II

Ciertos recuerdos de mi juventud me hacen pensar que mi historia como disidente no comenzó en 1986 o en marzo de 1987, cuando contraje matrimonio por segunda vez con el padre de mi hijo, preso plantado en la prisión de Boniato (1). En un poema que abre el libro "Todos me van a tener que oír", publicado por la Unión de Escritores en 1970, lo dejé dicho públicamente:

Un día de estos me convierto en piedra

y digo a romper todos los cristales de las farmacias

y desaparezco porque no estoy de acuerdo

con muchas cosas

un día tú verás que comienzo a escribir poesía

y todos me van a tener que oír.

Pero, ¿acaso no soy ya una disidente cuando envío cartas de protesta en 1965 a altos dirigentes del gobierno quejándome de la existencia de la UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) y de los tratos que daban a los homosexuales ingresados allí por la fuerza? (2) En esos momentos yo trabajaba como reportera en la revista de los Comités de Defensa de la Revolución. A todas mis cartas solamente respondió el primer teniente Delfín Tamayo Quesada, tres o cuatro meses después de ser investigada por el antiguo G-2 como sospechosa de realizar actividades disidentes, fecha en que se me abrió un expediente en ese órgano represivo sólo a causa de las cartas (3).

La UMAP desapareció poco después, cuando iban a ser enviados para realizar trabajo forzosos los renombrados artistas plásticos René Portocarrero, Milián (4) y Servando Cabrera Moreno. Sólo la intervención de Haydée Santamaría, directora de la Casa de las Américas, pudo evitarlo. El cantautor Pablo Milanés también estuvo preso allí, tal vez por su peinado a la moda (5).

Tamayo fue destituido como militar. Se convirtió en el chivo expiatorio de tan horrendo proyecto llevado a cabo por orden del alto mando de la revolución. Había sido un alto dirigente. Años después tuvimos amistad y fue quien me dijo que él mismo había dado la orden que me investigaran.

El 20 de octubre la policía política arremetió contra algunos miembros del Partido que en representación de la Asociación Pro Arte Libre, realizaron un sencillo acto público en la cárcel de José Martí, en La Habana Vieja (6).

Mi primera reacción fue de incomodidad. Como responsable del Partido no orientaba actividades en la vía pública. Ni siquiera la iglesia católica en varias décadas ha podido continuar con la tradición de las procesiones o pases solemnes en honor a los santos. La calle, como todo, es de Fidel.

La Asociación Pro Arte Libre (7) había sido fundada por un joven escritor, Armando Araya, y la periodista de la Agencia ANSA Rita Fleites, hija de un abogado que formó parte también de la Microfracción. Era el día de la Cultura Nacional. Aida Valdés Santana, coordinadora del Partido, había sido invitada al acto y era quien llevaba un sencillo ramo de flores a Martí. Armando escribió una cuartilla sobre la libertad de expresión que no pudo terminar de leer en la puerta de la vieja prisión. Como de antemano había invitado a algunos de los corresponsales de prensa acreditados en La Habana, también la policía política recibió noticia. Estos fueron los primeros en llegar, vestidos de civil y acompañados de varios cederistas y militantes de la zona orientados a dar golpes a personas pacíficas.

Un total de sesenta se lanzaron contra los dos activistas, de los cuales tres eran mujeres. Las flores fueron pisoteadas en el piso y el escrito de Armando desapareció de sus manos como por arte de magia. Aida, Rita, Armando, Vladimir García y Secundino Hernández fueron conducidos a una estación de policía cercana a la Terminal de Trenes, donde permanecieron varios días, para ser condenados a un año de prisión por el delito de escándalo público en un juicio a puertas cerradas.

La nota de prensa que publicó el Granma no pudo ser más cínica. En ningún momento los doce integrantes de la APAL hicieron demostraciones que llamaran la atención; los que crearon el desorden fueron policías vestidos de civil golpeando a los activistas y pisoteando las flores. Además, no eran tan jóvenes como dice la nota, sino robustos y expertos karatecas. Tampoco hubo una repulsa popular. Eso hubiera querido el régimen. O sea, que los agentes de la autoridad no intervinieron para restablecer el orden, sino que fueron quienes provocaron el desorden.

Todo fue contemplado desde lejos por los periodistas extranjeros, por Asnarez, de la EFE, por Rosenthal, de la France Press y por el periodista de la Agencia Reuters (8).

