LA IZQUIERDA INCORREGIBLE

Orlando Fondevila

En 1989 –con su complemento en 1991- se derrumbó un mundo. Un mundo espeso, cargado de oropeles desde sus inicios retóricos allá por 1848 con el Manifiesto Comunista, fecha de nacimiento más o menos oficial de esa especie de religión atea que ha sido el marxismo. Religión que, como todas –y a veces más- ha dispuesto de un poder de seducción de magnitud tal que se resiste a su propia muerte. Se camufla, se contorsiona, se enquista en los múltiples meandros de la conciencia en que se asentaron sus toxinas ideológicas. El marxismo, esa especie de droga ideológica dura que es, crea en sus adeptos, en la mayoría de quienes le han probado alguna vez, una dependencia para la cual aún parece no se han encontrado antídotos eficaces. Probablemente el único antídoto conocido sea el de haber padecido sus efectos en la carne, más allá del humo narcotizante de sus ideas. Y a veces, ni así.

El marxismo, después de sus tumbos iniciales, alcanzó su reino en el siglo XX. Tuvo su centro de poder y sus popes. Y ha tenido, también, sus cismas, sus variaciones exegéticas y sus diversas sectas. Incluso ha tenido feroces luchas sectarias, y no sólo en el plano de las ideas. Pero al margen de grandes mordidas o pellizquitos, lo esencial original no se ha modificado. Todas las sectas marxistas o filomarxistas pueden agruparse bajo una gran denominación genérica: eso que se ha venido definiendo como “la izquierda”.

Después de la caída del Muro de Berlín y de la desaparición del centro de poder de la izquierda, después de hallarse más que testificados los horrores sin cuento y los muertos (físicos, con nombre y apellidos) en  aquellos países en que el marxismo se hizo poder, la izquierda se conmocionó de tal manera que hasta pudo presumirse su desaparición. Pero no, las toxinas hicieron lo suyo y se puso entonces de relieve algunas de sus virtudes principales: la sofística y el travestismo. Primero, desmarcarse (camaleónicamente)  del muerto. Después, restarle importancia a las “exageraciones” que se hacían de los pecados del muerto. Después, insistir en las diferencias entre la izquierda totalitaria y la “democrática”. Más tarde, pasar la página del fracaso estentóreo del comunismo para, a cambio, vender el supuesto fracaso del capitalismo, al que ahora convierten, para confundir, en neoliberalismo o “globalización”, sus nuevas bestias negras.

La izquierda, vístase como se vista, no se resigna al fracaso de sus paradigmas, a la muerte de sus sueños. Sólo cambia de tácticas y espera mejores momentos. El corazoncito de la izquierda, diga lo que diga, vive en el pasado que añora resucitar. Por supuesto que estamos hablando en sentido general. Por supuesto que también se perciben en algunos sectores intentos de rectificación.

Tal vez la prueba definitoria de este análisis la encontremos en las relaciones y en la actitud de la mayor parte de la izquierda para con el régimen totalitario de Cuba. En este punto no es preciso tomar en consideración el respaldo abierto que le brindan al castrismo los todavía comunistas confesos. Eso se da por descontado, y además es lógico. Pero sí es importante el apoyo, no ya tibio o velado, que recibe el régimen cubano de otros sectores de la izquierda “democrática”: socialistas, socialdemócratas, verdes (por fuera, rojos por dentro), antiglobalistas y otros. Sobran los ejemplos. Veamos algunos de los más recientes.

El Parlamento europeo ha decidido otorgar el premio Andrés Sajarov a la defensa de los derechos humanos y la libertad de expresión a Oswaldo Payá Sardinas. El disidente cubano, dirigente del Movimiento Cristiano Liberación, ha saltado a la fama por impulsar el “Proyecto Varela”, una suave convocatoria a una transición en Cuba, no rupturista, a partir de las propias leyes totalitarias del régimen. Pues bien, por primera vez el Parlamento Europeo no concede este reconocimiento por consenso. Los socialistas europeos, los comunistas y los verdes votaron en contra. Pero hubo más, un tal Miguel Ángel Martínez, eurodiputado socialista español (PSOE) ha declarado su malestar por la distinción a Payá, ha defendido a la dictadura cubana y ha afirmado que los espías de Castro presos en Estados Unidos lo merecían más que el opositor cubano. Añadió, como perla de su infame declaración, todas las consignas castristas acerca de la “mafia” de Miami y otras zarandajas por el estilo. Que sepamos, la dirección del PSOE no le ha rectificado. Esta es la posición de los socialistas españoles. Es la posición del señor Jesús Caldera, portavoz parlamentario de ese Partido, cuando le dijera a un diputado del Partido Popular que él, Caldera, se sentía más cerca de Castro que de ese diputado. Es la posición de las Comunidades Autónomas gobernadas por el PSOE que se deshacen en halagos y en ayudas al régimen cubano. Es la posición del Diputado General de Cádiz, señor Román, que, después de recibir a la Cónsul del régimen y ofrecerle apoyos, afirmó sentirse molesto porque en Cádiz los escritores, profesores y artistas cubanos reunidos en su Congreso sobre Creación y Exilio, restauraron un busto dedicado a José Martí y le colocaron una placa conmemorativa. Todo son complacencias, colaboraciones y apoyos, políticos y económicos, para con la dictadura cubana. Desprecio hacia los exiliados cubanos y hacia los valerosos disidentes pacíficos dentro de la Isla. ¿Es sólo anti-americanismo trasnochado? No, es que en lo hondo de sus nostalgias admiran a la dictadura cubana, y aunque por ahora no pueden, la quisieran para sí.

¿Y qué decir de los partido de izquierda latinoamericanos agrupados en la COPPAL y reunidos en estos días en La Habana? Conciertan las acciones de la izquierda en el subcontinente con la dictadura. El señor Roberto Madrazo, presidente del PRI mejicano y de la COPPAL, no ha escatimado elogios a Castro y ha mostrado su absoluta coincidencia, de él y de los otros partidos de izquierda de la región, con los puntos de vista del dictador en la lucha contra la pobreza, el neoliberalismo, la globalización, bla, bla, bla. Como si el PRI del señor Madrazo no hubiera gobernado por 70 años, ejerciendo lo que Vargas Llosa definiera como “la dictadura perfecta”, hundiendo a Méjico en la pobreza y la corrupción más delirante. Por cierto, menor que la pobreza, la corrupción y la falta de libertades en que Castro ha hundido a Cuba.

La verdad (la verdad que los cubanos tendremos muy en cuenta en el futuro) es que la izquierda en todas partes, incluso en los Estados Unidos –representada por quienes allí se llaman liberales- respalda siempre al totalitarismo cubano, abierta o veladamente, o cuando menos comprensivamente. Cuando se permiten alguna que otra crítica, siempre la acompañan de su correspondiente justificación. Y siempre nos proponen la tolerancia... para con Castro. Siempre listos para insultar a quienes se enfrenten radicalmente al régimen totalitario.

La verdad es que la izquierda en todas partes adora a la dictadura horrorosa de Castro. La verdad es que la izquierda, en razón de su pecado original marxista, sólo es democrática coyunturalmente, pero su último propósito, su más acariciado sueño, su nostalgia irredenta es conseguir un paraíso a lo Castro. Sueño imposible como se ve, pero sueño al fin. Sueño de una izquierda incorregible.

Los cubanos debemos tomar nota.