| Titón
y la sangre
Por Norberto Fuentes La primera imagen registrada por Tomás Gutiérrez Alea de una Revolución en Cuba es Luis Alberto Lavandeira sobre un muro de la fortaleza de la Cabaña dirigiéndose, pálido tribuno surgido de las huestes del Ché Guevara, a un batallón recién derrotado de la artillería batistiana. Servidores de la burguesía, ustedes, peones del imperialismo, eran los epítetos que empleaba para su auditorio, taciturno y asombrado, que lo escuchaba bajo los relámpagos inciertos de los reflectores. Era, con toda seguridad, el 5 de enero de 1959, y este hombre arrastraba las erres implacables de su lengua de ciudadanía mientras que allá, en el fondo, comenzaban a escucharse las descargas de los primeros pelotones de fusilamiento que comandaba un aventurero yanqui, el capitán Mark Herman, "especializado en tiros de gracia". Matando hombres justo a 20 metros en diagonal por la derecha del poste de ejecución en donde los españoles de otro siglo fusilaron a Juan Clemente Zenea. Lo que se llamaba "un joven talento", prometedor en el negocio de los cortos publicitarios y un diletante del cine con leves incursiones en la sociedad Nuestro Tiempo, auspiciada por el PC, Tomás Gutiérrez Alea, al que todos conocimos como "Titón", tenía delante a un personaje de pronta extinción en la fauna revolucionaria: Luis Alberto Lavandeira, alias "El Francés", con su pedigree de un remoto pasado de familia cubana, que se había sumado a la columna de Ché Guevara en Santa Clara y al que el mismo argentino había ascendido con toda rapidez al grado de primer teniente. La parte mas intensa del discurso, de la clase de educación patriótico militar en la que se empeñaba, era aquella en la que perdonaba la vida a sus espectadores, o a los que --él mismo hizo la salvedad-- pudieran perdonarse ("Puesto que, querridos hijos míos, usgtedes debven comprrrenderrr que sois unos bastarrrdgdos aliados del imperrialismo"). El Francés en la Cabaña metiéndole aquella monserga a la tropa. Pero Tomás Gutiérrez Alea nunca filmó la escena.La imagen --es previsible-- se ajustaba al ojo del cineasta. El arte en sus formas crudas. Imagen sin dueño. Los sombríos rostros de la derrota, a los que las luces fugaces iban retratando en la eternidad del instante en que se ha conocido la muerte mientras escuchaban la voz de aquel hombre flaco y desalmado, con su uniforme recién lavado de la guerrilla y una barba rala y una melena incipiente, que les ofrecía su primera clase magistral de marxismo. La primera referencia es el gordo sargento cosaco de Schors, la epopeya sobre la guerra civil de Alexander P. Dovzhenko. Una especie de Sancho Panza, estridente y con "conciencia de clase", a la usanza del cine soviético de 1939, que reúne a punta de bayoneta a una muchedumbre de bien abrigados ricachones y oficiales blancos en un teatro de la ciudad de Ucrania que la caballería roja acaba de ocupar y apuntándoles con una ametralladora de tachanka que ha instalado en el escenario, les dice: "Ustedes, burgueses, inventaron esto." No podía pasar desapercibida. Claro que era una visión cinematográfica la que Titón había tenido. O, por lo menos, no podía pasar desapercibida a una pupila inteligente. O, por lo menos, alerta. La Cabaña y el Ché Guevara, figura mística desandando aquellos muros feudales, musgosos parapetos de fusilamiento de poetas y de mulatos conspiradores y de intrépidos comerciantes que soñaron al unísono con la bandera y con la anexión, mientras el Francés despliega su dialéctica, y recuerda --me obliga a recordar-- inexorablemente a aquel insurrecto cubano que tuvo su desdicha con el Generalísimo, un problema con Máximo Gómez y con Ferrara, en el Camagüey, y fue condenado a muerte y en rabiosa resignación dijera, pero, coño, que suerte más puñetera la mía, caballero, un cubano fusilado en Cuba por dos extranjeros. El dominicano Gómez, el italiano Ferrara, el argentino Guevara, el americano Mark. Matando cubanos. El tema de Luis Alberto Lavandeira había surgido un día a propósito de que Titón --en la sofocante terraza cargada de muebles y jaulas de mimbre y malangas de su casa de Miramar, sí, creo que había algún pajarito, piando en una de las jaulas-- me oyera hablar, ironizando, del Francés y calificándolo de trostquista. Yo tenía