La APAL fue la primera asociación que se creó al calor del Comité Cubano Pro Derechos Humanos. Luego surgieron otras. Casi todas integradas por pocas personas, pero, ¿qué margen daba el gobierno para más? No sólo no se legalizaban oficialmente sino que además eran reprimidos y amenazados sus creadores. No obstante comenzaron a destacarse personas que aún hoy gozan de gran prestigio como disidentes. Me refiero a Elizardo Sánchez Santa Cruz, a Gustavo Arcos Bergnes, a Osvaldo Payá Sardiñas y tantos otros. La lista de nombres es interminable, todos víctimas del sistema. Por sólo citar un nombre digamos que Sebastián Arcos murió a consecuencia de la falta de atención médica que sufrió en su última prisión como disidente y defensor de los Derechos Humanos.

A finales de septiembre de 1988 el Partido Pro Derechos Humanos de Cuba contaba con un voluminoso archivo: las planillas de los miembros con sus nombres y direcciones, denuncias de violaciones ofrecidas por las propias víctimas, notas de prensa, cartas, decenas de documentos donde se explicaba al mundo el objetivo fundamental de esta organización masiva llamada Partido para agrupar a los cientos de personas que se presentaron ante los miembros del Comité Cubano Pro Derechos Humanos cuando fue atacado y difamado en la prensa de Cuba.

Rolando Cartaya tenía razón: "el partido era el único en el mundo con esas características". Y algo más: ¿cuándo ha surgido en la historia de la humanidad un partido que antes de constituirse ya contara con una membresía de cientos de personas dispuestas a defender los Derechos Humanos de su país? ¿Sería esto lo que más enojó a Castro, la originalidad del partido, la responsabilidad que él mismo tuvo en parte para su creación al cometer el error de hacerle propaganda a Bofill y su grupo de disidentes? (9) ¿Se habrá lamentado Castro alguna vez de no habérsele ocurrido ese nombre para su partido? (10) Esto lo comenté en una ocasión con Elida Tejeda, ex presa política y miembro ejecutivo del Partido. Con su rostro sereno y su voz cálida, expresó:

-Una persona que le interesa tanto la guerra no piensa en las libertades del hombre. Nunca se le hubiera ocurrido.

-¿No le ves nada bueno? -le pregunté.

Me respondió con otra pregunta:

-¿A Fidel?

-Sí -dije-, a Fidel. ¿No le ves nada bueno?

Elida se quedó pensativa unos instantes. Movía la cabeza de un lado a otro, como pensando. Luego respondió:

-Que pertenece al género humano.

-Entonces ha de tener cosas buenas. Ningún hombre es malo del todo -agregué.

Más tarde me puse a pensar en las cosas buenas de algunos dictadores. Dicen que Hitler era muy amoroso con las amantes, que Stalin fue buen esposo, que Pinochet es amigo de sus amigos...

Pensando en todo esto me trasladé al mundo de los sueños. Aquella noche soñé que la revolución y Fidel se desplomaban como un castillo de naipes, que todos los hombres de mi país eran libres.

Una mañana de noviembre llamé por teléfono a Samuel al Policlínico para que no dejara de venir a casa por la tarde. Nuestro asesor jurídico, el doctor Félix Fleitas, me había trasladado la idea de pedir un plebiscito a nombre del Partido. Sin pensarlo mucho acepté la idea. ¿Por qué Cuba tiene que continuar con mala suerte de tener malos gobiernos? Unos robaban, otros permanecían en el poder por tiempo indefinido sin permitir al pueblo las más fundamentales libertades.

Sí, un plebiscito era lo más idóneo que pudiera solicitar nuestro Partido. Recientemente se había hecho en Chile, y para sorpresa de Pinochet, el pueblo dijo sí a la democracia.

Al día siguiente ya Samuel había confeccionado una Declaración donde se plasmaba la solicitud del Plebiscito con el objetivo de que fuera el mismo pueblo cubano quien eligiera su propio destino y, sobre todo, ante el deplorable estado de violaciones a los Derechos Humanos que imperaba en el país.

La "Declaración" comenzaba diciendo que "treinta años de revolución socialista, de fusilamientos de varios miles de opositores políticos al sistema, de arrestos arbitrarios, de trato cruel y degradante a los prisioneros, de arrestos arbitrarios, de persecución política y continua vigilancia a todos los ciudadanos que disienten de la línea oficial del gobierno, de supresión total de las principales libertades civiles tales como: la libertad de expresión, de movimiento, de asociación pacífica y de culto religioso, es más que suficiente para que se haga un cuestionamiento definitivo del curso que ha se seguir nuestro país en lo adelante".

