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Diario Las Américas, USA, 28 de diciembre de 1999 Derechos Humanos y Coristas Muchos periodistas, analistas y observadores serios de la realidad cubana desde hace muchos años, cuando comenzaban los primeros pasos del movimiento de Derechos Humanos en la isla, señalaron que ese movimiento era el virus que destruiría por dentro la dictadura de Castro. Buena pupila la de esos observadores. Yo, por mi parte, califiqué los Derechos Humanos como “la fisura” en el muro tropical que con tanta dedicación levantó Castro. Ahora, años después, en medio de esta tormentosa Cumbre de La Habana, vemos el resultado. Castro se ha movilizado para contrarrestar la fuerza de un grupúsculo que, según el mismo, no existe. ¡Vaya contradicción! Comprendo a los que desconfiaron por ignorancia o por exceso de celo hacia la causa de Cuba. También comprendo a los que desconfiaron porque vieron en los activistas de Derechos Humanos peligrosos “competidores” por los primeros planos en la lucha por la libertad de Cuba. Estos últimos, sencillamente, provocan lástima. Y a ellos les advierto, sin el menor deseo de desanimarlos, que los primeros planos se alcanzan actuando, no hablando. Pertenece a esa variante —los que desean “figurar” como grandes próceres— un tipo muy dañino, el que lo critica todo pero no hace nada. Son como las mujeres acomplejadas que señalan en otras todos los defectos que pueden encontrar sin ver ni siquiera uno en ellas mismas. Esta actitud roza con la envidia —mostrándome indulgente—, la peor de todas las enfermedades. Uno los escucha con frecuencia en la radio o los lee en los periódicos. El discurso de estos “personajes” se limita a la diatriba contra los demás y a una verborrea vacía a la vez que poblada de consignas huecas como “Cuba será libre”, “Cuba es indómita”, “resistiremos hasta el final”, etc. Pero nunca dicen cómo ni qué están haciendo ellos (por lo general no hacen nada, salvo buscar alguna oportunidad de aparecer en público porque confunden publicidad con patriotismo y son, casi sin excepción, megalómanos). El método que han escogido las personas decentes es dedicarse por completo a hacer que sus agendas avancen. El que se dedica a poner traspiés a otros no le queda tiempo para trabajar seriamente en sus metas, si es que las tiene. Aquí me vienen a la mente las coristas en el camerino. Las buenas hacen ejercicio y ensayan para estar físicamente en condiciones óptimas para la actuación. Las malas se dedican a esconderle las medias de seda y el creyón de labios a las buenas pensando que así van a triunfar. ¡Pobrecitas! Lo que comenzó con denuncias sobre la violación de derechos humanos se ha ido radicalizando hasta lo que vemos hoy. Lo que veremos mañana será más radical y las consecuencias serán peores: habrá muertos. Pero entre esos muertos no estará ni uno de los vivos que por acá critican a esos activistas hoy golpeados ante las cámaras de televisión. No, qué va. Los que critican, los megalómanos, las coristas envidiosas no están allá, están por acá luchando patrióticamente para que los escuchen porque se creen grandes pensadores, patriotas iluminados, profundos intelectuales, líderes llamados a poner el orden en el pensamiento de los demás. ¿Pero cómo alguien que no piensa, o sólo piensa en verse en el periódico o escucharse en el radio, puede pensar por los demás? Vanos sueños de analfabetos funcionales. Si la cosa es desconfiar, ¿quién resulta más sospechoso, un activista golpeado y encarcelado o un parlanchín que trata de desmoralizar a los que dentro de Cuba se oponen a Castro? Más sospechoso es el segundo porque no se opone a Castro, sino que se opone a los que luchan contra Castro. ¡Por ahí siento un tufillo a seguridad del estado! La incultura y la evidente megalomanía que presentan estas coristas desafinadas las descalifican de inmediato. El hoy golpeado y encarcelado movimiento de derechos humanos seguirá su curso, a su propio paso, hacia la meta de todos. Anímense lo que no hacen nada salvo criticar y pónganse en marcha: en el corazón de Cuba caben todos. |