El Proyecto Varela

Sebastián Arcos Cazabón

Corría el mes de marzo de 1990. En una casa del reparto Aldabó, en las afueras de La Habana, seis disidentes vieron su conversación interrumpida por el estruendo de un helicóptero que sobrevolaba la vivienda. Minutos más tarde, una turba de ``airados ciudadanos'' asaltó la residencia, derribando la puerta de entrada y destruyendo varias ventanas. Así aplastó el régimen cubano el primer intento serio de unión de varios grupos disidentes, que en aquel entonces no llegaban a la media docena.

El segundo intento --a principios de los 90-- fue menos efímero, pero también fracasó como resultado de intrigas y sospechas sembradas desde dentro y fuera por igual; y en vez de unir, terminó dividiendo a la oposición en dos bloques inefectivos, la Coordinadora y la Concertación.

El tercer intento --Concilio Cubano, en 1995-- fue mucho más serio, y la reacción del régimen fue tan brutal que dejó cuatro cubanos muertos en el Estrecho de la Florida.

El cuarto y último intento acaba de producirse con la firma del Proyecto Varela por más de cien grupos opositores.

La importancia de una convergencia de grupos opositores en Cuba es fácil de juzgar observando la reacción del régimen. Una coalición opositora atraería la atención y la legitimidad internacional de manera más efectiva que un centenar de grupos pequeños. Pero no es el escenario internacional lo que más preocupa al régimen, sino el escenario interno. Una coalición opositora atraería sin dudas una mayor atención de la población cubana, que podría comenzar a considerarla como una alternativa seria al actual régimen. Es por eso que el régimen cubano, que ya fracasó tratando de extinguir a la oposición, ahora no se puede dar el lujo de permitir que ésta se organice y madure.

Madurez es la palabra clave. Ninguna oposición política tiene posibilidades de éxito si no se une detrás de una estrategia común, más allá de la simple coincidencia en el objetivo final. La democracia es el juego del consenso de opiniones diversas. El consenso es síntoma de madurez política y sólo las sociedades políticamente maduras son capaces de prosperar en libertad. Los cubanos, con 53 años de dictaduras en apenas cien como república, no podemos saltar con éxito del totalitarismo a la democracia sin primero aprender el arte del consenso y las coaliciones políticas. El Proyecto Varela nos brinda una oportunidad perfecta para ejercitar esas virtudes.

Pero además de un ejercicio necesario, es también políticamente astuto. Al solicitar un plebiscito avalado por la constitución de 1976, el Proyecto Varela es legal, moderado, y por lo tanto casi imposible de descalificar. Nadie puede oponerse a la idea de someter al régimen cubano a la voluntad popular a través de un plebiscito sin asomar la garra totalitaria. Para la oposición, el Proyecto Varela es un generador de aliados y un neutralizador de enemigos, incluso dentro del mismo régimen. Para el régimen, es la incómoda disyuntiva de aceptar el plebiscito o reconocer que ignora sus propias leyes.

En 1984, la oposición chilena --mucho más madura y organizada que la cubana-- fracasó en su intento de forzar al régimen de Pinochet a una apertura porque se empeñó en demandas irreales que la dividió y debilitó. Apenas cuatro años después, esa misma oposición, unida tras la idea de un plebiscito contemplado en la constitución redactada por el régimen militar, sacó a Pinochet del poder. Aunque Castro no es Pinochet, la experiencia chilena no debe ser descartada por completo.

Algunos han criticado al Proyecto Varela por ser un ``proyecto marxista'' que legitima la constitución del 76, y con ella al régimen. Lo mismo pudiera decirse del caso chileno, pero allí están la oposición en el poder y Pinochet desaforado. Ningún proyecto que promueva las libertades individuales puede ser marxista, y el promotor del Proyecto Varela, Oswaldo Payá Sardiñas, es un opositor legítimo y honorable que tiene de marxista lo que tengo yo de marciano.

El Proyecto Varela no pretende ser la solución perfecta a la crisis cubana. Tampoco es un proyecto de transición, sino apenas un primer paso en esa dirección, un experimento interesante cuyas consecuencias sólo son negativas para el régimen. Por eso creo que merece el apoyo de todos, con más o menos entusiasmo e independientemente de cuál sea nuestra estrategia favorita. A fin de cuentas, la política es el arte de lo posible, y no de nuestros sueños.

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