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Vista Aérea de La Habana

Raúl Rivero

La Habana— La IX Cumbre Iberoamericana, que pasó por Cuba como un ciclón fuera de temporada, dejó a la oposición pacífica interna en el lugar de la sociedad donde había estado siempre, pero ahora sin velo y sin cortina de papel de bagazo.

Fue como si asistiéramos a una ceremonia para develar un grupo escultórico. Primero, en los días previos a la reunión, el gobierno retiró las puntas de la tela con un gesto de rabia. Luego, los invitados extranjeros, los periodistas, dieron el tirón final.

En pocas horas, los nombres y los fantasmas tuvieron carne, y gestos y palabras, y hablaban el susurrante español cubano, y sonreían. Y en las conversaciones con los huéspedes ilustres y renombrados comunicadores internacionales usaban giros coloquiales y decían “nuestra patria” y era, desde luego, a Cuba a quien nombraban.

Ese sector, integrado por pequeños partidos políticos, activistas de derechos humanos, periodistas y, en general, por el iceberg de la sociedad civil cubana, ganó visibilidad y materia; aunque cuatro de sus integrantes hayan ido a parar a la cárcel a esperar, presumiblemente, procesos judiciales.

En 100 y Aldabó, la sede del Departamento Técnico de Investigaciones, están el doctor Oscar Elías Biscet, presidente de la Fundación Lawton de Derechos Humanos [el doctor Biscet fue trasladado al Hospital Psiquiátrico de La Habana, donde se encuentra actualmente], y Eduardo Díaz Fleitas y Fermín Scull, apresados en el fragor de una manifestación en el parque Dolores, en la zona capitalina de 10 de Octubre. En Manguito, una prisión de Santiago de Cuba, el líder campesino Antonio Alonso.

La disidencia interna entró, evidentemente, en una nueva etapa de su trabajo diario: pero la experiencia de los dirigentes, el conocimiento profundo del ámbito en que viven, los aleja del triunfalismo, de la celebración y la fiesta.

En mis conversaciones con muchos de ellos, noto una renovada propuesta de reflexión, de análisis y estudio; al tiempo que se empecinan en bruñir la superficie de los espacios conquistados.

Nada de aprovechar la vegetación virtual que han creado los contactos con mandatarios y medios de prensa, para cubrirse con un pasamontañas y correr nocturnamente la cerca del ámbito de su labor y su vida. Están en medio de un compás de espera, preocupados por no ceder terreno y no caer en estridencias y posiciones teatrales.

Quedan nuevas marcas de la cumbre en la zona de la sociedad cubana que trate, sin caretas, de que se produzcan cambios en la isla. Más de 250 activistas, periodistas y militantes de los partidos de oposición fueron reprimidos antes, durante y después de la reunión; pero por otra parte, la gente, el pueblo, grandes sectores de la población favorecida por el noble invierno cubano, comienzan gradualmente a volver al bárbaro hastío cotidiano. Regresan a las telenovelas y a los gloriosos noticieros de radio y televisión. Se afincan en las calles para conseguir las cosas elementales de la vida y empiezan a pensar en el fin de año.

Ya en las tiendas de dólares pueden verse motivos navideños; pero en las otras, en las de verdad, se promociona el festival de la latica: una recogida masiva de materia prima para la fábrica de refrescos y cervezas.

Los luchadores se lanzan por estos días a batallar por elementos para la fiesta. Otros, a contar y recontar los centavos inventados para esperar el año nuevo como Dios manda. Se desdibujan en las paredes los carteles de la Cumbre y se archivan cuidadosamente los discursos de algunos.

La vida sigue ardiendo en los mundos individuales de los cubanos, que ahora pudieron ver algunos parajes del universo sin las gafas de miope de la prensa oficial. A finales de noviembre, todos fuimos más viejos y más sabios.

Periodista y disidente cubano, recibió recientemente una mención en el prestigioso premio María Moors Cabot, que otorga la Universidad de Columbia.

© El Nuevo Herald / Cuba Press

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