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EL PAROXISMO DE LA INJUSTICIA OPINIONES DE LA REVISTA "SIGLO XXI". Miércoles l4 de Junio del año 2000.- El propio Fidel Castro ha reiterado a Congresistas y a hombres de negocios norteamericanos de visita en Cuba, que su gobierno está dispuesto a entrar en negociaciones con los Estados Unidos para indemnizar a los dueños de empresas de este País, cuyas propiedades fueron confiscadas por las autoridades castristas. Aunque este anuncio no es novedoso, pues ya Castro lo viene repitiendo desde hace tiempo. Pero, cada vez que lo escucho me preguntó cómo es posible que en los albores de este Siglo XXI, cuando los principios de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley constituyen un reclamo universal, en Cuba Fidel Castro pueda hablar sin pudor de restituir economicamente a extranjeros a quienes les decomisó sus bienes, mientras dentro y fuera de Cuba hay millones de ciudadanos cubanos que fueron, y son diariamente, en igual medida, despojados hasta de sus mas rudimentarias herramientas de trabajo y medios de vida. Estos hechos subrayan el desprecio absoluto, que el gobernante cubano paladinamente expresa, en relación a los abusos y a las violaciones flagrantes a los Derechos Inalienables de todo Ser Humano, como es el derecho a poseer medios de subsistencia y propiedades, que su regimen lleva a cabo sin el menor recato. Los cubanos no debe olvidar que, millónes de habitantes de este País, durante cuatro décadas han sido asaltados y robadas sus pertenencias, violación esta de los Derechos Humanos del Pueblo de Cuba, solo superada por los fusilamientos, las torturas y los encarcelamientos arbitrarios de cientos de miles de personas. Como es natural, cuando hablo de robo de propiedades no me refiero tan solo al efectuado contra lo ricos y la clase media. Yo estuve con miles de prisioneros, entre ellos los de la llamada "peligrosidad social", a quienes habían expropiado hasta los simple relojes de pulsera rusos. Así tenemos, por una parte el panorama de un Fidel Castro que se ve obligado, por la debacle causada por la ruína de su administración, a reconocer que las expropiaciones a los norteamericanos fueron injustas, y que es preciso reparar aquellos atropellos, pagándole a los afectados los daños ocasionados. Sin embargo, por otro lado contemplamos que prosigue el silencio absoluto acerca de la agresión, incomparablemente mayor, que el poderío castrista ejecutó, y ejecuta todos los días, contra esos millones de cubanos, a quienes les quitaron desde una yunta de bueyes para arar, y un sillón y las tijeras de barbería para pelar; hasta la casa de vivienda cuando deciden salir del país; los despojaron de la tiendita de la esquina; pasando por el camión para vender viandas y frutas; y de la finca sembrada de plátados o de cualquier otra plantación; e incluso, le embargan la vaca que proporciona la leche de los muchachos; les arrancan un refrigerador o cualquier otro artículo doméstico, y el colmo de quitarle a uno hasta las prendas íntimas, las fotografías y los recuerdos de familíares muertos, a los que éramos encerrados en la cárcel por motivos de oposición política. Hace muchos años conocí a un viejo campesino cubano que se llamaba Aurelio Fortes. El y sus hermanos tenían una finca cercana a la carreteta central, entre los límites de las Provincias de la Habana y de Matanzas. Esta tierra, como la de todos los campesinos cubanos, se había ganado con el trabajo de toda una vida. Aurelio Fortes apareció ahorcado en la casa de su finca, pocos días después que Fidel Castro le arrebató esa propiedad.- |