En otro de sus párrafos decía: "el Partido Pro Derechos Humanos de Cuba, consecuente con los postulados del Apóstol de la Patria de que la primera ley de la República sea el culto de los cubanos a plena dignidad del hombre, consecuente con la idiosincrasia y anhelos de sus hijos, llama al pueblo de Cuba, a la opinión pública internacional, a todos las sociedades democráticas y hombres honestos del mundo para que soliciten al gobierno cubano la celebración de un PLEBISCITO similar al que recientemente tuvo lugar en Chile".

Más adelante continúa explicando sus aspectos.

El documento fue firmado por Samuel, el doctor Llabre y por mí el 6 de noviembre de 1988 (11). En este acto que seguramente desataría la ira de Castro, no quisimos que nadie más lo firmara.

La noticia se divulgó por el mundo entero, pero la prensa cubana, como era de esperar, hizo mutis por el foro izquierdo.

De inmediato comenzamos a sentir las represalias. En el caso de Samuel, su hermana fue presionada para que lo despojara del auto propiedad de ella y así lograr que se desplazara a pie como médico. Pablo Llabre fue enviado al exilio, desterrado, y a mí me ocurrió lo peor: vi a mi hijo golpeado por la policía política, algo que nunca había previsto ya que él nada tenía que ver con nuestro trabajo. Lo explico a continuación.

Aquella mañana me levanté muy temprano. Tenía cita con mi novio, preso plantado hacía más de veinte años por la libertad de Cuba. Preparé todo lo que iba a llevar al Combinado del Este, prisión donde estaba: libros, revistas, papel para escribir, bolígrafos, algunas golosinas y, sobre todo, cartas de amigos que llevaba ocultas en mi cuerpo.

Al llegar a la entrada de la prisión pude percatarme de que algo raro ocurría. Apenas había familiares de los presos. Era el día de visita de los plantados, que sumaban más de cien. Pensé que nos habíamos equivocado de hora y consulté el telegrama de citación. En la mesa donde daban una tarjeta para entrar, me observaba de pie un militar con grados de mayor. Mi hijo estaba junto a mí. Tenía entonces veintiséis años, su esposa Aimée de veinte, y mi padre de setenta. Cuando entregamos los telegramas al teniente Vera, el mayor me dijo que yo no podía entrar.

Discutimos con respeto. Yo exigía una explicación.

-¿Acaso Ernesto está en Huelga de hambre?

-No -fue la repuesta del mayor.

-¿Entonces por qué no puedo entrar si estoy citada? Mire el telegrama.

-Es una orden de mis superiores.

-¿De quién, de Fidel Castro? -dije perdiendo mis cabales.

El mayor se puso rojo como un tomate y me agarró por una brazo para sacarme de allí, casi gritando.

-Se tiene que ir, carajo. Y si no se va me la llevo presa.

-Pues ya me está llevando, cobarde. ¿Es así como trata a las mujeres?

A partir de ese momento no pude precisar los detalles.

Mi hijo trató de zafarme de los brazos del mayor. Ambos comenzaron a golpearme. Mi nuera se desmayó del susto, porque de pronto la vi echada hacia atrás en uno de los asientos. Mi padre se alejó, cauteloso como era siempre. Las personas de aspecto normal que nos rodeaban comenzaron a golpearme. Eran unos cuarenta más o menos. Recuerdo el rostro de mi hijo, despeinado, lleno de arañazos. Yo sentí un montón de manos que chocaban con mi cuerpo, derribada en el piso, cuando entre dos oficiales me levantaron y me introdujeron en un jeep. Apenas podía respirar. No supe en aquellos momentos si el dolor que experimentaba era por los puñetazos o por la impotencia de no poder hacer nada, de no haber podido entrar al Combinado y tener mi visita.

-Ustedes son unos cobardes. Esto lo han hecho por el plebiscito que ha pedido mi Partido.

Los militares me miraron con gran odio y me ordenaron que me callara.

-Mi hijo y mi nuera no tienen nada que ver con mi trabajo del Partido -insistí inútilmente.

El jeep arrancó rápidamente. Mi nuera estaba a mi lado, atendiendo los golpes que mi hijo tenía en su cuerpo. Toda su cara estaba desgarrada. Yo había perdido un zapato, el maletín que llevaba a Ernesto, mi cartera.

