La gran ironía de la riña entre Cuba y Argentina

Andrés Oppenheimer

La gran ironía de la acusación del gobernante cubano, Fidel Castro, de que Argentina está ``lamiendo la bota yanqui'' es un detalle histórico del que pocos se acuerdan: el mismo Castro que hoy ataca al gobierno democrático argentino fue un gran aliado de la dictadura militar de derecha que gobernó el país sudamericano entre 1976 y 1983.

Algunos de nosotros lo recordamos bien. Y dos funcionarios norteamericanos que encabezaron los esfuerzos del presidente Jimmy Carter por condenar los abusos a los derechos humanos del régimen militar argentino me confirmaron esta semana que Castro le dio un apoyo diplomático crucial a la junta militar argentina.

Ese detalle pasó casi inadvertido la semana pasada, cuando Castro acusó al gobierno del presidente Fernando de la Rúa de estar supuestamente planeando repetir el voto argentino contra Cuba en la Comisión de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en abril. Castro, que vivió durante tres décadas de la ex Unión Soviética, acusó a la Argentina de ``lamer la bota yanqui'', y arremetió contra la política económica argentina.

El gobierno argentino reaccionó con previsible indignación, enviando una nota de protesta y llamando a su embajador en La Habana para consultas ``por tiempo indefinido''. El canciller argentino, Adalberto Rodríguez Giavarini, dijo que el discurso de Castro bordeaba en la ``irracionalidad'', además de ser una intervención en los asuntos internos de Argentina.

Ojalá el canciller argentino hubiera ido más lejos. Podría haber dicho que hubiera deseado que Castro apoyara al gobierno democrático de Argentina como apoyó en su momento a la dictadura militar de derecha que hizo desaparecer entre 9,000 y 30,000 personas.

En efecto, en 1980 y 1981, cuando el gobierno de Carter trató de lograr una condena a Argentina en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en Ginebra, Cuba se opuso tenazmente y ayudó a crear un bloque de países para frenar la moción.

Patricia Derian, quien fue subsecretaria de Estado para los derechos humanos del gobierno de Carter, me señaló esta semana que ``los argentinos y los cubanos trabajaron juntos para bloquear la moción de condena durante todo el pe-ríodo de la junta militar''.

Roberta Cohen, la asistente de Derian, participó personalmente en los debates en Ginebra en 1980, en que Estados Unidos buscaba una condena que mencionara explícitamente las desapariciones forzosas en Argentina. ``Fue una negociación muy difícil: los rusos y los cubanos no querían hacer nada contra Argentina'', recordó Cohen.

Al final, la junta militar argentina y Cuba lograron que se aprobara una resolución débil, en que se condenaban las desapariciones en general pero sin mencionar a la Argentina.

¿Por qué le dio Castro todo su apoyo diplomático a la dictadura militar argentina, incluso cuando Cuba estaba dándole refugio a guerrilleros de izquierda de ese país?

·        Primero, porque Castro temía que una condena de la ONU por violaciones a los derechos humanos en Argentina sirviera como precedente para una condena similar contra Cuba.

  • Segundo, porque la junta militar argentina estaba ayudando a Cuba en ese momento a bloquear una propuesta de Estados Unidos a favor del disidente ruso Andrei Sakharov.
  • Tercero, porque la dictadura argentina había quebrado el embargo norteamericano de granos a la ex Unión Soviética en 1979, tras la invasión rusa a Afganistán, y el régimen argentino estaba haciendo grandes negocios con Moscú. Argentina cuadruplicó sus ventas de granos a Rusia en 1980, a un total de ocho millones de toneladas de trigo, y llegó a exportar el 60 por ciento de sus granos a la entonces Unión Soviética.

Podría seguir con muchos otros ejemplos del apoyo de Cuba a la dictadura argentina, que llegó a su punto culminante con el entusiasta apoyo de Castro a la desastrosa invasión argentina de las Malvinas en 1983.

Pero la explicación es muy simple, y ojalá los pocos admiradores que le quedan a Castro en América Latina la entendieran: Castro y los generales argentinos tenían mucho de parecido; en especial, una aversión común a la democracia y los derechos humanos. Por eso no debería sorprender a nadie que se llevaran tan bien.