|
El
Proyecto Varela Sebastián
Arcos Cazabón
El segundo intento --a principios de
los 90-- fue menos efímero, pero también fracasó como resultado de
intrigas y sospechas sembradas desde dentro y fuera por igual; y en vez
de unir, terminó dividiendo a la oposición en dos bloques inefectivos,
la Coordinadora y la Concertación. El tercer intento --Concilio Cubano, en 1995--
fue mucho más serio, y la reacción del régimen fue tan brutal que dejó
cuatro cubanos muertos en el Estrecho de la Florida. El cuarto y último intento acaba de
producirse con la firma del Proyecto Varela por más de cien grupos
opositores. La importancia de una convergencia de grupos
opositores en Cuba es fácil de juzgar observando la reacción del régimen.
Una coalición opositora atraería la atención y la legitimidad
internacional de manera más efectiva que un centenar de grupos pequeños.
Pero no es el escenario internacional lo que más preocupa al régimen,
sino el escenario interno. Una coalición opositora atraería sin dudas
una mayor atención de la población cubana, que podría comenzar a
considerarla como una alternativa seria al actual régimen. Es por eso
que el régimen cubano, que ya fracasó tratando de extinguir a la
oposición, ahora no se puede dar el lujo de permitir que ésta se
organice y madure. Madurez es la palabra clave. Ninguna oposición
política tiene posibilidades de éxito si no se une detrás de una
estrategia común, más allá de la simple coincidencia en el objetivo
final. La democracia es el juego del consenso de opiniones diversas. El
consenso es síntoma de madurez política y sólo las sociedades políticamente
maduras son capaces de prosperar en libertad. Los cubanos, con 53 años
de dictaduras en apenas cien como república, no podemos saltar con éxito
del totalitarismo a la democracia sin primero aprender el arte del
consenso y las coaliciones políticas. El Proyecto Varela nos brinda una
oportunidad perfecta para ejercitar esas virtudes. Pero además de un ejercicio necesario, es
también políticamente astuto. Al solicitar un plebiscito avalado por
la constitución de 1976, el Proyecto Varela es legal, moderado, y por
lo tanto casi imposible de descalificar. Nadie puede oponerse a la idea
de someter al régimen cubano a la voluntad popular a través de un
plebiscito sin asomar la garra totalitaria. Para la oposición, el
Proyecto Varela es un generador de aliados y un neutralizador de
enemigos, incluso dentro del mismo régimen. Para el régimen, es la incómoda
disyuntiva de aceptar el plebiscito o reconocer que ignora sus propias
leyes. En 1984, la oposición chilena --mucho más
madura y organizada que la cubana-- fracasó en su intento de forzar al
régimen de Pinochet a una apertura porque se empeñó en demandas
irreales que la dividió y debilitó. Apenas cuatro años después, esa
misma oposición, unida tras la idea de un plebiscito contemplado en la
constitución redactada por el régimen militar, sacó a Pinochet del
poder. Aunque Castro no es Pinochet, la experiencia chilena no debe ser
descartada por completo. Algunos han criticado al Proyecto Varela por
ser un ``proyecto marxista'' que legitima la constitución del 76, y con
ella al régimen. Lo mismo pudiera decirse del caso chileno, pero allí
están la oposición en el poder y Pinochet desaforado. Ningún proyecto
que promueva las libertades individuales puede ser marxista, y el
promotor del Proyecto Varela, Oswaldo Payá Sardiñas, es un opositor
legítimo y honorable que tiene de marxista lo que tengo yo de marciano.
El Proyecto Varela no pretende ser la solución
perfecta a la crisis cubana. Tampoco es un proyecto de transición, sino
apenas un primer paso en esa dirección, un experimento interesante
cuyas consecuencias sólo son negativas para el régimen. Por eso creo
que merece el apoyo de todos, con más o menos entusiasmo e
independientemente de cuál sea nuestra estrategia favorita. A fin de
cuentas, la política es el arte de lo posible, y no de nuestros sueños. arcoss@fiu.edu |