LA FISURA

Por Reinaldo Bragado

Publicado en Diario Las Américas, USA, Julio 20 de 1991; El Nuevo Herald, USA, Julio 31 de 1991; Siglo XXI, USA en español; La Prensa, de New York; Siglo XXI, USA en inglés bajo el título de "A crack in the wall", traducción de Carmen María Rodríguez; y Revista Próximo, España, No. 4, Primavera de 1992.

Después de la caída del Muro de Berlín -esa ofensa a la especie- muchos elementos oscuros salen a la luz y lo que antes de ese acontecimiento pertenecía al campo de las especulaciones, ahora es material de autopsia. Es fácil comprender hoy día que cada dictadura levanta sus murallas con los materiales que tiene a mano, de acuerdo a su peculiar entorno socio-político, histórico y cultural. De ahí que las fisuras que dejan en sus piedras sean muy diferentes de un país a otro atendiendo a la construcción de cada muro. Los marcos de referencia para los que viven en sociedades cerradas son escasos y, en el caso de Cuba, su cortina tropical de caña de azúcar -por tropical y dulce no menos hermética- ha sumido a la población en un sopor absoluto, tan absoluto como el férreo control del estado sobre cada segundo de la vida de todos los ciudadanos. En medio de tal huracán totalitario los hombres están cegados por las ráfagas de viento y ensordecidos por el atronador ruido de los rayos, y desde su bunker -versión moderna del Olimpo- el dios entronizado en el poder controla la llave de los elementos para que todos estén sin brújula bajo su arbitrio. Entonces ocurre lo inevitable: las personas decente sólo se sienten cómodas en el banquillo de los acusados y ése es el mejor indicador de que algo anormal sucede en una sociedad. Cuba posee uno de los más altos índices de prisioneros del mundo. Huelgan comentarios.

Echando una mirada a vuelo de pájaro hacia Polonia, nos encontramos con un país de férrea tradición religiosa -católica- que encontró su fisura en el sindicalismo. Si a Lech Wallesa se le hubiera preguntado, en los primeros años de sus luchas en el astillero de Gdanz, si él perseguía desmantelar el sistema totalitario o sólo algunas mejoras en el campo de los derechos sindicales, de seguro hubiera respondido escogiendo la segunda explicación. Sin embargo, cuando le dimos tiempo al almanaque, la verdad es que el muro de esa nación centroeuropea se desmoronó a consecuencia del sindicalismo proclamado por Lech Wallesa.

Así, sin brújula, los ciudadanos de un país totalitario deambulan por las prisiones, marchan al exilio externo o interno, a los reclusorios siquiátricos, se refugian en las drogas -en el caso de Cuba en los sicofármacos- o recurren al supremo recurso del suicidio. Son ciegos tirando golpes a un muro de enorme extensión que sólo posee, en el mejor de los casos, una o dos fisuras.

Un pequeño grupo de esos ciudadanos excluidos, en un lejano enero de 1976, bajo el hipócrita invierno tropical de Cuba, coincidieron en una cada de La Habana y allí el profesor Ricardo Bofill fundó el Comité Cubano Pro Derechos Humanos (CCPDH): era un dedo señalando el lugar exacto de la fisura en el vallado de caña. El gobierno, desde la soberbia que posee todo aquél acostumbrado a ser siempre obedecido, despreció, por ser obra de minúsculos insectos, la fundación de dicho Comité. Ahí estriba justamente el gran acierto de Ricardo Bofill: descubrir que la fisura en Cuba, la angosta hendija por la cual se podría ver la luz algún día a través de la intolerancia y la persecución, eran los Derechos Humanos. Y de la Declaración Universal de los Derechos Humanos -obra maestra del intelecto humano y consecuencia del acervo cultural de la especie- hizo su caballo de batalla, que se convirtió en el de Troya que pasó a través del ojo de la fisura en el muro. Quince años hicieron falta para que el trasiego de denuncias a través de la fisura ensancharan el resquicio lo suficiente como para que otros ciudadanos vieran la luz del otro lado y hoy, para su desvelo, Castro tiene que lidiar con más de una veintena de grupos de activistas todos enmarcados en la línea de la lucha por el respeto a la Declaración Universal. Existe otro elemento, poderoso, a favor de esta proliferación de activistas, y es que los Derechos Humanos y la dictadura castrista son categorías excluyentes, por tanto la totalidad de la población está envuelta en el problema de una u otra forma. Los Derechos Humanos son a Cuba lo que el sindicalismo es a Polonia.

