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¿Una Revolución Anticastrista?

Emilio Ichikawa Morín

Las revoluciones son violentas. Traen muerte, miseria, y al final acaban siendo fútiles: remueven la sociedad, mas no la cambian. Según demostró Alexis de Tocqueville, la Revolución Francesa fue un acelerón que llevó accidentadamente a la sociedad al lugar hacia el que naturalmente se dirigía. En eso la revolución castrista ha sido paradigmática pues lejos de eliminar la burguesía ha creado una suerte de “aristocracia de verdeolivo” cuya riqueza es ilegítima e inmoral; además de carecer de la estirpe incipiente y la educación de las altas clases tradicionales cubanas. Históricamente hablando, el castrismo no fue más que un “chance”.

Intentar una remoción violenta de la sociedad emergida en 1959 implica el peligro de la reincidencia en sus injusticias; debemos tener en cuenta que acabar con el castrismo, como hay que acabar, es algo más complicado que terminar con Fidel Castro. Se trata de un proceso integral, político pero también cultural, cuya “tecne” fundamental es la reforma. Aclaro este punto: es preferible un reformismo radical que una revolución violenta pero parcial del castrismo: “todo lo que existe merece perecer”…evolutivamente.

Una revolución anticastrista puede ser paradójica incluso por sus inspiraciones teóricas. Si en el siglo XX hubo alguien realmente versátil en el tema revolucionario, ese fue Vladimir I. Lenin. Ese radicalismo seguro encontraría en Lenin recetas interesantes; en fin de cuentas, Fidel Castro es una suerte de Zar del Caribe. En vísperas de la revolución de 1905, Lenin escribe un folleto programático titulado “Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución proletaria”; según expone, una revolución exitosa contra un poder establecido (el Rey, el Zar, el Secretario General) sólo se alcanza si se da la siguiente combinatoria: los de abajo no quieren, y los de arriba no pueden. Todo parece indicar que en Cuba no existe una situación de esta naturaleza; a pesar de las marchas, sabemos que los de abajo no quieren, pero los de arriba todavía pueden. Y esto lo capta la intuición popular; por eso es que la oposición al castrismo se localiza preferentemente en el ámbito de las vanguardias políticas, artísticas, religiosas y morales.

Como político Lenin fue un oportunista con una intuición sin par. Decía que en esas condiciones lo importante era hacer tarea de propaganda y consolidación organizativa, esperando el momento en que estallara la rebeldía para encauzarla hábilmente hacia la revolución. Eso no es “maquiavelismo” sino oficio (político). El Padrecito Rojo hizo su aporte a la revolución de 1905 desde la isla de Capri, y andaba por Suiza cuando estalla la revolución en Rusia en febrero de 1917. Cuando se entero tomó el tren hacia el este y diez meses después, el 7 de noviembre, firmaba los primeros decretos como supremo jefe de una revolución impía. Como ha revelado el mariscal Dmitri Volkogonov en su libro “El verdadero Lenin”(Anaya-Mario Muchnik, 1996), no había ninguna metáfora en eso de que el comunismo era la “electrificación total de los paisanos”. El Zarismo Rojo rompió en unos años el récord de muertes de una aristocracia cruel que, según el mismo Lenin en su libro “El desarrollo del capitalismo en Rusia”, ya había puesto proa a la modernidad.

Georges Sorel advertía con mucha objetividad sobre la violencia leninista, pero erraba en su pronóstico: poner muerte sobre muerte es una reiteración muy poco revolucionaria. El castrismo se ha enredado tanto en la grosería y el ridículo que combatirlo con sus métodos puede llevar a la mugre. Hay un recurso contra el cual está desprotegido: la decencia. Es un ámbito donde tiene franca desventaja.

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