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Un Juicio Histórico

Adolfo Rivero Caro

En el primer día de lo que posiblemente en Cuba sea el juicio político más importante de los últimos 40 años, Martha Beatriz Roque colocó al tribunal en el banquillo de los acusados y calificó el proceso de burda farsa. Un juez, asustado y furioso, la mandó a callar en tres ocasiones. Es un espectáculo curioso. La Seguridad del Estado toma militarmente dos manzanas alrededor del tribunal donde se va a juzgar a cuatro opositores pacíficos. ¿Acaso esperaban que un comando terrorista tratara de liberar a los autores de La patria es de todos? No es probable. Todos los comandos terroristas del mundo son amigos del gobierno que manipula esos tribunales. Tribunales, por cierto, que funcionan a puertas cerradas, en busca de oscuridad y ocultamiento mientras los supuestos delincuentes quieren publicidad y transparencia. ¿Quiénes actúan aquí como delincuentes? ¿Y qué tipo de delincuentes son éstos?

Los delitos contra los que ha emprendido su espectacular campaña el gobierno cubano incluyen el narcotráfico, la prostitución, el proxenetismo, “la colaboración directa o mediante terceros con emisoras de radio o televisión, periódicos, revistas u otros medios de difusión masiva”, en oposición al régimen, es decir, el periodismo independiente; el robo con fuerza, la matanza ilegal de reses y, si mal no recuerdo, el hurto en vivienda habitada.

El sentido de esta peregrina clasificación, donde se agrupan proxenetas y disidentes, no responde a ninguna perplejidad filosófica. Todo lo contrario. Se trata de una definida posición de principios. Confrontado con la crisis de la embajada del Perú en 1980, ya Fidel Castro había planteado que los que se querían ir de Cuba eran delincuentes. No se trata de un simple insulto. Para los marxista-leninistas, la delincuencia, la prostitución, la pobreza, la guerra, el racismo y todos los demás males sociales son, en última instancia, una consecuencia del capitalismo. Es por esto que la revolución anticapitalista conquistará, inevitablemente, el apoyo de la inmensa mayoría de los trabajadores. Es por esto que sólo elementos antisociales pueden estar contra la revolución. De no ser así, toda la concepción marxista carecería de sentido.

La solidaridad interna con los activistas detenidos demuestra que no es posible aislarlos pese a las enormes presiones que se ejercen sobre sus compañeros.

Ahora bien, si la popularidad de la revolución es uno de sus axiomas básicos, un corolario será la imposibilidad de una oposición de masas. Que se trata de un mito lo corrobora la insistencia del gobierno en la insignificancia de la oposición mientras rechaza espantado cualquier tipo de plebiscito popular. De aquí que se deduce que la principal tarea de la oposición será, precisamente, demostrar la popularidad que, en gran medida, ya tiene. Muy difícil pero no imposible. La solidaridad interna con los activistas detenidos, por ejemplo, demuestra que no es posible aislarlos pese a las enormes presiones que se ejercen sobre sus compañeros. Es importante comprender por qué.

En cierta medida, la delincuencia y la oposición son fenómenos provocados por la miseria, la arbitrariedad y la corrupción de los gobernantes. Representan, sin embargo, dos reacciones no ya distintas sino estrictamente inversas. A una parte de la población, la gravedad de la situación la aplasta, la hunde por debajo del nivel medio de la moralidad imperante. Es ésta la que opta por la delincuencia y pretende sobrevivir a costa del resto de la población. A otra parte de la sociedad, sin embargo, la gravedad de la situación no la hunde sino que la levanta, la hace crecerse y convertirse en un ejemplo de integridad. Es ésta la que abraza la oposición activa. Oposición que no sólo no pretende sobrevivir a costa del resto de la población sino que, por el contrario, sacrifica lo poco que tiene para convertirse en su defensor práctico y en su vocero político. Nada de extraño que conquiste primero la superioridad moral y, con el tiempo, la popularidad de masas. Fue por esto precisamente que, en vísperas del juicio, el gobierno ordenó la detención de centenares de activistas en todo el país. No se puede permitir una solidaridad visible.

La solidaridad internacional, por su parte, demuestra que, pese a las campañas gubernamentales de descrédito, los disidentes han conquistado prestigio y reconocimiento en el exterior. Ambos fenómenos, el interno y el externo, se refuerzan mutuamente. La presencia de un diplomático sudafricano que pretendía asistir al juicio como observador fue significativa. El arzobispo Desmond Tutu, premio Nobel de la Paz, siempre ha estado activo en la solidaridad con los cubanos pero hay que decir que Nelson Mandela hubiera podido optar fácilmente por una ausencia cómplice y no lo hizo.

La secretaria de Estado norteamericana Madeleine Albright tenía toda la razón cuando insistió, aquí en Miami, en que el mundo tenía que conocer los nombres de los disidentes cubanos y calificó de héroes a Vladimiro Roca, Martha Beatriz Roque, Félix Bonne Carcacés y René Gómez Manzano. No se puede responder a la brutalidad castrista con concesiones. Ahora vemos lo que se consiguió con abandonar el cabildeo en la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra. Se trata de todo lo contrario. Hay que empezar por fortalecer Radio Martí y hacer de Televisión Martí una realidad en la isla. Nunca se ha tratado de problemas técnicos sino de voluntad política. El juicio de los cuatro puede y debe convertirse en una oportunidad para condenar y sancionar al único y verdadero delincuente: la dictadura de Fidel Castro.

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