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Prólogo

Las únicas personas que ejercen su profesión deseando intensamente no tener que ejercerla son los activistas de Derechos Humanos. Supongo que a los médicos honestos les sucede otro tanto: nadie en su sano juicio quiere que las enfermedades proliferen.  Ese es el caso de los activistas cuyo trabajo, lamentablemente, se hace posible porque alguien decidió infringir las normas de respeto que deben primar entre los hombres.  En otras palabras, tanto la medicina como el activismo de Derechos Humanos, son profesiones que deben desaparecer en un futuro realmente civilizado para el cual, si las sociedades se empeñan en conducirse como hasta ahora, falta mucho.

Hoy me veo obligado a escribir la introducción para el segundo tomo de “La Fisura” y lo hago con tristeza— porque las condiciones en Cuba no han variado y la violación de los Derechos Humanos sigue en pie ejercida por un régimen cuya meta parece ser la destrucción de toda una sociedad.  Cuando vio la luz “La fisura” (Tomo I) en 1998, todos los involucrados en ese proyecto teníamos la esperanza de que fuera el último libro sobre el tema.  No ha sido así.  Desde aquella fecha al presente el expediente de violaciones de la dictadura de Fidel Castro aumenta y, como consecuencia, el trabajo de los activistas se hace más intenso al tiempo que se recrudece la represión.

En 1988 el Comité Cubano Pro Derechos Humanos (CCPDH) dentro de Cuba, y el grupo que lo apoyaba desde el exterior, logró que la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas enviara oficialmente a La Habana un equipo para investigar las violaciones perpetradas por Castro. Fueron días intensos para una capital acostumbrada a vivir bajo el terror. Los ciudadanos, carentes de la posibilidad de quejarse, tuvieron en los miembros de la Comisión una tabla de salvación, una esperanza.  Miles de cubanos, individualmente, desfilaron por el hotel Comodoro —donde se instaló la Comisión— para registrar sus reclamos. El CCPDH envió sus especialistas en las distintas áreas de la vida social para que rindieran sus estudios. El resultado fue un informe sin precedentes en la historia del ya desaparecido campo socialista, confeccionado por la Comisión, donde se detallaban cientos y cientos de crímenes, incluyendo las violaciones que el cuerpo jurídico de la nación contempla como legales. Fue el comienzo del declive internacional de Castro, los primeros pasos para retirar los afeites que ennoblecían su rostro ante la opinión pública. La lucha entre la propaganda oficial y la verdad comenzaba a perfilarse a favor de esta última y Castro dejaba de ser el eterno acusador en los foros internacionales para convertirse en el acusado.  Al fin el banquillo reservado a los criminales recibía las nada ilustres posaderas de uno de los más crueles dictadores de la historia de nuestro continente.  A partir de ese año las condenas a Castro en Ginebra se produjeron una tras otra como certeros martillazos en la máscara fabricada en el Comité Central del Partido Comunista de Cuba. Los pedazos de mentiras caen al suelo, pero con un costo enorme para la familia de los activistas de Derechos Humanos dentro y fuera de la isla, que se traduce en prisión, exilios y demasiado dolor.

Sin embargo, a estas alturas, a Castro parece no interesarle lo que piensen de él, de ahí la necesidad de este Tomo II repleto, como si no hubiera pasado el tiempo desde 1988, de crímenes y violaciones. Pero en estos doce años han sucedido muchas cosas y, entre ellas, el fortalecimiento de una marcada tendencia hacia la reconstrucción del tejido de la sociedad civil que Castro destruyó.  Los grupos de Derechos Humanos se especializan cada vez más y el periodismo independiente hace su labor y logra reconocimientos internacionales.

Un índice de cómo van los tiempos muy bien puede ser la inclusión de Castro en la lista negra de la prensa. El Comité para la Protección de los Periodistas, con sede en New York, lo relaciona en su lista por sexto año consecutivo, colocándolo junto a Foday Sankoh, Slobodan Milosevic, Alí Jomenei, Jiang Zemin, Alberto Fujimori, José E. dos Santos, Zin el Abidin Ben Alí, Nursultán Nazarbayev y Mahathir Mohammad. Y es interesante comprobar los párrafos que dedica el citado Comité a Castro: “continúa (Castro) sus ataques contra los periodistas independientes, interrogando y arrestando reporteros e impidiendo que viajen libremente”.

