirven en misiones "internacionalistas" en detrimento de los servicios médicos a la población cubana). Cuando la afección prospere y el médico ya no encuentre cura, finamente hará la remisión del caso y el enfermo tendrá que esperar, como mínimo, dos meses para poder entrevistarse con el especialista en piel. La causa de esto, aparentemente, es que los especialistas graduados marchan al exterior para "ayudar" a países amigos, creando para el gobierno una imagen de altruísmo que está hecha a base de las carencias de la población cubana. hay que señalar el grado alarmante de improvisación de los médicos y los constantes diagnósticos errados, con los consiguientes perjuicios para el paciente, así como el mal trato que recibe la población a causa de la falta de incentivo por parte de los profesionales de la medicina. Cuba siempre fue un país con preocupación por el desarrollo de la educación, las artes, las letras y la ciencia. La Universidad de La Habana fue fundada en 1728 y una larga lista de destacados cubanos ilustra la historia del desarrollo educacional en Cuba. La revolución castrista esgrime el argumento del salto de la enseñanza sobre una base puramente cuantitativa: cantidad de escuelas nuevas, de maestros, de alumnos matriculados y de graduados por año. Estos elementos son parte de la gran falacia y del reino del delirio impuesto por Castro en la isla. Si analizamos en términos cualitativos vemos el retroceso alarmante ya que, mucho antes del advenimiento del triunfo de la revolución en 1959, se había conseguido el triunfo de la educación laica, quitando a la iglesia el monopolio de la enseñanza, pero sin prohibirla. Hoy día las escuelas, todas sin excepción, enseñan bajo el férreo modo de discurrir de la ideología comunista, del culto a Fidel Castro como gran salvador y del mito de una revolución que ha enmendado todos los males y que promete un futuro luminoso. este tipo de enseñanza es peor que cualquier otra cosa porque no permite que ninguna coexista con ella, aunque la diferencia de criterios sea extremadamente leve. No se debe olvidar que este tipo de enseñanza, estos grandiosos avances, son sólo para los "revolucionarios". El que no piense igual no puede disfrutar de la enseñanza superior, aunque se le permite el acceso a la inferior -primaria, secundaria y, en algunas ocasiones, al pre-universitario- con la esperanza de introducir en el educando la ideología del grupúsculo gobernante. Es notoria la ignorancia de los maestros y profesores que, improvisados en breves carreras, poseen lagunas en su formación que conllevan a una enseñanza defectuosa de los alumnos. Las condiciones laborases del trabajador cubano no son más alentadoras. Los centros de trabajo están sometidos a las mismas condiciones de falta de higiene que las casas privadas. Los sueldos, la protección del trabajador y todo lo concerniente a los hombres comunes que trabajan, está controlado por los propios organismo políticos, el Partido Comunista de Cuba y la Juventud Comunista, sin contar los sindicatos -ninguna independiente- que sólo pueden apoyar las orientaciones políticas del gobierno sin otra opción. En materia de derechos individuales, el hombre común en Cuba está completamente desvalido. Las leyes de la república, comenzando por la propia constitución, establecen bien claro que el país sólo existe para los que apoyan al gobierno: esa es la única libertad asegurada en el cuerpo jurídico del país, aplaudir. Violados sus derechos de asociación, movimiento, expresión y comunicación, el ciudadano cubano se encuentra metido dentro de una camisa de fuerza que legaliza las violación de sus derechos fundamentales. El gobierno cubano y los derechos humanos son categorías excluyentes, de ahí que la policía política de Castro persiga con tanta crueldad a los grupos que intentan hacer denuncias de violaciones a organismos internacionales. Si en Cuba se respetaran los puntos que establece la Declaración Universal de Derechos del Hombre, el gobierno se derrumbaría de un colapso de información. Muy triste es la vida para un hombre que tenga que entregar su mente, toda su mente, a cambio de supuestos beneficios que sólo contribuyen a hacer de él un semi-vegetal carente de capacidad de disensión. Las leyes del reino del delirio establecido por Castro definen claramente que sólo es superior quien sea capaz de sacrificarse por un futuro que él promete y que sólo está en su mente, sacrificio del cual él no participa porque es conocido, cada vez con más detalles, de su afición -tanto de él como de sus hombres cercanos- por la vida cómoda de grandes yates y lujosas casas de descanso. Los propagandistas ideológicos del sistema castrista han tendido la osadía de asegurar que la revolución había hecho mucho por implantar el reino de la igualdad en la tierra. Si se refieren a la uniformidad de concepciones implantadas a la fuerza, tienen razón. Pero entonces no se trata de un reino coherente, que contempla la diversidad natural que la vida contiene, sólo se trata del peor de los gobiernos que puede tocar en suerte al hombre común: el reino del delirio. |