No es coincidencia que la primera actividad pública del CCPDH el 23 de octubre de 1987 haya sido, justamente, la convocatoria a una oración solemne en memoria del sacerdote polaco Jerzy Popieluzcu -asesinado por la policía política de su país- en una iglesia de La Habana. Las victimas del mismo victimario se identifican con facilidad. Allí, el profesor Ricardo Bofill leyó un documento, "El llamamiento de La Habana", firmado sólo por 13 activistas -para que coincidieran en número con los firmantes de la "Protesta de los 13" de 1923, condena pública a la corrupción de la república-, que concluye con una frase harto elocuente y definitoria, que encarna la aspiración del más simple de los ciudadanos de cualquier parte del orbe: "hacemos un llamado por el cese del virtual estado de ley marcial que vive Cuba y porque se abra paso al imperio de un estado de derecho democrático donde toda la ciudadanía goce de la garantía de vivir sin miedo."

"Vivir sin miedo", así es de simple el problema. Poder amanecer tras una noche que no fue turbada por los característicos toques de la policía política en la puerta del hogar. Trabajar, estudiar, amar y andar por la vida sin ese rumor interno, indefinido, que llaman miedo. Los treinta artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos son una bandera común que marcha con el paso del tiempo. Hoy las dictaduras caen una tras otra y los ciudadanos del mundo pasan por el exorcismo de los horrores para asistir a lo que parece ser el advenimiento de la razón y el derecho.

Cuba se ha quedado rezagada en esta revolución de la historia. Uno de los últimos ejemplares de ese especie en extinción -los dictadores- permanece dominando la isla caribeña: Fidel Castro. Ese tozudo guerrillero se niega tercamente a comprender que su triste papel de militar engalanado mueve a la risa o la compasión. Ahora sabemos, por las muchas deserciones de sus acólitos, que siempre fue un delincuente común vestido de dictador, envuelto en cuanta operación sucia se producía en el mundo. Al paso que marcha el planeta quizás, cuando llegue el momento de juzgarlo, se decida conservarlo en una jaula de algún museo de Historia Natural como último ejemplar vivo de su dañina raza para deleite de los estudiosos. Mientras tanto hay que seguirlo de cerca porque está en sus estertores agónicos. Solo y aislado, grita órdenes incomprensibles porque ve cómo la fisura se agranda en el muro que con tanto empeño levantó a partir de 1959. Diariamente los activistas de derechos humanos sacan de la isla, por vías clandestinas, decenas de denuncias sobre las violaciones en Cuba. El dictador no sabe qué hacer, se enfrenta a un enemigo distinto, que habla un lenguaje raro, ajeno a su estirpe de fusil y cuartelazo, de cierre de periódicos y eliminación de sindicatos. No tiene ante sí a un ciudadano conspirando que le prepara un atentado, por el contrario, se encuentra con civilistas -trasnochados, según él- que esgrimen los derechos establecidos en cierta Carta firmada el 10 de diciembre de 1948 de la cual Cuba es signataria y que, aunque los manden a prisión, no cejan en su trabajo. "¡Es el colmo -de seguro grita los escoltas en su bunker-: papelitos a estas alturas!" Los informes llegan a su buró y los tira al cesto malhumorado. No puede creer que esa labor de hormiga de los activistas de derechos humanos haga tambalear un muro levantado sobre la experiencia de otros muchos que ya no existen. Pero es que en su ceguera Castro olvida las más elementales lecciones del marxismo que abrazó como bandera: todo está condenado a cambios dialécticos. El pensaba que la ley de cambio funcionaba sólo a partir y después de su propia persona, pero no, él también está incluido.

Hay otro elemento importante. Debido a que la Declaración Universal está desprovista de color político, se convierte en una especie de tabla de salvación para el mundo futuro que, como el de los escritores de ciencia ficción, a cada minuto es más presente y menos futuro. Después de las dictaduras es cuando más falta hace que organismos que observen el cumplimiento de los Derechos Humanos funcionen a plena capacidad. La reconstrucción de un país envuelve muchos peligros y sólo una vigilancia civilista puede sortearlos.

Los Derechos Humanos en Cuba salieron a la palestra nacional para entronizarse por siempre en el acontecer del país. Los hombres que hoy día conforman la oposición abierta a Castro, con nombres y apellidos, son activistas de Derechos Humanos con años de prisión en su haber. El que un sindicalista presida Polonia y dramaturgo Checoslovaquia es un resultado y no una causa de los caminos que transita el mundo. Tal vez veamos en una Cuba despojada del totalitarismo a un activista de Derechos Humanos con la responsabilidad de la reconstrucción a cuestas. Tal vez no suceda, pero la fisura, el breve resquicio por donde entró la luz, se debe a los Derechos Humanos.