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Salvemos a los Opositores y a la Nación Manuel
C. Díaz Confieso que nunca le presté demasiada atención al movimiento de los derechos humanos en Cuba. No por falta de solidaridad, sino porque pensé que no sobreviviría. Y aunque nunca creí aquello del “carácter irreversible de la revolución”, me resistía a concebir el surgimiento de una nueva oposición. Aun cuando comenzaron a aparecer en la prensa del exilio las actividades del Comité Cubano Pro Derechos Humanos, seguía sin darle crédito a sus miembros. Recuerdo que a los que comparaban la iniciativa isleña con la experiencia polaca, les decía: “Cuba no es Polonia”. Sin darme cuenta de que el trópico no tenía nada que ver con la dignidad nacional y de que el amor a la patria es el mismo en cualquier latitud. Para mi sorpresa, ocurrió lo contrario. No sólo el movimiento de los derechos humanos sobrevivió, sino que creció y se multiplicó hasta llegar a ser una de las alternativas de lucha más viables de los últimos tiempos. Sus activistas, a fuerza de denuncias de violaciones, fueron adquiriendo categoría de abiertos opositores y sembraron, por decirlo de alguna manera, la semilla de la futura sociedad civil. En aquella época, comprometidos unánimemente con un pensamiento democrático, sólo contaban con la convicción de sus ideas y el apoyo de un exilio que, a pesar de las diferencias ideológicas, cerró filas en torno a un mismo objetivo. Con el tiempo, lograron hacerse de un espacio en el estrecho panorama político cubano y ganaron prestigio. Para cuando fue celebrada en La Habana la VI Cumbre Iberoamericana, ya los nombres de Elizardo Sánchez Santa Cruz, Gustavo Arcos Bergnes, Jesús Yáñez Pelletier y Osvaldo Payá Sardiñas, entre otros, comenzaban a ser reconocidos internacionalmente y sus organizaciones vistas como las futuras avenidas de la transición. Sin embargo, eso parece estar cambiando. Los recientes acontecimientos indican que el gobierno cubano se apresta a cerrar definitivamente esas vías. Una vías que, aunque nunca estuvieron abiertas del todo, al menos le permitían a aquellos que soñaban con transitarlas imaginarse el recorrido. Ahora, ni eso. Se acabó el encantamiento; ya no se puede soñar. Hay una especie de retroceso político a los peores tiempos de la represión. No es necesario que los disidentes lo denuncien; se percibe en las acciones del gobierno. Los que esperaban que Fidel Castro desmantelase el castrismo para dar paso a un proceso de reconciliación nacional que condujera al pluralismo político, a la economía de mercado, a la justicia social, al disfrute de las libertades públicas y al respeto de los derechos humanos, se equivocaron. Aquella frase de “que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba” quedó archivada en la hemeroteca del Vaticano y sólo sirvió para que los noticieros del mundo pudieran completar sus ediciones vespertinas. Ahora se trata de algo más serio. Ya no es simple inamovilidad gubernamental; ahora es empecinamiento suicida. El caso del niño Elián ha sacado a la superficie la naturaleza holocáustica de Fidel Castro. La nación se hunde en un abismo de consignas demenciales mientras el mundo contempla, estupefacto, su irremediable descenso. Que nadie se llame a engaño: un destino ominoso se cierne sobre la isla. A pesar de las recientes visitas de políticos, dramaturgos y mercaderes estadounidenses; a pesar de los brindis con champaña y las cenas de langostas con chocolate, los signos son evidentes. El fin del castrismo se acerca y Fidel planea su despedida. Ya no le interesa nada; ni la zafra ni el turismo. De esa tonterías que se ocupen sus subalternos. Ahora lo importante es la posteridad. Y con su actuación, lo que parece estar diciendo es: “después de mí, la hecatombe”. Fidel Castro ha enloquecido. Así de simple. A estas alturas, los analistas de la Agencia Central de Inteligencia deben estar grabando sus discursos, analizando sus gestos —ya no debe preocuparles que la prótesis dental no se ajuste a sus encías— y actualizando su perfil siquiátrico. Esto es serio. Si Fidel no consigue que el niño Elián regrese, buscará un incidente internacional que lo lleve al enfrentamiento definitivo con los Estados Unidos. Y cuando eso ocurra, los primeros en caer serán los opositores. ¿Cómo pueden entonces estos grupos de derechos humanos continuar su enfrentamiento cívico, pedir que se restituyan las libertades públicas y se libere a los presos políticos, si lo que les espera es el aniquilamiento total? ¿Qué sentido tiene denunciar violaciones de derechos individuales si lo que está en juego es la supervivencia de la nación? Fidel Castro sueña con perecer en su búnker. Y junto a él, que perezca también la nación cubana. Socialismo o muerte. Que La Habana se convierta en la Numancia del Caribe. ¿Descabellado? Quizás. Pero lo que hay que denunciar ahora es que Fidel está loco; hay que pedir su institucionalización. Eso es lo que hay que denunciar ahora, porque para entonces, no habrá violaciones de derechos humanos que denunciar. |