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“Mente Germana y Corazón Latino”

Emilio Ichikawa Morin
Homestead.agosto.2000.

“Yo lo amo a usted”; decía Carlos Marx al filósofo Ludwig Feuerbach, ídolo de su juventud, mientras le solicitaba una colaboración para la revista Anales Franco-Alemanes, de la que apenas consiguió sacar un solo número doble en colaboración con Arnold Ruge, el genio político de los hegelianos de izquierda. En su exilio parisino el filósofo de Treveris trataba de resolver en un programa editorial la utopía intelectual de una generación: energizar la profundidad filosófica alemana con la voluntad política de los franceses: “mente germana y corazón latino”.

Desde los primeros días de enero de 1959 la historia cubana ha ido segregando un exilio que a la altura de casi medio siglo tiene un gran peso demográfico. Varias generaciones superpuestas en una diáspora multimillonaria, repartida por los cuatro puntos cardinales. Hay cubanos, con hijos y nietos, en Estados Unidos, México, Australia y varios países de Africa, Europa y América. Si descontamos las dificultades consulares que la especial circunstancia de ser cubanos le conceden, podemos decir que ya somos, los de Cuba, hijos del mundo. Y eso me estimula a concebir una versión de la síntesis cultural ideal: “mente globalizada y corazón cubano”.

A esta altura de la historia Fidel Castro es una cuenta pendiente de nuestra sensibilidad, pero su experimento político está tan desacreditado que es imposible concebir un proyecto cultural y empresarial situándosele a la riposta. El socialismo cubano no tiene nada que ofrecer: ni acumula riqueza, ni garantiza libertades, ni es racional ni justo en la redistribución del bien público. Hace décadas el pensador  Jurgen Habermas escribió una obra que resume los desvelos de  la llamada Teoría Crítica alemana: “Problemas de legitimación en el capitalismo tardío”. Es decir, lo que esta en juego hoy es el porvenir del desarrollo capitalista, su “sostenibilidad”, la legitimidad  de una industrialización alcanzada con un alto costo ecológico y moral. No debe haber confusiones: cuando se alcanza a criticar el capitalismo no se está defendiendo al socialismo, mucho menos al totalitarismo; la dicotomía no existe ya porque estos experimentos sociales han quedado fuera de la racionalidad histórica. Este es el problema de compartir un debate serio sobre los destinos de la globalización y el neoliberalismo con los voceros del castrismo: toda objeción al mundo “postnacional” la reciclan como un apoyo al caos insular.

Desde el punto de vista del mundo globalizado, el único sentido que le veo al castrismo es que da la posibilidad de lograr un consenso moral en su contra que permita un replanteamiento integral de la historia cubana. Es decir, si consideramos que Fidel Castro ha llevado a la máxima expresión algunos malestares culturales de la cubanidad como el autoritarismo, el tradicionalismo civil, la inmoralidad pública, la ineficacia empresarial, la demonización del dinero, y demás excrecencias, podemos utilizarlo como chivo expiatorio para reformular la historia cubana de cara al nuevo milenio. Se trata, ciertamente, de ir más allá de Fidel Castro, de “superar” todo lo que  resume en términos de precariedad histórica: el es un símbolo de lo que ya no se usa: controla internet, limita los viajes, habla un solo idioma, no sabe bailar, habla en exceso, no produce riqueza, es un viejo en un mundo donde los adolescentes se hacen millonarios posando en las pasarelas, anotando goles, escribiendo libros.

Ante nosotros hay dos futuros políticos: una política tradicional, de contenido diferente pero igual en su estilo; es decir, un fuerte liderato anticastrista, otro autoritarismo. O quizás, una política  nueva entendida como administración en la que sin dudas jugará un gran papel la juventud “anglocubana” con mente pragmática y corazón criollo; que enamore en castellano y negocie en inglés. Una generación que se sienta cómoda en medio de las “contradicciones culturales del capitalismo” que, también para los cubanos, anunciara una vez Daniel Bell: racionalidad económica y carnaval cultural.

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