La otra cara de esta condena al régimen de La Habana son los reconocimientos alcanzados por los periodistas independientes.  Raúl Rivero —destacado poeta residente en la Isla—, fue escogido por el Instituto Internacional de Prensa con sede en Viena, Austria, como uno de los 50 héroes de la libertad de prensa de la segunda mitad del siglo XX. Rivero —a quien las autoridades cubanas le impiden viajar— prefirió transferir el honor a cuatro colegas suyos que actualmente cumplen condenas por el delito de propaganda enemiga: Bernardo Arévalo Padrón, Manuel González Castellano, Jesús Joel Díaz y Víctor Rolando Arroyo.  El documento del Instituto señala, refiriéndose a Rivero, lo siguiente: “Como parte de la hostigada prensa de su país, ha enfrentado el acoso incesante del régimen comunista de Fidel Castro y de la Seguridad del Estado”.

En 1999, la Universidad de Columbia, de New York, le concedió a Rivero el premio María Moor Cabot, por su defensa de la libertad de expresión.

Ya en el 2000 Castro recibe otro golpe que, a la vez, es un premio a los activistas, la nueva acusación en Naciones Unidas. La resolución de condena al régimen de La Habana por su sistemática violación de Derechos Humanos fue presentada por la República Checa y auspiciada por Polonia, dos países que saben muy bien cómo funcionan los regímenes comunistas. La votación lo dice todo: 21 votos a favor, 18 en contra y 14 abstenciones. Ricardo Bofill, creador del movimiento de Derechos Humanos dentro de Cuba, declaró a la prensa que la condena a Castro “es una victoria de los activistas dentro de la isla, de todos los que han tenido la perseverancia de continuar promoviendo el ideal de los Derechos Humanos dentro de la nación, redactando las denuncias y enviándolas al exterior, incluso desde las cárceles”.

La sorpresa del año fue la abstención de México, país que tradicionalmente ha votado a favor de La Habana.  Y peores que la abstención fueron las declaraciones del Canciller mexicano —recogidas en El Nuevo Herald, abril 19 del 2000— al señalar que las naciones deben honrar “el derecho a participar libremente en partidos políticos; el derecho a seleccionar a los gobernantes mediante elecciones periódicas, con reglas justas, transparentes y voto secreto; y el derecho a disentir de quienes ostentan el poder político sin temor a represalias de ninguna especie”.

A Castro, decadente y extemporáneo, sólo se le ocurrió convocar a una manifestación frente a la embajada checa en La Habana.  Los mecanismos de propaganda castrista calificaron a los checos de traidores, lacayos, marionetas y agentes del imperialismo. La misma vieja canción sin la menor variante.

En este Tomo II de “La fisura” se incluyen artículos publicados en la prensa, otros escritos especialmente para el presente trabajo por periodistas y escritores, muchos documentos de diversa índole que dibujan con claridad la situación de los Derechos Humanos en Cuba y, por supuesto, un nutrido grupo de estudios y denuncias procedentes de la isla, principal finalidad de esta recopilación.  Incluyo, como primer artículo de la recopilación, mi trabajo “La Fisura” porque, al igual que en el primer tomo, ofrece una panorámica de la tesis de los Derechos Humanos en Cuba como resquicio a través del cual podría comenzar a verse la reconstrucción de la sociedad civil y además, establece una continuidad con el segundo.

También, como en el primer tomo, el presente busca promover y honrar a la enorme familia de los activistas de Derechos Humanos de Cuba en todas sus variantes. Ellos merecen la solidaridad de un mundo que hasta hace muy poco se mostraba escurridizo a la hora de enfrentar a Castro. El expediente real de cada activista está colmado de años de prisión, humillaciones y persecución.  Si ellos, dentro de Cuba y bajo las condiciones más difíciles, no se cansan, nosotros tampoco.

