Oscar  Elías  Biscet  y  la  Resistencia  en  Cuba

Néstor Carbonell Cortina – diciembre 18, 2002

Decía Martí, maestro como Séneca en el arte de enmarcar conceptos con rotundas máximas y sentencias, que “en el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz.  Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres.”  Esta atinada referencia a hombres decorosos incluye, desde luego, a mujeres virtuosas, que inspiran, engalanan y ennoblecen la especie humana.

Desde que la vileza totalitaria se enseñoreó de Cuba en 1959, degradando con la mentira y el terror a gran parte de la población, no han faltado ciudadanos ejemplares que han más que compensado, con su integridad y valor, la claudicación de muchos.  Basta recordar, entre los mártires de la clandestinidad que murieron fusilados sin plegar sus ideales de Dios, Patria y Libertad, a Virgilio Campanería, Alberto Tapia Ruano, Rafael Díaz, Rogelio González Corzo, Humberto Sorí Marín, Domingo Trueba, Manuel Puig Miyar, y tantos otros.

Entre los gallardos combatientes que empuñaron las armas para tratar de rescatar a Cuba de la tiranía comunista, figuraron en primera línea los expedicionarios de Girón y los alzados del Escambray.  Y al hablar de combatientes, no podemos olvidar a los intrépidos Comandos de la Libertad, entre los cuales descolló un gigante cegado por la metralla pero nimbado por el arrojo:  Tony Cuesta.

Todos los que han sufrido en carne propia los horrores del presidio político en Cuba merecen reconocimiento y encomio.  Pero los que han dado mayores muestras de heroísmo son los plantados – firmes en sus convicciones, indoblegables en sus principios, altivos en su desafío.  Hay uno que los simboliza a todos; uno que se inmoló en prisión, prefiriendo la muerte estoica a la infamante rehabilitación:  Pedro Luis Boitel.

En la nación cubana del destierro, ha habido y hay núcleos de demócratas militantes que, frente a múltiples adversidades, han venido apoyando la lucha con todos los medios a su alcance.  Dos de los líderes más destacados avivaron con su ejemplo el fervor patriótico hasta caer abatidos por un cáncer implacable que minó su cuerpo, pero no quebrantó su espíritu:  Manuel Antonio de Varona y Jorge Mas Canosa.  El exilio ha tenido también sus mártires.  Quien mire al cielo que une a nuestras dos orillas verá incrito con sangre los nombres imborrables de cuatro Hermanos al Rescate asesinados en el aire por jenízaros de la tiranía:  Pablo Morales, Armando Alejandre Jr., Mario de la Peña y Carlos Costa.

Dentro de Cuba, desde que Ricardo Bofill organizara en 1976 el Comité Cubano Pro Derechos Humanos, ha cobrado fuerzas la disidencia como manifestación pacífica, pero enérgica, de denuncia y protesta de la sociedad civil emergente.  Surgieron así diversas propuestas reformistas como las que formularon Gustavo Arcos en 1988, María Elena Cruz Varela y otros intelectuales en la “Carta de los Diez” en 1991, el Concilio Cubano en 1996, y los cuatro autores del notable manifiesto “La Patria es de Todos “ en 1997:  Marta Beatriz Roque, René Gómez Manzano, Felix Bonné Carcassés y Vladimiro Roca.  Poco después, se inició el movimiento de las bibliotecas independientes que fundó y diseminó en todo el territorio Ramón Colas.

La iniciativa de la disidencia que más resonancia internacional ha tenido ha sido el Proyecto Varela que concibió Oswaldo Payá en el 2001, y que tomó cuerpo al año siguiente con la solicitud de un referéndum, respaldada por más de 10,000 firmas, para tratar de democratizar el régimen comunista.  Otros destacados líderes de la disidencia, como Marta Beatriz Roque y René Gómez Manzano, discreparon del procedimiento de una consulta popular al amparo de la Constitución ilegítima existente y bajo la férula del sistema totalitario, pero no torpedearon el proyecto.  Quien lo bloqueó fue Castro con la enmienda de la irrevocabilidad del régimen, orquestada por un organismo de fachada (Asamblea Nacional del Poder Popular), que, por instrucciones del propio Castro, ni siquiera tomó en consideración la solicitud del referéndum.

Ante el impasse creado, se estudian otras iniciativas en el seno de la disidencia en Cuba para galvanizar la sociedad civil.  Este saludable reexamen de enfoques y procedimientos coincide con la reciente excarcelación del recio paladín de la resistencia cívica, Oscar Elías Biscet, tras cumplir tres años de arbitrario e infernal cautiverio.  Quien creó la Fundación Lawton para luchar por los derechos humanos y dirigió, con digna postura, varias protestas públicas que culminaron en el famoso ayuno de 40 días en la calle Tamarindo 34, regresa a la palestra con nuevos bríos, sin que lo amilane su nueva detención acaecida en estos últimos días.

Biscet considera necesario coordinar esfuerzos y aunar voluntades, pero respetando la diversidad de estrategias y tácticas.  Sumar no quiere decir homogeneizar.  Sincero y juicioso discrepante del Proyecto Varela por cuestión de principios, Biscet se propone desarrollar planes alternos que sean eficaces en las circunstancias actuales.  Esto no es divisionismo, sino sensata complementariedad.