En aquellos momentos no sabía qué rumbo llevábamos, mucho menos que aquel día era mi último día de libertad.

Hoy, al cabo de diez años, tengo siempre la extraña sensación cuando salgo de casa que algo así va a ocurrirme de nuevo.

Antes de anochecer estábamos en el Tribunal Municipal de Guanabacoa, en una pequeña sala compuesta de unos diez bancos de madera y al frente una mesa con unas sillas al fondo y cuatro hombres sentados en ella. Nunca supe si se trataba de magistrados realmente o de policías disfrazados. Sus máscaras, graves, nerviosas, jamás podré olvidarlas.

¿Cuándo se ha visto que el tribunal esté más alterado que los acusados?

Sin familiares ni amigos, sin abogado defensor, comenzó aquel espectáculo en el participaron siete personas sin contar los dos militares que se sentaron al fondo cuidando que no escapáramos.

-¿Y esto qué es? -pregunté irónica. El juicio de la APAL había sido por el estilo.

-¿No lo sabe? -preguntó uno de los cuatro actores principales sin mirarnos fijamente a los ojos.

-Me lo imagino, aunque no han tenido la delicadeza...

Otro de los cuatro me interrumpió. Yo debía hablar solamente cuando me lo ordenaran y de pie.

Fuimos acusados de escándalo público. De nada valió que dijera cuánta falsedad había en esa acusación. Fui mandada a callar varias veces. También a mi hijo le ordenaron silencio más de una vez, y a mi nuera.

-¿Tiene algo más que alegar? -me preguntó el fiscal.

-Muchísimo. El escándalo público que yo provoqué fue pedir un Plebiscito a nombre del Partido Pro Derechos Humanos de Cuba. ¿Es que no lo saben ustedes?

-Ustedes están acusados de provocar un escándalo público en la puerta del Combinado del Este, un centro...

-Eso es falso. Los que provocaron el desorden público y nos golpearon fueron militares vestidos de civil...

-Cállese o será acusada también de desacato al tribunal.

Aquella noche fui condenada a un año de prisión. Mi hijo, por defenderme, debía cumplir tres meses también de prisión y mi nuera un mes sólo por desmayarse.

¿Cuántos juicios han ocurrido en Cuba de esta misma forma? ¿Cuándo podremos saber cuántos hombres y mujeres han estado en las cárceles de Castro?

Nos vamos a horrorizar cuando conozcamos esas cifras.

Todo ocurrió el mismo día. A las nueve de la noche me entregaron el uniforme azul oscuro y me condujeron, sin comer, a una celda. Ninguno de los tres habíamos comido ese día.

Mi compañera de celda era una joven, alta y un poco bonita. Me brindó de sus pertenencias pasta de dientes, peine, y me consolaba diciéndome que no temiera porque nada me iba a pasar. Yo le había contado todo lo sucedido ese día. Después supe que se había acogido al plan de reeducación. Trabajaba en la fábrica, hacía trabajo voluntario, guardias. O sea, era una reclusa de buena conducta. ¿Su causa? Había matado a su única hija de seis años.

Cuando supe esto apenas podía dormir. Sentí miedo. Lo confieso. A veces, cuando se quedaba dormida, me ponía observarla. ¿Y si le daba por hacer lo mismo conmigo? (12).

En la primera oportunidad que la reeducadora me mandó a llamar a su oficina le pedí que me cambiara de celda. Luego le hice saber que no quería visitas. No podía permitir que mis hijas, que se habían quedado solas en la casa, Gretel de 14 y Maricarmen de 19, hicieran un viaje tan largo sólo para verme.

Ese mismo día me trasladaron no sólo de celda, sino también de pasillo. A partir de ese momento siempre estuve en la celda 2104. Era visitada con mucha frecuencia por la reclusas interesadas en tener amistad con "la mujer de los Derechos Humanos". Ese fue mi apodo.

Muchas de ellas fueron más tarde las que integraron una delegación del PPDHC. Fuimos 17 en total, muchas de ellas muy jóvenes. Nuestro trabajo consistía en mantenernos vigilantes ante cualquier violación con el fin de denunciarla a la ONU y estudiar la Carta Universal.