La Fisura

Reinaldo Bragado Bretaña

Después de la caída del Muro de Berlín —esa ofensa a la especie— muchos elementos oscuros salen a la luz y lo que antes de ese acontecimiento pertenecía al campo de las especulaciones, ahora es material de autopsia.  Es fácil comprender hoy día que cada dictadura levanta sus murallas con los materiales que tiene a mano, de acuerdo a su peculiar entorno socio-político, histórico y cultural.  De ahí que las fisuras que dejan en sus piedras sean muy diferentes de un país a otro atendiendo a la construcción de cada muro.  Los marcos de referencia para los que viven en sociedades cerradas son escasos y, en el caso de Cuba, su cortina tropical de caña de azúcar —por tropical y dulce no menos hermética— ha sumido a la población en un sopor absoluto, tan absoluto como el férreo control del estado sobre cada segundo de la vida de todos los ciudadanos.  En medio de tal huracán totalitario los hombres están cegados por las ráfagas de viento y ensordecidos por el atronador ruido de los rayos, y desde su bunker —versión moderna del Olimpo— el dios entronizado en el poder controla la llave de los elementos para que todos estén sin brújula bajo su arbitrio.  Entonces ocurre lo inevitable: las personas decentes sólo se sienten cómodas en el banquillo de los acusados y ése es el mejor indicador de que algo anormal sucede en una sociedad.  Cuba posee uno de los más altos índices de prisioneros del mundo.  Huelgan comentarios.

Echando una mirada a vuelo de pájaro hacia Polonia, nos encontramos con un país de férrea tradición religiosa —católica— que encontró su fisura en el sindicalismo.  Si a Lech Wallesa se le hubiera preguntado, en los primeros años de sus luchas en el astillero de Gdanz, si él perseguía desmantelar el sistema totalitario o sólo algunas mejoras en el campo de los derechos sindicales, de seguro hubiera respondido escogiendo la segunda explicación.  Sin embargo, cuando le dimos tiempo al almanaque, la verdad es que el muro de esa nación centroeuropea se desmoronó a consecuencia del sindicalismo proclamado por Lech Wallesa.

Así, sin brújula, los ciudadanos de un país totalitario deambulan por las prisiones, marchan al exilio externo o interno, a los reclusorios siquiátricos, se refugian en las drogas —en el caso de Cuba en los sicofármacos— o recurren al supremo recurso del suicidio.  Son ciegos tirando golpes a un muro de enorme extensión que sólo posee, en el mejor de los casos, una o dos fisuras.

Un pequeño grupo de esos ciudadanos excluidos, en un lejano enero de 1976, bajo el hipócrita invierno tropical de Cuba, coincidieron en una casa de La Habana y allí el profesor Ricardo Bofill fundó el Comité Cubano Pro Derechos Humanos (CCPDH): era un dedo señalando el lugar exacto de la fisura en el vallado de caña.  El gobierno, desde la soberbia que posee todo aquél acostumbrado a ser siempre obedecido, despreció, por ser obra de minúsculos insectos, la fundación de dicho Comité.  Ahí estriba justamente el gran acierto de Ricardo Bofill: descubrir que la fisura en Cuba, la angosta hendija por la cual se podría ver la luz algún día a través de la intolerancia y la persecución, eran los Derechos Humanos.  Y de la Declaración Universal de los Derechos Humanos —obra maestra del intelecto humano y consecuencia del acervo cultural de la especie— hizo su caballo de batalla, que se convirtió en el de Troya que pasó a través del ojo de la fisura en el muro.  Quince años hicieron falta para que el trasiego de denuncias a través de la fisura ensancharan el resquicio lo suficiente como para que otros ciudadanos vieran la luz del otro lado y hoy, para su desvelo, Castro tiene que lidiar con más de una veintena de grupos de activistas todos enmarcados en la línea de la lucha por el respeto a la Declaración Universal.  Existe otro elemento, poderoso, a favor de esta proliferación de activistas, y es que los Derechos Humanos y la dictadura castrista son categorías excluyentes, por tanto la totalidad de la población está envuelta en el problema de una u otra forma.  Los Derechos Humanos son a Cuba lo que el sindicalismo es a Polonia.

No es coincidencia que la primera actividad pública del CCPDH el 23 de octubre de 1987 haya sido, justamente, la convocatoria a una oración solemne en memoria del sacerdote polaco Jerzy Popieluzcu —asesinado por la policía política de su país— en una iglesia de La Habana.  Las víctimas del mismo victimario se identifican con facilidad.  Allí, el profesor Ricardo Bofill leyó un documento, “El llamamiento de La Habana”, firmado sólo por 13 activistas —para que coincidieran en número con los firmantes de la “Protesta de los 13” de 1923, condena pública a la corrupción de la república—, que concluye con una frase harto elocuente y definitoria, que encarna la aspiración del más simple de los ciudadanos de cualquier parte del orbe: “hacemos un llamado por el cese del virtual estado de ley marcial que vive Cuba y porque se abra paso al imperio de un estado de derecho democrático donde toda la ciudadanía goce de la garantía de vivir sin miedo”.