Biscet es partidario de la resistencia cívica, no violenta, que en otros países y épocas ha adoptado diversas modalidades, como la retirada de los plebeyos romanos al Monte Sacro en el siglo V a. de J.C. para que Roma accediera a sus demandas, o el programa de desobediencia civil o no cooperación de Gandhi en su lucha contra el colonialismo británico, o las manifestaciones de protesta de Martin Luther King en los Estados Unidos o de Lech Walesa y su movimiento de Solidaridad en Polonia.  Pero no por ser abanderado de métodos pacíficos de lucha, cae Biscet en el pacifismo dogmático y enervante.  Eso sería desconocer el instinto de conservación de las personas y los pueblos, y el derecho a la guerra justa o a la legítima defensa para repeler la agresión o combatir la opresión.  Eso sería, en palabras de Biscet, “negar a Martí, a Gómez y a Maceo.”

Con lenguaje tajante, sin ambages ni rebuscamiento, Biscet arremete contra los gobiernos que contemporizan con la tiranía en Cuba y no se solidarizan con el pueblo cautivo.  “Si el mundo entero hubiera hecho con Castro lo que hizo con Sudáfrica – asevera Biscet – Castro hace rato hubiera desaparecido.”  Y a los que, con ingenuidad o aviesas intenciones, quieren que se le otorgue ayuda financiera a Castro para así aliviar las necesidades apremiantes de la población, Biscet les advierte:  “Darle dinero a Castro es ayudar a la dictadura y no al pueblo.”

Su pronunciamiento más categórico fue acaso el que formuló a la salida de la cárcel, antes de esta nueva detención:  “Mientras exista en Cuba la dictadura castro-comunista, nosotros los cubanos no podremos vivir en libertad y democracia, y continuarán violándose los derechos humanos.”  Biscet no sólo repudia al tirano, sino al régimen que lo sostiene.  No sólo disiente de sus desafueros; se opone frontalmente a todo el sistema.  Para él, el objetivo central de la lucha no es reformar o suavizar el totalitarismo, sino erradicarlo.  Por eso afirmó sin titubeos que jamás juraría la Constitución comunista.

Es loable esta concluyente decisión, porque la Constitución de Castro no es ni legítima ni cubana, sino espuria y estaliniana.  No garantiza libertades individuales porque todas han de ejercitarse conforme a los fines del Estado socialista (artículo 62).  La estafa jurídica abarca todo el texto constitucional, y llega al escarnio en el artículo 39 ch), que declara que “es libre la creación artística siempre que su contenido no sea contrario a la Revolución.”  En cuanto a los llamados organismos de representación popular creados bajo el sistema de partido único establecido en la Constitución,  ¿qué puede esperarse de esas asambleas de títeres que sólo responden a las consignas del Máximo Titiritero?  ¿Qué protección pueden ofrecer tribunales de justicia que, de acuerdo con los artículos 121 y 126, están subordinados jerárquicamente a la cúpula del poder y sujetos a revocación?

No será nada fácil abolir la infausta Constitución de 1992 y desmantelar el aparato totalitario.  El equipo de relevo de Castro tratará de imponer una sucesión con reformas cosméticas, y habrá quizás figuras de la disidencia y el exilio que, por cansancio, miopía o ambición, se conformen con una apertura estrecha y excluyente.  Esa será la hora decisiva de Biscet y los que como él piensan; la hora para rechazar la componenda y arreciar la resistencia hasta lograr que caiga el despotismo con todos sus tentáculos y sus símbolos.  El Muro de Berlín no cayó por sí solo.  Se requirieron brazos para derribarlo, ladrillo a ladrillo.

Pero para que haya una verdadera epifanía de libertad en Cuba, no bastará con eliminar el aparato totalitario.  Habrá también que sentar las bases para estabilizar el país, iniciar la reconstrucción económica, y facilitar el tránsito ordenado a la democracia representativa legitimada por el sufragio.  Y en esa etapa de transición, nada será más importante que poner en vigor una Carta de Derechos Individuales o Bill of Rights como las que consagran el Titulo IV de la Constitución de 1940 y la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la O.N.U.  Sin esa Carta de Derechos, respaldada por un Tribunal de Garantías Constitucionales independiente que la haga cumplir, el pueblo cubano seguirá sometido a la voluntad arbitraria de quienes ocupen el poder.

La Cuba democrática que, entre barrotes y tinieblas, lucha por resurgir, necesita de líderes íntegros y valientes como Biscet para encauzarse republicanamente, sin odios ni persecuciones, con justicia y libertad.  La tarea es titánica, llena de obstáculos y peligros.  Por eso Biscet, consciente de sus limitaciones, le reza al Señor pidiendo su ayuda.  Y por eso nosotros en el exilio, sin otro afán que el de alentar a este atleta de la resistencia cívica, le enviamos, con un patriótico abrazo, estos versos lapidarios del cantor de “La Más Fermosa”: 

“Que siga el Caballero su camino,
agravios desfaciendo con su lanza;
todo noble tesón al cabo alcanza
fijar las justas leyes del destino”