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Diario Las Américas, USA, 15 de junio de 1999

Derechos Humanos y causas comunes

El movimiento de derechos humanos dentro de Cuba, y su importante ala en el exterior, ha consolidado un espacio frente a la dictadura de Castro y, además, un lugar en el concierto internacional de instituciones, gobiernos y personalidades interesadas en que este planeta sea un mundo más habitable para todos.  En ese grupo que podríamos llamar algo así como una supra conciencia planetaria —desde los que defienden la causa del Tíbet hasta los que desean conservar los recursos naturales del globo— cabe perfectamente el movimiento de derechos humanos de Cuba.

Lograr esto no ha sido fácil. Hay que comenzar por reconocer que nuestro país es una pequeña isla que en el pasado tuvo un lugar privilegiado —La Llave de las Indias Occidentales, puerto de reunión de las flotas, etc.—, y que sólo se inserta de nuevo como un país con cierto peso internacional a partir de la entronización de Castro en el poder como sinónimo de un satélite de Moscú en el continente americano a pocas millas del “imperio”.  El carácter de centro —o al menos de punto geográfico a considerar— fue confirmado con la Crisis de los Misiles de 1962 —demencia atómica que casi cuesta la vida al planeta—, la subversión en América Latina y las incursiones en Africa.  En otras palabras, el peso adquirido no fue para bien, sino todo lo contrario.

Ahora, con la desaparición del bloque socialista europeo y el desgaste lógico de Castro después de casi medio siglo de poder absoluto, comienza a borrarse la aureola de ese pequeño país y se da paso a una constante espera por parte del concierto de naciones.  El experimento está por terminar, se dicen todos, y queremos ser testigos del desenlace, unos para invertir, otros para participar en el futuro político de la nueva república que surja y otros, sencillamente, buscando ganancias en río revuelto.

En medio de ese compás de espera aparece el movimiento de derechos humanos que logró, en 1988, que un equipo de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas viajara a La Habana, al mismo centro del poder de Castro, en visita de inspección.  Ese logro, así como el número de asociaciones y miembros de los grupos de derechos humanos de Cuba, nunca fue alcanzado por los activistas que trabajaban detrás de la cortina de hierro.  A pesar de la represión, los grupos civilistas de distintos cortes se multiplican y adquieren, con el paso del tiempo, más reconocimiento por parte del exterior.  Los activistas de derechos humanos —dentro y fuera de Cuba— a veces actúan como un gobierno errante —exiliado o inxiliado— que es tomado en consideración incluso a la hora de otorgar ayuda económica a la dictadura por parte de ciertos países u organizaciones.

Si sólo tenemos en cuenta lo que sucede en el espectro político de los exiliados —tanto en Miami como en otras ciudades del mundo— comprobaremos que el movimiento de derechos humanos ha logrado conquistar, gracias a su tesón, la simpatía de casi todos. Organizaciones de exiliados que tradicionalmente estaban orientadas hacia otros métodos de lucha, aplauden y apoyan lo que esos tozudos activistas hacen dentro de Cuba.  De hecho, se puede afirmar que casi todas las organizaciones tradicionales de exiliados tienen un departamento dedicado a los derechos humanos e, incluso, dedican parte de su tiempo a la denuncia de las violaciones de la Carta Magna de Naciones Unidas.

Nadie sabe qué pasará cuando en los minutos finales de este doloroso proceso —marcados claramente por la desaparición de Castro— se enfrenten cara a cara los encargados de una transición —del tipo que sea— y el concierto unido del movimiento de Derechos Humanos de la Isla.  Después de tanto crimen, opino que muchos tendrán que bajar la cabeza ante los activistas y escucharlos con humildad.  De no ser así corremos peligrosos riesgos como nación: la tentación de apelar a los uniformes militares sigue en pie, aun después de Castro.  Esa fatal variante hay que evitarla y a los activistas les toca trabajar en ese sentido.

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