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NUESTRA
MONTAÑA MÁS ALTA Norberto
Fuentes A
fines del siglo pasado, en una Rusia que no lograba saltar del
feudalismo a la revolución industrial pero aún antes de que barajaran
los nombre de Lenin o Trostky, la "intelligentsia" rusa se
sentía a salvo porque podía mirar hacia Yasnaya Poliana, la ruda
hacienda donde, con sus blancos camisones de siervo, Leo Tolstoy escribía.
Quizá
la grandilocuencia de lo anterior haga inaceptable para algunos que los
cubanos puedan mirar detrás de las alambradas del establecimiento
penitenciario Ariza, en la costa sur de la isla, cerca de la ciudad de
Cienfuegos, para aprender que no todo está perdido porque un mulato de
mediana estatura y porte militar resiste los embates de una de las
mejores maquinarias de represión del planeta. Viene
del tronco más ortodoxo del comunismo cubano porque es hijo de Blas
Roca, cuyo nombre verdadero era Francisco Calderío pero que consideró
apropiado ponerse ese nombre entre bíblico y proletario para participar
con combatividad en la lucha de clases y que luego de alguna manera ya
lo hizo propio y así tuvo su primogénito el apellido inconmovible.
Vladimiro Roca. No sólo el apellido. Tiene
los gruesos labios del padre, y es delgado y tímido. Lo veía en las
bases de Maleza, en Santa Clara, y San Antonio de los Baños, con su
traje de presurización cuando toda la gloria del mundo era ser un
piloto de MiG-15, sólo comparable con ser un oficial del G2. Siguiendo
la tradición que en Cuba - con excepción de Fidel -- todos los grandes
dirigentes adoptaron, incluido Raúl Castro, de entregar sus hijos al
servicio de las armas como la Pasionaria en España, fueron los
muchachos que estudiaron aviación de combate en Checoslovaquia. El
primero que saltó, en 1965, fue también teniente aviador, hijo de otro
grande del comunismo cubano, Jesús Menéndez, atrapado mientras
ocultaba a un preso fugado de un campo de trabajo forzado. Creyó que
podía argumentarle a sus superiores que en una revolución no se
tortura ni se trata a los prisioneros a bayonetazos y su creencia terminó
delante de Raúl Castro, cuando éste por toda respuesta lo mandó para
"las mazmorras de Villa Marista para que aprendas lo que es el
trato a los presos y entiendas por qué luchaba tu padre" Suerte de
retórica en la que a los hijos de la Revolución les invierten todos
sus valores y con ellos, como un papel de lija, les restriegan la cara. Vladimiro
estaba retirado, fuera de toda conexión cuando se empató con algunos
disidentes. Y empezó sus trajines. Una vez me mandó un recado para que
organizara una especie de filial de artistas de su agrupación, a lo que
respondí con la petulancia innecesaria de que me llamara cuando
estuviera decidido a matar policías. Al final hizo un documento seminal
llamado "La patria es de todos" y luego para la cárcel. Es el único que queda allí de los famosos cuatro firmantes. Lleva 1305 días en cautiverio. Está en la celda inmunda donde su compañero de lucha Sebastián Arcos contrajo un cáncer que no le atendieron y que no le dejó disfrutar un día de libertad y que los carceleros le recuerdan todos los días. Pero puede salir de allí cuando quiera. La justicia de Fidel Castro es muy flexible, tanto que daría cualquier cosa porque se rindiera. Abren la pesada puerta de hierro y le dicen que ahí tiene pasaje y pasaporte, y mañana por la mañana estás en el Paseo de la Castellana. "No", responde, sin más ningún cubano que lo oiga. "La patria es de todos." Bien elegido el nombre por el viejo Blas. Es una roca, un peñón. Es una montaña. |