Uno de los miembros ejecutivos del Partido había logrado establecer comunicación conmigo de forma semanal. Así supe que el Partido continuaba su trabajo cada vez más digno gracias a Samuel. Comencé a recibir notas de prensa del exilio, revistas, cartas de Ernesto extraídas clandestinamente del Combinado y de muchos amigos. ¡Hasta un pequeño radio tuve durante meses! Escondido, claro. En ocasiones ocurrían cosas simpáticas que debo mencionar. Por ejemplo, las noticias que escuchaba por la emisora Radio Martí al día siguiente yo las repetía las compañeras del Partido. Estas, algo sorprendidas, me preguntaban:

-¿Y cómo estás enterada de lo que dice Radio Martí?

-Es que estoy recibiendo correspondencia de afuera.

Me miraban incrédulas.

-¿Acaso eres adivina? -me preguntó otra.

Gladys García era la única que conocía de la existencia del radiecito. Además, yo no era la única que trasladaba las noticias de Radio Martí. La fábrica textil de la Prisión contaba con muchas obreras que eran ex reclusas y otras que se mantenían en libertad condicional. Todos vivían en su casa y trabajaban ocho o más horas en la prisión, ganado un salario de acuerdo a su producción. Ellas traían también las noticias de esa Emisora que desde entonces escuchaba una mayoría en Cuba.

En algunas ocasiones creo haber enviado alguna denuncia de violaciones en la Prisión, pero no creo que fuera de gran importancia. Lo peor había pasado ya.

-¿Por qué ya pasó lo peor? -pregunté a una reclusa casi anciana.

-Antes de Valladares no teníamos ni televisión en los pasillos. La comida era más mala que ahora y las celdas de castigo estaban llenas.

Esa frase de antes de Valladares era muy común en la prisión. Sin duda alguna que la situación de los reclusos mejoró después de las denuncias de Armando Valladares en las Naciones Unidas (13). Y eso que, según la prensa cubana, se trataba de un esbirro de Batista, un agente de la CIA (14) y no sé cuántas cosas más.

En la prisión "Mujeres del Occidente" había muchas reclusas trastornadas síquicamente a consecuencia de las celdas de castigo, celdas muy pequeñas, sin luz, sin cama, completamente aisladas y alguna de ellas muy jóvenes todavía, donde permanecían durante meses.

¡Cuánta pena sentí por todas! ¿Qué integración social tendrían, obtenida la libertad, estando llenas de cicatrices por heridas que ellas mismas se infligían sólo para salir de las celdas de castigos, aunque fuera por espacio de unas horas?

No puedo pensar en esas mujeres sin que una angustia me oprima el corazón. Allí fue donde pude valorar el sacrificio y la valentía de los presos políticos plantados, sobreviviendo en celdas de castigo durante años, sin visitas de familiares, sin cartas, en una soledad capaz de volver loco a cualquiera.

También después de Valladares los plantados fueron trasladados a La Habana, mejorando un poco sus condiciones de vida. Fue allí mismo en el Combinado del Este donde Ernesto Díaz, mi novio valiente, había descubierto unos micrófonos más pequeños que una uña escondidos en las lámparas eléctricas del techo. Una noche los recibí, envueltos en una balita (15) que un gran trabajo me costó abrir. Esa misma noche Bofill los tuvo en sus manos y pocos días después Valladares los presentó ante las Naciones Unidas como prueba irrefutable de que ni los presos en una celda, tenían privacidad en Cuba.

A veces, en mi celda, me quedaba contemplando mi lámpara de luz fría. ¡Quién sabe si allí también estaba escondido un micrófono! ¿No es un grave delito defender en Cuba los Derechos Humanos?

Las reclusas que pertenecían a la Delegación del Partido escuchaban mis historias con mucho interés, y la anécdota de los micrófonos "confiscados" por los plantados se hizo muy popular.

Creo que las mujeres se adaptan mucho menos a la prisión que los hombres, tal vez porque el temperamento del hombre es menos nervioso. Hay excepciones, claro. Nunca olvidaré la impresión que recibí cuando me enfrenté por primera vez a aquél conglomerado de hombres casi todos viejos que componían la Prisión Política de los Plantados. Eran casi doscientos en total, vestidos en pijamas pues durante largos años se habían negado a usar el uniforme de preso común. Si alguna vez sentí un odio muy profundo por este régimen, fue aquella mañana de julio de 1987 cuando los conocí. ¡Cuánto valor tenían esos hombres, cuánta y dignidad!

