A PROPÓSITO DE LA FERIA DEL LIBRO DE GUADALAJARA

Orlando Fondevila, diciembre 12, 2002

A propósito de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, con Cuba como invitada de honor, y en medio de escaramuzas provocadas por el terrorismo intelectual que practican (que han practicado siempre) las instituciones oficiales de la cultura bajo el régimen castrista (las únicas posibles en Cuba), ha sido puesta nuevamente en el tapete la antigua controversia acerca de si la literatura y el arte tienen o no un valor político o ideológico. Por supuesto que cualquier actividad creadora del hombre posee valores intrínsecos que no están determinados por otras consideraciones ajenas a la propia actividad. Claro que una obra literaria o cualquier obra de arte puede ser buena o mala; o mejor, ser una verdadera obra de arte o no, con independencia de su contenido político o ideológico, o incluso de las propias opiniones y conducta de su autor. Quién podría discutir que recordamos y valoramos a Cervantes, o a Miguel Ángel, o a Leonardo o a T.S.Elliot por el enorme e inigualable virtuosismo de sus obras y para nada nos importa qué hicieron y cómo se comportaron ante los avatares políticos que les tocó vivir. Y, en el caso del arte y de la literatura cubanos, evidentemente trascenderán, por su calidad y por su cubanía y universalidad, las obras de Lezama, de Virgilio, de Carpentier, de Guillén, de Baquero, de Lidia Cabrera, de Cabrera Infante y de Cintio Vitier, entre muchos otros.

 Mas, esta verdad de Perogrullo no es patrimonio exclusivo de la literatura y el arte, sino de cualquier otra manifestación cultural o de creación, entendiendo cultura y creación en su sentido más amplio. La obra de un arquitecto o la de un artesano nos importa por sí misma, al margen de las ideas o comportamientos cívicos o éticos de sus autores. El maestro cocinero de un restaurante puede también ser bueno o malo en su oficio, sin que en ello intervenga que el tal individuo sea un violador, un delator de la policía o un ciudadano decente.

Otra cosa es la ética. La excelencia, la maestría o el talento no constituyen, en ningún caso, un eximente ético. Y el hombre no es solo su arte, o su profesión u oficio. El hombre es muchas cosas. Y ciertamente parece que la ética no sea cosa menor.

Los artistas y los escritores - que además y sobre todo a partir del siglo XX calificamos y ejercen como intelectuales- tienden en su mayoría a considerarse por encima del resto de los mortales, a sobrevalorar su papel en la sociedad, y lo que es más grave, a situarse por encima del bien y del mal. Y muchas veces, lamentablemente, utilizan la excelencia de sus obras como pedestales sobre los cuales se sitúan para defender las peores causas (nada artísticas) y hacer daño al hombre. Enlodan la ética y pretenden lavarse con la calidad cierta o discutible de sus obras. No solo sus obras no les exculpan, sino que en virtud de su condición de intelectuales, de persona o personaje que pretende influir en la opinión pública, y en ese sentido crear o alimentar imaginarios ideológicos, su responsabilidad ética y cívica es mayor. Y en su caso, más severas sus culpas.

En la literatura hay ideas, hay cosmovisión, hay opiniones. El escritor, el fabulador, el poeta no pueden estar encerrados en la socorrida urna de cristal, y mucho menos si sus cristales son opacos. La literatura no es panfleto (aunque hayan panfletos con calidad literaria). Pero la literatura no puede estar –y nunca lo está- al margen del mundo. La literatura se sirve a sí misma, en primer lugar, pero anida en sí –conscientemente o no- otros servicios. A los simples mortales, a los que no somos literatos, a quienes nos enriquecen, emocionan y nos hace mejores las obras literarias, nos preocupan, nos favorecen o nos lastiman las cosas que ocurren en este mundo, el de hoy, el de cada mañana. Puede entonces que aquellos que vivirán dentro de tres siglos y admiren alguna obra de las que hoy se producen, no escudriñen demasiado, o no les duela o dañe el mensaje o las ideas de tales obras, o miren con lejana displicencia la biografía de los autores. Pero nosotros, sus contemporáneos, no.

