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Diario Las Américas, USA, 16 de noviembre de 1999

Los Van Van y Raúl Rivero

¡Viva el intercambio cultural!  Ahora resulta que a Raúl Rivero, director de la agencia de prensa independiente —al margen de la dictadura— Cuba Press, no lo dejan viajar al exterior de la isla para recibir el premio María Moors Cabot de la Universidad de Columbia.  ¿Quiénes prohiben a Rivero viajar fuera de Cuba?  Los mismos que autorizan a los Van Van a venir al exilio a presentar un concierto.  ¿Qué hicieron los Van Van para merecer ese “privilegio”?  ¿Qué no hizo Rivero que le niegan ese “privilegio”?  Raúl Rivero se porta mal, muy mal. Y los Van Van se portan bien, muy bien…  a los ojos de la dictadura.

La noticia de la prohibición impuesta a Rivero tiene un aspecto muy positivo para los exiliados.  Esa violación de derechos por parte de la dictadura explica por qué nos oponemos a la presentación de los Van Van en Miami.  Juan Formell y su banda son parte de los autorizados, autorización que sólo llega desde arriba —la dictadura— gracias a un expediente de comportamiento fiel.  Y de ahí se desprende la verdad más sencilla: si alguien se comparta fielmente con una dictadura, se hace parte y cómplice de las prohibiciones que esa misma dictadura impone a otros.

La UCLA —Unión de Libertades Civiles Americanas— debe saber que cuando los exiliados se niegan a que los Van Van vengan a Miami, lo hacen para defender el derecho a la libre expresión del ser humano donde quiera que viva, ya sea en Cuba o en Miami.  La maquinaria que ejerce las prohibiciones —de la cual los Van Van son  una pieza— debe ser rechazada por las personas decentes de cualquier parte, como se hizo con los artistas y deportistas cuando Sudáfrica sufría el bochornoso apartheid.

Tal vez para que la UCLA —así como los promotores bien intencionados del concierto de los Van Van— entiendan esta verdad, hace falta que se sumen a las protestas instituciones como el departamento de FIU (Florida International University) que trae a Miami a académicos procedentes de Cuba.  Los profesores de esa institución universitaria, así como de otras de la Florida, debían indignarse ante la prohibición impuesta Rivero y declarar que, mientras el “gobierno” de Cuba —como ellos llaman a la dictadura— no respete dentro de la isla la libertad de movimiento y de expresión que se le otorga a los funcionarios procedentes de Cuba aquí en Miami, se suspenden los intercambios por no ser legítimos.  Dudo mucho que lo hagan, pero al menos el silencio de ellos quedará reflejado en estas vergonzosas páginas de nuestra historia con un espacio en blanco —donde debía aparecer la protesta de estos académicos— y al final sus nombres y apellidos.

La libertad no es un privilegio para que lo disfruten sólo los que apoyan la dictadura.  Los Van Van, si fueran seres humanos con un mínimo de conciencia, debían declarar ilegítima la prohibición hecha contra Rivero.  No lo van a hacer porque, según Formell, ellos son músicos.  Pero sucede que Rivero es periodista y poeta…  pero se porta mal, muy mal.

Conozco también el cínico argumento que pregona que los de acá no podemos hacer lo mismo que hacen los de allá.  Es decir, si a Rivero lo marginan, nosotros no podemos hacer lo mismo con los Van Van porque eso nos convierte en los iguales de la dictadura.

Por si no lo saben, los que defienden ese manido y falso argumento deben saber que cuando el racismo en Suráfrica marginaba a los negros, aquí y en otras partes del mundo, se marginó a los representantes —incluyendo artistas y deportistas— de la racista Suráfrica. ¿Eso convirtió a los que protestaban contra el apartheid en los iguales de los racistas? Claro que no.

La segunda parte de ese cínico argumento —sustentado sólo en la mala fe o la ignorancia y falta de cultura de quienes lo enarbolan— es que en el caso de Suráfrica se justificaban las medidas porque era internacionales: todos en el planeta se sumaron a la lucha contra la injusticia.  Y aquí se nos revela otro aspecto de los defensores del supuesto intercambio cultural: son tercermundistas acomplejados que sólo tienen criterio propio si coincide con el del resto del mundo. Si mañana el mundo se suma al cerco contra Castro, ya verán a ésos que hoy dicen que no se puede hacer lo mismo que hace la dictadura, sumados al boicot y agitando las pancartas que hoy catalogan de extremistas.  Sencillamente son colonizados culturales, avergonzados de su pasado caribeño, mulato o indio o la mezcla que sea, y que no pueden pensar sin formularse la pregunta de siempre: ¿qué pensarán los anglos?

Así las cosas, a los hipócritas académicos y a los defensores de la Primera Enmienda, les recomiendo de pasen un curso acelerado de historia elemental para que entiendan por qué la injusticia —con música o sin música, con títulos académicos o no— siempre es injusticia para los que pensamos con nuestra propia cabeza.

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