A partir de aquel mismo momento dediqué todo el tiempo de mi vida para poner mis granitos de arena en lograr su libertad. Estaba segura de que cualquiera de las causas políticas de aquellos hombres no podía ser tan grave como desatar una masacre de hombres en el asalto a un cuartel militar. Y pensar que Fidel Castro cumplió dos años de cárcel y los plantados llevaban casi todos treinta años en peores condiciones carcelarias (16).

Para conocer en toda su profundidad esta larga historia debe leerse "Rehenes de Castro", cuyo autor, el poeta Ernesto Díaz Rodríguez, siendo uno de sus protagonistas principales.

El último recuerdo que tengo de la prisión fueron los brazos de mis compañeras, por fuerza de los barrotes, diciéndome adiós. Se cumplía el plazo de mi sanción. Fue mi primer día de libertad.

Sin embargo no fui directamente a mi casa, sino que hice antes una visita a la Seguridad del Estado, custodiada por dos militares y aún con mi uniforme de presa. Allí me condujeron a un despacho donde me advirtió un hombre vestido de civil que si continuaba con las labores del Partido volvería a la prisión.

-Entonces no me den la libertad -respondí muy molesta.

-Podemos hacerlo -me aclaró.

-¿Esto es una amenaza? -pregunté.

-Una advertencia, Tania.

-Yo no voy a abandonar el Partido -dije.

Aquel hombre se levantó muy irritado y abrió una puerta. Entró un militar y me ordenó que saliera. Recorrí los mismo pasadizos laberínticos de ese siniestro lugar y volvieran a llevarme, en el mismo carro, ahora con otros custodios, a la Prisión de Mujeres, donde me esperaban en la entrada principal, en la carretera, mis hijas y varios compañeros miembros del Ejecutivo del Partido. Mi hijo Vladimir, su esposa y mi padre estaban ya en el exilio desde hacía algunos meses y en la Prisión Histórica de los Plantados sólo quedaban Mario Chanes de Armas y Ernesto Díaz Rodríguez por caprichos de Castro.

Como si no hubiera transcurrido un año, casi todas las mismas personas que habían trabajado conmigo en las labores del Partido se encontraban allí de nuevo. La puerta de la casa volvía a permanecer abierta y mi máquina de escribir reanudó su movimiento.

El Partido continuaba. Nunca había dejado de hacerlo. Era mucho mayor nuestro coraje que el terror impuesto por el régimen con el objetivo de evitar una democratización en el país, única forma para frenar el deterioro económico y moral que sufría la isla.

Samuel Martínez Lara aún estaba preso en Agüica, Matanzas. Yo me sentía muy rara sin él. Me daba la impresión de que a cada momento iba a entrar por la puerta con su dinamismo y entusiasmo.

Cecilia, la ingeniera, fue quien más me acompañó en aquellos tres meses de trabajo. También Elida Tejeda, Caridad leal, Eduardo Hoyos, su esposa Gladys, Hemérita Herejalde, Mario Remedios, Pagés, Pablo Roberto Pupo, el joven Flores y muchos más. Estaban allí demostrando su valor, su amor por los Derechos Humanos.

Unos días después pude saber que todos los documentos que enviábamos desde el presidio habían sido publicados. El primero fue firmado por la periodista Rita Fleites y Lidia González, miembros ejecutivos y presas allí también, en el mismo piso donde estaba. El escrito decía así:

"Se organiza en prisiones cubanas el Partido Pro Derechos Humanos de Cuba. Por primera vez en la historia de nuestro país numerosos activistas por los Derechos Humanos que integran el Secretariado y parte de la Comisión Ejecutiva del Partido Pro Derechos Humanos de Cuba han hecho contacto con el fin de organizar dicho Partido en las cárceles de Castro.

"El gobierno cubano se ha empeñado en hacer desaparecer a nuestro Partido, encarcelando a sus activistas más destacados. Sin embargo, no tememos a sus venganzas políticas, baja y ruines, puesto que nos sobra buena voluntad y coraje. Nuestro Partido no aspira al poder ni a ocupar cargos públicos, sino a que, junto a sus diez mil miembros, logre proponer leyes o enmiendas de leyes a la Asamblea Nacional del Poder Popular, con el fin de que se cumpla en nuestro país la Declaración Universal de Derechos del Hombre.

