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Periodismo Valiente

Belkis Cuza Malé

Como Ernest Hemingway, considero el periodismo uno de los géneros más emocionantes de la literatura y no creo que dañe a un escritor —como algunos han afirmado— ni que termine por permear el estilo. Todo lo contrario, el periodismo puede convertirse en un medio para expresar mejor que ningún otro esas vivencias nuestras y ajenas que son como chispazos de luz, buscando la precisión y la belleza de un momento determinado, de una información, de un reportaje. Es más, considero que es un género mayor, gran literatura en muchos casos. Y por eso desde hace mucho me he convertido en una apasionada lectora de periódicos y revistas.

Y es que el periodismo tiene la ventaja de deleitarnos e informarnos, de convertir una crónica en una fiesta de la imaginación. De hacernos vivir y revivir un viaje, un sentimiento, un hecho cualquiera. Cuando leemos un artículo, una opinión, un reportaje matizado por la mirada del escritor, sentimos que hemos estado allí, que hemos tocado ese paisaje, o viajado a la luna. De hecho, nos trasladamos a una esfera de la imaginación que podría corresponder a un recóndito sitio de la memoria, o del futuro. El encanto de ser y estar en un momento único, en circunstancias únicas. La posibilidad de recrear con los ojos lo que no vimos pero que otros vieron por nosotros.

Hace un par de noches, viajé a La Habana. Caminé por calles muy hermosas, por avenidas cubiertas de flores y arbustos recortaditos en forma de copas. Toqué a puertas labradas y altísimas, presididas por hermosas manos de bronce. Subí por la loma del Angel, me asomé a la iglesia —entonces en penumbra y sola— y creí ver en una banca la imagen dolorosa de Cecilia Valdés. La Habana que visité esa noche era una ciudad real, a quien los años habían otorgado la belleza de un tiempo petrificado, bañada sólo por la luz de las estrellas. Una ciudad que recordaba al mejor Madrid, la solidez de su arquitectura, la gracia de sus formas y molduras. De sus majestuosas esculturas y sus avenidas. Una ciudad para pasear, para caminar, para reír. Una ciudad bendecida con la gracia.

Mi visita —llamémosle astral, según el término metafísico— no estaba ubicada en el tiempo, sino en el espacio. En la eternidad. Fue sin duda una visita inspirada por la lectura de los textos que cada día recibo de Cuba, a través de la agencia CubaNet. Desde entonces, podría decir que tengo un pie aquí y otro allá, que cada día me sumerjo en la isla, o como el que mirase desde lo alto de un globo —con una gigantesca lupa— examino cada minuto, cada sueño, cada pesadilla, cada suspiro de sus habitantes y me desplazo por los distintos barrios, por sus rincones de provincia, por sus ciudades apaleadas y tristes, por sus cerros y sus valles. Subo y bajo lomas, observo con inquietud cada momento, cada estallido, cada golpe, y le sigo los pasos a toda esa gente que deambula las calles de ciudades y pueblos, que vive como puede, que comercia, que protesta, que grita, que calla, que llora. Soy pues una privilegiada, porque cada día la isla entera entra en mi casa.

Y todo esto, gracias a la valentía y el coraje de unos hombres y mujeres, de unos maravillosos periodistas que se han convertido en la conciencia de ese pueblo, que no sólo informan de los atropellos y el sufrimiento, de sus disidentes, de sus luchas, sino que cumplen la función de cronistas implacables de una época que, cuando pase, quedará registrada únicamente a través de la palabra y la mirada que nos han ido enviando día a día desde la isla.

Yo los llamaría “corresponsales de guerra”, porque no otra cosa son. Acosados y maltratados por el enemigo, a punto siempre de ir a parar a la cárcel, con el ardor y la pasión de su verdad como única arma. Y son cientos. A lo largo del país, tomando nota, denunciando cada arbitrariedad, contándonos de primera mano la tragedia que vive un país destrozado por el odio.

De no ser por este esfuerzo de CubaNet, que agrupa y publica a todos los periodistas independientes que desde Cuba arriesgan su vida para llevar al mundo la verdad, seguiríamos sin conocer a fondo la otra cara de la moneda. Y todo quedaría en rumores, comentarios o noticias al vuelo traídos por los viajeros. La unidad de criterios independientes, sin envidias ni hostigamientos entre unos y otros, hace más valiosa toda esa información que nos llega a diario de Cuba Press, Grupo de Trabajo Decoro, Cuba-Verdad, Cuba-Voz y todas las otras agencias. Un periodismo que no se limita a la información, sino a recrearnos el mundo y el submundo de la Cuba de hoy. Recuerdo los primeros esfuerzos de Raúl Rivero para crear Cuba Press, y luego cómo se sumaron otros, cómo aparecieron otras agencias, cómo han ido creciendo, cómo son ya cientos los reporteros y periodistas independientes que en cada rincón de la isla están dispuestos a denunciar un problema, a informar de la situación de los disidentes o los presos. Un movimiento insospechado hace veinte años.

Leyendo sus artículos, uno siente la presencia, la pasión del escritor. Excelente periodismo el de todos ellos. Y más valioso aún cuando, para expresarse y ser independientes, arriesgan su libertad y hasta sus vidas. Mención aparte merecen los artículos de Tania Díaz Castro, mi querida amiga, que desde el Grupo de Trabajo Decoro, nos deleita todas las semanas con más de un formidable texto. De los últimos días, los dedicados al pintor y escritor José Cid, a Heberto Padilla, y al espíritu de destrucción de la revolución (Mandarria…) la presentan como una gran periodista y escritora. Desafiante y terca como siempre la conocí. O como en ese pequeño pero informativo y vivencial artículo sobre la cafetería habanera Wakamba (en la esquina de mi apartamento habanero), que tiene la virtud de hacernos retroceder en el tiempo de la Rampa habanera y darle luz a un rincón oscuro y poco ventilado de la memoria. Esa es la magia de un gran escritor. Y por eso, tanto ella como los otros pertenecen a la estirpe del poeta cubano Julián del Casal, periodista también, que en el siglo pasado escribía sus famosas crónicas habaneras, dándole realce a lo cotidiano.

Periodistas independientes de verdad, a quien la verdad hace libres, y los hace volar, no importa que vivan en cadenas. Un movimiento de rebeldía y desacato al tirano nunca soñado por él, casi imposible de imaginar en la Cuba de Castro. Pero ha sucedido como dice Heberto Padilla en Para escribir en el álbum de un tirano, uno de sus famosos poemas: “Protégete de los tímidos y los apabullados / porque un día dejarán de ponerse de pie cuando entres”.

Y esta sincronización de periodistas independientes, de agencias independientes, de hombres y mujeres valientes, secundados por la labor valiosísima de CubaNet desde Miami, revive la esperanza y nos permite soñar con viajes futuros a una Habana renacida y eterna. Gracias, amigos, por el sacrificio.

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