La literatura, pues, no se hace ni vive fuera de la ideología o de la política, aun cuando no sea ni la una ni la otra. Y tenemos derecho a enjuiciarla y a enjuiciar a sus autores –“enjuiciar” es una manera de decir-. En el caso de la literatura cubana del último casi medio siglo, la “contaminación” política e ideológica es abrumadoramente omnipresente. Y es que Cuba no ha sido, no es, en cuatro largas décadas, un país o una sociedad normales.  ¿Cómo en un país donde se ha llevado a cabo uno de los más diabólicos y humanamente perversos experimentos sociales de la historia podría hacerse una literatura, digamos, “normal”?. No se trata de que haya habido o hayan o no escritores de una altísima calidad, tanto entre los que se quedaron o nacieron en estos años y por las razones que sean viven en Cuba, o se hayan marchado. Se trata de que en el abominable contexto político de la dictadura totalitaria instaurada, a los escritores, artistas e intelectuales sólo le han sido posibles tres opciones: la cárcel, el silencio o la huida. Y claro, la colaboración en sus diversas variantes. Podría añadirse que en la actual fase de agotamiento del engendro (no de su horror), se permiten tímidas y peligrosas actitudes independientes. Así, estamos inexorablemente ante una literatura marcada, manchada. Una realidad, como puede verse, cargada de víctimas. Aunque también hay victimarios.

En todo cuanto tiene que ver con Cuba no hay equidistancias posibles. No se puede estar con las víctimas y con los victimarios al mismo tiempo. Podemos admirar “Lo cubano en la Poesía”, de Cintio Vitier, o una parte de su obra poética (por supuesto, no el infame “poema” a Elián), pero con justeza podemos despreciar aquella parte de su obra con la que pretende legitimar a la tiranía. Siempre tendremos como nuestros “El Siglo de las Luces”, pero repudiaremos la connivencia de Carpentier con el régimen. ¿Cómo no concordar con los merecimientos literarios de García Márquez, o de Saramago, o de Benedetti, por citar a algunos escritores no cubanos? Y al mismo tiempo, ¿cómo no sentir repulsión por el miserable apoyo que por años han regalado al castrismo? ¿O es que escribir “Cien años de Soledad” o “Ensayo sobre la Ceguera” puede excusar la soledad o la ceguera moral de estos autores ante un régimen responsable de decenas de miles de muertos, de veintena de miles de encarcelados, de millones de exiliados (no diáspora), de la miseria y la falta de libertad de todo un pueblo? ¿Qué literatura puede devolver estas vidas o borrar este horror?

Y volviendo a los escritores e intelectuales cubanos. ¿Qué decir de los intelectuales comisarios, al estilo de Roberto Fernández Retamar, de Abel Prieto, de Eliades Acosta o de Enrique Ubieta? ¿Y qué decir de los pusilánimes que en la intimidad de la conversación reniegan de la monstruosidad que les rodea, mientras en público alaban al régimen o constriñen su literatura, la llenan de confusos giros y circunloquios para decir a la vez que no y que sí? Siempre serán más respetables quienes incluso dentro de Cuba son capaces, a todo riesgo, de ser coherentes y defender su libertad, como Raúl Rivero, Tania Díaz Castro y unos cuantos más.

¿Diálogo y encuentro entre los escritores que viven en la Isla y los que viven en el exilio? Sin duda el momento del diálogo, del encuentro, de la reconciliación y el perdón llegará cuando Cuba sea libre. Antes es imposible, porque los escritores comisarios no quieren y porque los otros no tienen libertad para expresar y defender sus opiniones propias. Ya se ha intentado, por ejemplo en Estocolmo, y ya vimos qué ocurrió, como brillantemente nos ha contado en la Revista Encuentro Manuel Díaz Martínez.

En fin, ¿qué literatura es posible sin libertad? En la Feria del Libro de Guadalajara ha quedado todo claro. Allá quien quiera continuar escribiendo carticas a los Reyes Magos.