una de esas guerras particulares mías, esta vez dirigida, en paralelo, contra el Francés y contra la Cuarta Internacional. No me pregunten ahora las razones que provocaron mi diferendo con los "trostcos" de la Cuarta, no lo recuerdo, pero Luis Alberto me había tomado por la cabeza con las dos huesudas manos de su propiedad y me había dicho en una reunión de tragos en casa de un amigo italiano llamado Sandro Gandini, esta cabecita tuya, Norrrberegto, te la vamos a hacerrr volarrr. Yo había defendido la preponderancia de John Lennon por encima de la del Ché Guevara. Era el delito y Luis Alberto lo consideraba más que suficiente para hacerme conocer el filo de una buena cuchilla de guillotina, jacobina o girondina o, si era el caso, un balazo de Garand. Mucho más rotundo eso. El balazo de Garand. Como quiera que este es el obituario de Tomas Gutiérrez Alea y no de Luis Alberto Lavandeira, agregamos que este último ganó los grados de primer teniente en grave silencio, óleos de santidad guerrero, de la tropa revolucionaria; fue licenciado hacia 1970, terminó sus días cubanos dedicado a curar ciudadanos impotentes --aquejados por ese terrible mal-- por medio de sesiones de hipnosis en un "hospital de día", el Galigarcía, en las afueras de La Habana, hasta que lo despacharon de vuelta a Francia, donde en la actualidad ignoro si sigue siendo castrista o guevarista y si por fin habrá descubierto que la verdadera mano tras las muerte del Ché, su ídolo, fue --precisamente-- la de Fidel. Sí recuerdo que tenía una gran obstinación con las tanquetas que utilizara el ejército batistiano puesto que toda su acción de guerra había sido, al parecer, descargarle un par de peines de carabina dominicana San Cristóbal a una de estas taciturnas máquinas de combate en una calle de Santa Clara "y la cabrrrrona tanqueta no se enterrró" --los tripulantes de León de Acero 024 Ejército Nacional de Cuba no se percataron, pero había un francés frenético rociándoles de plomo las ventanillas del radiador. --Tremendo --me dijo Titón, con su voz siempre apacible, correcta, como si hablara a media luz--. Tremendo aquello --agregó. Usaba con frecuencia el calificativo. Tremendo. Parecía un lujo que se permitía. Yo hice los aportes al diálogo que consideraba correspondientes al cronista indiscutido de la Revolución. En verdad, ninguno de los rebeldes de la columna del Ché se molestó cuando ascendieron al Francés en pocas horas de su vida de guerrillas. Primer teniente resultaba adecuado para el personaje. Su triunfo moral parecía residir en que era uno de los pocos que no huía de los pases rasantes de la aviación. Además, tenía historia insurreccional en La Habana. Preparaba explosivos en la Universidad y le tumbó 2 000 pesos a un magnate de origen italiano, Amadeo Barleta, para el movimiento. Pero lo esencial era su actitud ante los vuelos rasantes. Ante los golpes aéreos. --Tremendo. Un francés en Santa Clara. Un francés que no le teme a los aviones. --Y en vuelo rasante --aporté. La historia de que había conocido algunos entredichos por golpear a los prisioneros de guerra, "algunas patadas quizá innecesarias en los fosos de la vieja fortaleza habanera" se pasaba por alto en su curriculum, el que se conservaba en las retinas de Titón. Retención solo para el discurso del escuálido revolucionario del muro, no para sus rudas botas aplastando costillas. La tragedia en el vasto fresco soviético ilustrado por cintas como Schors, se desdibuja en las manos de Titón. Ciertos aspectos de vodevil criollo, la vacua herencia del bufo cubano, que siempre lastraron sus filmes. ("Qué paisito ese, el nuestro", dice el escritor David Buzzi, probablemente la frase más luminosa de su carrera, "que en la misma época que en norteamérica se producía El gran Gatsby, nosotros hacíamos Fotuto.") Quizá eso seamos, quizás indignos, incluso, de conocer la dimensión insuperable de la tragedia. Es que Titón se mantuvo en la frontera de la caricatura, y si algo uno puede aprender en el exilio es el dolor profundo, las heridas que ha causado el proceso, y sus miles de victimas, inocentes en desconcertante mayoría, de ambos bandos. ¿En cuál de las películas de Titón aparece en los créditos aquel soldado rebelde al triunfo de la revolución, cinta de proyectiles en