La guerra acecha en Taiwan

Adolfo Rivero Caro

La semana pasada, Wu Shu-chen, la primera dama de Taiwan (la República de China) visitó Washington. Fue la primera visita de una primera dama taiwanesa en 50 años. Esta extraordinaria mujer, tan bella como carismática, está confinada a una silla de ruedas desde 1985. Ella y su esposo, el presidente Chen-Shui-ban, disidentes políticos por aquel entonces, sufrieron un accidente que siempre han considerado como un intento de asesinato. En una conferencia en el American Enterprise Institute, la señora Wu subrayó que el ejercicio de la democracia y el papel desempeñado en la guerra contra el terrorismo le habían ganado a Taiwan un puesto en Naciones Unidas. Sus palabras fueron acogidas con una estruendosa ovación. Tras el fin de la guerra civil china en 1949, Estados Unidos consideró al gobierno de Taipei como el gobierno legítimo de China. No era una posición sostenible y, con el tiempo, la política de Estados Unidos hacia China se fue definiendo en tres pronunciamientos bilaterales: el Comunicado de Shanghai, hecho por Nixon y Chou-En-lai en 1972; el Comunicado de Normalización, hecho por Carter y Den Xiaoping en 1978, donde se anunciaba el establecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países, y el Comunicado del 17 de agosto de 1982 elaborado por Ronald Reagan y Deng Xiaping, donde se anunciaba que Estados Unidos ''intentaba reducir gradualmente su venta de armas a Taiwan'' aunque esta reducción estuviera condicionada ''absolutamente'' a que China mantuviera una política de ''solución pacífica'' de sus diferencias con Taiwan.

El problema, por supuesto, es que los comunistas nunca han sido amantes de la paz. En los últimos años, China no sólo ha realizado constantes ejercicios militares frente a Taiwan sino que ha incrementado su despliegue de misiles balísticos de corto alcance frente a la isla. Esa fuerza ha crecido de menos de 50 misiles en 1999 a entre 350 y 400 en la actualidad. En 1996, dejaron caer una lluvia de cohetes a pocas millas de Taiwan y el presidente Clinton tuvo que enviar dos portaaviones a la región. Infortunadamente, también envió una carta secreta al presidente Jiang Zemin exponiendo, por primera vez, la llamada política de ''los tres no''. No a la política de dos Chinas, no a la independencia de Taiwan y no a la participación de Taiwan en Naciones Unidas. Fue entonces que el presidente Lee-Teng-hui planteó la política de ''dos Chinas'' que definía las relaciones entre China y Taiwan como relaciones de nación a nación o, al menos, de estado a estado, y no como relaciones internas dentro de ``una China''.

Su sucesor, el actual presidente Chen-shi-ban, es conocido como un ardiente independentista. Para no provocar irritaciones innecesarias, evita calificar las relaciones de ''estado a estado'', pero ha planteado claramente que ``la República de China ha sido una nación soberana e independiente desde 1912... La República de China en Taiwan existe, y es un país plenamente funcional''.

Estados Unidos, por supuesto, quiere relaciones normales con la China comunista. Como sabemos, desde la muerte de Mao Tse-tung en 1976, el sistema económico chino se ha liberalizado sustancialmente. Recientemente, China ha ingresado en la Organización Mundial del Comercio. Las grandes empresas industriales chinas, sin embargo, se mantienen en poder del estado. Estas empresas emplean a dos tercios de los 170 millones de trabajadores urbanos de China, aunque representan menos de un tercio de la producción total. La mayoría de ellas pierde dinero y carece de competitividad. Es necesario privatizarlas. El desarrollo económico de China depende del mantenimiento y profundización de sus reformas capitalistas. Esto, sin embargo, eleva momentáneamente el desempleo y apareja considerables tensiones sociales.

En el interior del país, por su parte, se multiplican las rebeliones campesinas contra la corrupción y los excesivos impuestos. Estos son los problemas que abordará este mes el Decimosexto Congreso del Partido Comunista, donde asumirá el poder una generación de dirigentes más jóvenes y sin experiencia de conflictos bélicos.

Cuando Estados Unidos está absorto en la eventual guerra contra Irak, cuando el triunfo de Lula en Brasil resquebraja la retaguardia estratégica americana, existe el peligro de que los dirigentes chinos pretendan sofocar sus tensiones internas lanzándose a una agresión contra Taiwan. En una entrevista en la Cadena ABC News el 25 de abril del 2001 le preguntaron al presidente Bush ''si Taiwan fuera atacado por China, ¿tenemos la obligación de defender a los taiwaneses?'' ''Sí, sí la tenemos'', respondió Bush ''y los chinos tiene que comprender eso''. Ojalá lo comprendan, pero el peligro es real y enorme.

Taiwan es una potencia económica interesada en cultivar sus relaciones con América Latina. Multiplicar los vínculos con Taiwan significa fortalecer las fuerzas de la libertad y la democracia. Son nuestros socios y aliados naturales, como insiste John C. Chen, director general de la Oficina Económica y Cultural de Taipei en Miami. La primera dama de Taiwan tiene razón: su país se merece un lugar en Naciones Unidas. Como también se merece la admiración y la solidaridad de todos los amantes de la libertad.