"Cada una de las celdas donde vivimos encerradas como criminales peligrosos, se ha convertido en una trinchera inexpugnable de lucha. Orgullosos nos sentimos de representar la vanguardia de los Derechos Humanos en un país donde no sólo no se respeta la Declaración Universal, sino que además se encarcela a los que exigen su cumplimiento".

Otro de los documentos que elaboramos en la prisión fue escrito con motivo del 20 de julio, fecha en que el Partido cumplía su primer aniversario. Este artículo se tituló "Nuestro Partido Pro Derechos Humanos de Cuba: justo, certero y necesario". Llevaba en su encabezamiento un exergo del poeta Ernesto Díaz que decía: "La prisión también es parte de la felicidad si uno es capaz de encontrarla en la paz de su conciencia".

Este material, también publicado en su totalidad en el exilio, decía: "Este próximo 20 de julio nuestro Partido Pro Derechos Humanos de Cuba cumple un año de constituido. A partir de ese mismo día el gobierno cubano, encabezado desde hace tres décadas por un solo partido, se dio a la tarea de aplastar con su bota militar este nuevo brote de democracia en nuestro país.

"Es necesario destacar que esas medidas represivas se desataron a lo largo del pasado año y parte de éste, precisamente en el marco de una lucha frontal librada por todos los cubanos, dentro y fuera del país, y que sólo tiene como objetivo hacer que se respete y se cumpla cada uno de los treinta artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Esta Declaración, como lo hicimos saber siempre, es el único programa de nuestro Partido..."

Para mí fue de gran satisfacción, repito, tener sobre mi buró, después de un año de prisión, cada uno de los escritos que hicimos, impresos en la prensa del exilio y en especial por la revista Siglo XXI del Comité Cubano Pro Derechos Humanos, dirigida por Ricardo Bofill. En su número 3, por ejemplo, también aparecía la Declaración del PPDHC de 1988, escrita por Samuel, donde pedíamos el Plebiscito.

También seguramente Samuel estaba cumpliendo prisión por esa razón y no por su intento de organizar un grupo de actividades frente a la embajada rusa pidiendo respeto a los Derechos Humanos (17).

Solicitar un Plebiscito nos costó, es cierto, largos meses de cárcel pero, ¿cuánto costará a Fidel Castro para la historia no haberlo hecho en cuarenta años? ¿Acaso la ira que sintió al conocer nuestra petición no le permitió comprender nuestro derecho de hacer esa solicitud de forma pública? ¿No está reflejado ese derecho en le artículo 19 de la Carta Universal de las Naciones Unidas? ¿O es que acaso el poder bloquea tanto la mente de peor "víctima" que éste se encuentra incapacitado para analizar con objetividad sus propios errores? ¿A qué se reduce un hombre en el poder, sobre todo si su poder se prolonga por casi medio siglo?

En cierta ocasión varios compañeros del Partido me censuraron que yo no haya querido solicitar mi excarcelación en el tiempo fijado por la ley. Entre todos habían tenido la gentileza de pagar a un abogado para que tramitara mi libertad condicional.

-Nosotros te necesitábamos -me dijo Cecilia, como reproche-. Tus hijitas también.

-En todo momento pensaba en ellas, te lo aseguro. En ustedes también.

Estoy seguro de que tanto a Cecilia como a los demás, en aquellos momentos, mi razón los convenció. Solicitar la libertad condicional es claudicar, es rendirse. Les conté, por ejemplo, que la dirección de la prisión tenía un verdadero interés en que yo solicitara esa libertad humillante.

Antes de que me condujeran a una entrevista con el abogado que tramitaría ese especie de "libertad", Ivonne, la directora, trató de granjearse mi amistad ofreciéndome su ayuda para volver al periodismo. Ella personalmente se esforzó muchas veces para que yo renunciara al Partido, a la lucha de los Derechos Humanos. Nos enfrascábamos en largas discusiones ideológicas y terminaba invitándome a una exquisita comida en la misma mesa de su despacho, una comida propia de un restaurante de lujo.

Con el abogado sólo hablé lo necesario para decirle que yo no aceptaba la libertad condicional. Al marcharme de aquella oficina sentí mucha pena por los compañeros del Partido que tanto esfuerzo habían hecho para tenerme cuanto antes a su lado.

Sencillamente, todo era cuestión de tiempo. Había que esperar.

NOTAS

1. Prisión de Boniato, enclavada en la región oriental de Cuba donde tradicionalmente la dictadura confinó a los prisioneros políticos. Famosa por la crueldad de su régimen penal.