“Vivir sin miedo”, así es de simple el problema.  Poder amanecer tras una noche que no fue turbada por los característicos toques de la policía política en la puerta del hogar.  Trabajar, estudiar, amar y andar por la vida sin ese rumor interno, indefinido, que llaman miedo.  Los treinta artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos son una bandera común que marcha con el paso del tiempo.  Hoy las dictaduras caen una tras otra y los ciudadanos del mundo pasan por el exorcismo de los horrores para asistir a lo que parece ser el advenimiento de la razón y el derecho.

Cuba se ha quedado rezagada en esta revolución de la historia.  Uno de los últimos ejemplares de ese especie en extinción —los dictadores— permanece dominando la isla caribeña: Fidel Castro.  Ese tozudo guerrillero se niega tercamente a comprender que su triste papel de militar engalanado mueve a la risa o la compasión.  Ahora sabemos, por las muchas deserciones de sus acólitos, que siempre fue un delincuente común vestido de dictador, envuelto en cuanta operación sucia se producía en el mundo.  Al paso que marcha el planeta quizás, cuando llegue el momento de juzgarlo, se decida conservarlo en una jaula de algún museo de Historia Natural como último ejemplar vivo de su dañina raza para deleite de los estudiosos.  Mientras tanto hay que seguirlo de cerca porque está en sus estertores agónicos.  Solo y aislado, grita órdenes incomprensibles porque ve cómo la fisura se agranda en el muro que con tanto empeño levantó a partir de 1959.  Diariamente los activistas de derechos humanos sacan de la isla, por vías clandestinas, decenas de denuncias sobre las violaciones en Cuba.  El dictador no sabe qué hacer, se enfrenta a un enemigo distinto, que habla un lenguaje raro, ajeno a su estirpe de fusil y cuartelazo, de cierre de periódicos y eliminación de sindicatos.  No tiene ante sí a un ciudadano conspirando que le prepara un atentado, por el contrario, se encuentra con civilistas —trasnochados, según él— que esgrimen los derechos establecidos en cierta Carta firmada el 10 de diciembre de 1948 de la cual Cuba es signataria y que, aunque los manden a prisión, no cejan en su trabajo.  “¡Es el colmo —de seguro grita los escoltas en su bunker—: papelitos a estas alturas!”  Los informes llegan a su buró y los tira al cesto malhumorado.  No puede creer que esa labor de hormiga de los activistas de derechos humanos haga tambalear un muro levantado sobre la experiencia de otros muchos que ya no existen.  Pero es que en su ceguera Castro olvida las más elementales lecciones del marxismo que abrazó como bandera: todo está condenado a cambios dialécticos.  El pensaba que la ley de cambio funcionaba sólo a partir y después de su propia persona, pero no, él también está incluido.

Hay otro elemento importante.  Debido a que la Declaración Universal está desprovista de color político, se convierte en una especie de tabla de salvación para el mundo futuro que, como el de los escritores de ciencia ficción, a cada minuto es más presente y menos futuro.  Después de las dictaduras es cuando más falta hace que organismos que observen el cumplimiento de los Derechos Humanos funcionen a plena capacidad.  La reconstrucción de un país envuelve muchos peligros y sólo una vigilancia civilista puede sortearlos.

Los Derechos Humanos en Cuba salieron a la palestra nacional para entronizarse por siempre en el acontecer del país.  Los hombres que hoy día conforman la oposición abierta a Castro, con nombres y apellidos, son activistas de Derechos Humanos con años de prisión en su haber.  El que un sindicalista presida Polonia y dramaturgo Checoslovaquia es un resultado y no una causa de los caminos que transita el mundo.  Tal vez veamos en una Cuba despojada del totalitarismo a un activista de Derechos Humanos con la responsabilidad de la reconstrucción a cuestas.  Tal vez no suceda, pero la fisura, el breve resquicio por donde entró la luz, se debe a los Derechos Humanos.

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