bandolera, enarbolando su carabina y tocado con un lustroso sombrero de copa? Esa es quizá la imagen simbólica por excelencia para atrapar a Titón: una mezcla en proporciones exactas de revolución y cantinfleo. Pero esto también le impidió tratar el lado de las fuerzas revolucionarias en el poder, cero bromear a su costa. El bufo es para el enemigo --parece decirnos. Todo respondía desde luego a una visión muy particular sobre el arte y los artistas. Qué pena, así derrotó su propio talento. Cuando, a base de mucho empujar, sus amigos americanos logran imponer Fresas y chocolate como finalista para el Oscar, lo vence nuevamente el discurso de procedencia soviética, un eslavo --¿exsoviético? Nikita Mikhalkov bate fácilmente con su Quemado por el sol a los pretenciosos que quisieron elevar a la categoría de asunto de interés universal las componendas de un mariconcito habanero. Fidel Castro no se da cuenta, pero es el final. Lo confirman sus bardos. El derecho incluso a la tragedia, está del lado de acá, entre sus enemigos, cada vez más numerosos. En Memorias del subdesarrollo, su mejor película, esta la mofa a Hemingway, claro, viene filtrada por Edmundo Desnoes y su ensayo de "El verano sangriento" y sobre todo por su incapacidad como artistas --la de los dos-- de meterse en la olla, la mofa sobre un tipo que decía que le guerra civil era la mejor guerra para un escritor. Con esos truenos no había Titón (ni Desnoes) que durmiera(n). Es lo que ocurre cuando esos niñitos salidos de las agencias de publicidad habaneras se enrolan en una revolución. Muy pocos aprenden a jugar al duro. En 1985 (circa) Treat Williams pasó por La Habana, pilotando su propio avión, y nos dio tarea, a Titón y a Fuentes. Había sucumbido a los encantos de nuestra isla embrujada y le urgía hacer un filme en el que un norteamericano se comprometía "en algo" con Cuba y los cubanos. Enseguida pensé que lo tenía, o Harry Reeve, el soldado del ejército libertador cubano, o cualquiera de los gringos que se habían alzado con el Ejército Rebelde. Titón también lo tenía. Flojito. Me entregó una copia del guión de Brief Encounter de David Lean y Noel Coward y me dijo, "esto es el cine, no ese ruido de ametralladoras que tú tanto añoras". Una tarde, mediados de los 80, me senté con Jack Lemmon en la mesa redonda del comedor de casa de Titón. Yo con Jack Lemmon. Desde luego que no encontré una sola palabra adecuada para expresarle mi admiración. Titón se metió en la cocina, comenzó a preparar un café y desde ese reducto hizo público, al menos para los oídos de Jack Lemmon, uno de los grandes pecados capitales que arrastra mi existencia. "Norberto es un fan de Elvis." Jack Lemmon se encogió de hombros y confesó: "Bueno, a mí también me gusta Elvis." Entonces me tocó mi turno delante del actor. "Claro", dije, "nadie es perfecto". Las cosas luego cambiaron. En vísperas de la huelga de hambre que supe emplear para lograr mi salida del país, me encontré con Titón en las vecindades de nuestras respectivas casas y lo vi fuerte y de buen color, y era una tarde rojiza y allí estaban las ruinas de las que fueron edificaciones en la desembocadura del río Alméndarez y había llovido aquella tarde y Titón venía de su pequeña caminata por los arrecifes y se me plantó delante y me dijo: ¿Y tú qué? Le dije que esperando. Y que me iba de todas maneras. --Es un error lo que están haciendo contigo --me dijo. --Oye, Titón. Donde quiera que yo vaya, donde quiera que esté, tú sabes que yo soy tu amigo. --Igual conmigo. Siempre puedes contar conmigo. Gracias, viejo. Ahora hay que explorar las nuevas circunstancias. Titón tuvo la gentileza una semana antes de morir de referirse a Guillermo Cabrera Infante. No me cabe la menor duda de que fue uno de sus tibios, dulces desafíos, quizá el último. Hablar de Cabrera Infante bajo las banderas del castrismo es un pecado de difícil absolución. Confesó que era el mejor escritor cubano vivo. Estamos de acuerdo. Totalmente. Pero lo dijo tarde. Mensajes como ese deben ser emitidos en la plenitud de las facultades, es decir, de los riesgos. Dejemos de guardarlo todo para la muerte. Mensajes de vida y no de muerte. Titón pudo proporcionarlos. Él como pocos. Como pocos son los grandes artistas. Titón en obituario. Cierto, nadie es perfecto. |