2. En realidad en la UMAP no fueron recluidos sólo homosexuales. Se trató de una operación general de recogida de opositores o descontentos con la dictadura. Por esos campos de concentración pasaron desde religiosos hasta simples obreros, incluyendo a jóvenes cuyo único delito era que les gustaba la música de los Beatles. Por supuesto, también fueron reprimidos los homosexuales y los artistas e intelectuales díscolos. Para encontrar más información sobre este tema puede consultarse "Mea Cuba", de Guillermo Cabrera Infante, "Necesidad de Libertad", de Reinaldo Arenas, y el filme "Conducta impropia".

3. Nota ilegible de Tania en el original.

4. Se refiere al pintor cubano Raúl Milián.

5. De acuerdo a testimonios de varios ex confinados de la UMAP que hicieron declaraciones en mi programa "Tus derechos, cubano", de Radio Martí, Pablo Milanés compuso una canción titulada "Tres pelos de alambres de púa", que hace referencia a la vida en esos campos de concentración.

6. Se refiere a la celda donde estuvo preso José Martí -durante varios meses entre 1869 y 1870-, único resto que permanece en pie de la cárcel construida por el coronel de ingenieros Manuel Pastor y por orden del capitán general Miguel Tacón, emitida en 1834.

7. Conocida por sus siglas APAL.

8. Se refiere a Jesús Aznares, de EFE, a Bertrand Rosenthal de France Press, y a John Trequesser, de Reuters.

9. En realidad, la opinión pública tomó partido a favor de los activistas que aparecían como ciudadanos acosados en los programas de televisión realizados por los órganos de Seguridad del Estado. Según versiones, la serie televisada tenía cinco programas, y la dictadura tuvo que cancelar los dos finales reduciéndola a tres. Si se observan los tres programas que salieron al aire, se nota que el tercero está editado, con cortes en el guión y conclusiones apresuradas.

10. Es irónico pensar que, años más tarde y después de todo, Castro no resistió la tentación de robarse el nombre y calificó su partido, durante un discurso público, como el "Partido de los trabajadores y los Derechos Humanos".

11. El escritor Reinaldo Arenas, con la misma estrategia, hizo una carta pública pidiendo a Castro la realización de un plebiscito. La carta fue fechada en París el 20 de diciembre de 1988 y la firmaron varios premios Nobel.

12. Es una táctica tradicional de la dictadura confinar en las mismas celdas a los presos políticos y los comunes, con la finalidad de denigrar a los primeros y de usar a los segundos como una fuerza colaboradora de las autoridades penitenciarias. Hay que señalar que sólo una minoría de los presos comunes se presta para semejante bajeza. Esta táctica de mezclar las dos categorías de delitos se hizo ley con el cambio de Código Penal de 1979, gracias al cual muchas figuras políticas pasaron abiertamente a formar parte de los delitos de carácter común.

13. Debido a las denuncias del ex preso político Armando Valladares, embajador de Estados Unidos ante la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, y a la campaña que desplegó el Comité Cubano Pro Derechos Humanos exigiendo que dicha comisión visitara Cuba, la dictadura, poco antes de la llegada de los funcionarios de la ONU en 1988, mejoró transitoriamente las condiciones de la prisión y, sobre todo, estableció cárceles modelo para mostrarlas a los visitantes. De ahí que muchos prisioneros conocieran las mejoras por el nombre de "plan Valladares".

14. Ver Apéndice # 4.

15. Se conoce por "balita" los documentos sacados de la cárcel por los prisioneros políticos. Es un papel de china, escrito por ambas caras en letras diminutas y luego doblado hasta quedar reducido a su mínima expresión para poder sacarlo al exterior de los penales oculto en el cuerpo de los visitantes.

16. Para conocer la vida que Fidel Castro llevó en prisión, después del asalto al cuartel Moncada el 26 de Julio de 1953, se puede consultar el libro "La prisión fecunda", publicado por la dictadura, donde se describen las comidas de Castro -confeccionadas por él mismo con los ingredientes traídos del exterior del penal- y que solía terminarlas con un habano H-Upman número 4.

17- Samuel Martínez e Hiram Abí Cobas Núñez, entre otros, planeaban realizar una manifestación frente la embajada de la Unión Soviética durante la visita de Mijail Gorbachov a Cuba, con la finalidad de apoyar la política de la Perestroika y su instauración en la isla.