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UN
ESPÍA PARA CADA CUAL Norberto Fuentes Una tarde de 1987 Fidel llamó a uno de los chóferes
asignados a Gabriel García Márquez como servidumbre de la casa de
protocolo número seis --mucama, cocinera, ayudante, camarera y dos chóferes.
El viejo Candebat, un mulato largo, de pómulos lombrosianos y guayabera
del diplomercado una talla corta para su estatura, y que manejaba uno de
los Mercedes "del Gabo", tenía el brazo del comandante por
arriba mientras este le cuchicheaba en la rotonda de baldosas rojas a la
entrada de la mansión. Tenía tarea. El jefe le encomendaba seguirle
los pasos a Lupe Veliz, una gordita entrada en años, que había sido su
amante aún siendo mujer de su ayudante y hombre de máxima confianza,
el capitán Antonio Núñez Jiménez. Candebat debía llevar una cuenta
acuciosa de las incursiones de Lupe en la cocina de Gabo y los platos
que se servía. Candenbat me lo contó. Se trataba de proteger a Gabo de
las inconveniencias de una funcionaria de alto rango -- Lupe estaba a
cargo de la oficina de Relaciones Internacionales del Ministerio de
Cultura. Para orgullo del mulato Candebat, "el comandante estaba en
todas." Cuando, de rebote, se lo conté a Carlos Aldana, el
secretario ideológico del Partido, él me restituyó la imagen del
Fidel conspirador y no del personaje "cazuelero" (un chismoso,
a la cubana). Usaba a Candebat para levantar una barrera de desconfianza
alrededor de Lupe y las otras de su escuadrón volante, que revoleteaban
sobre el lugar. La presa quedaba sola en sus manos. El método en acción. Gabo se mantenía bajo el acoso
-- como siempre lo ha estado-- del mismo aparato. Es por esa época que
Pepe Abrantes controlaba la información. Y no se la pasaba toda a
Fidel. De cualquier modo es ilusorio creer en la amistad de
Fidel Castro con Gabo y a partir de ahí calificar de inmoral que lo espíe.
Más ilusorio aún si se toma en cuenta que una parte de la diplomacia
del país pasa por allí, lo que se llama "el visiteo en casa de
Gabo", todos esos personajes de la política internacional y los
artistas de Hollywood y los magnates extranjeros que aterrizan en los
predios de Gabito. Por otro lado, poco importa que -para las
conversaciones más delicadas- Gabo suela llevar a sus invitados a la
piscina, en el jardín trasero, donde cree que está a salvo de los micrófonos.
La humillación es saberlo y pretender que eludes la escucha. Abrantes había intentado establecer una nueva
administración como Ministro del Interior y en una pequeña habitación
detrás de su despacho donde guardaba sus camisetas limpias y algunas
colonias conservaba los videos de Gabo rotulados por el lomo, con todas
sus aventuras amorosas debidamente clasificadas, pero que "él
manejaba". No se lo soltaba a Fidel. Pero, cuidado, la enorme
biblioteca que cubría las paredes de su despacho, de libros que además
se había leído, calificaban a un ministro del Interior con ambiciones
más serias que chantajear a tontos útiles. Y sabía como dosificar la
información y su divisa era no empujar a Fidel hacia decisiones drásticas.
Abrantes desde luego conocía que a Ramiro Valdés, el anterior ministro
del Interior, le habían colocado un sistema de escucha en todas sus
oficinas y lugares de movimiento como resultados de sus broncas con Raúl
Castro. Esta tarea fue asignada y cumplimentada por el entonces teniente
coronel Rolando Castañeda Izquierdo, alias "Roly", que está
vivo y es localizable en La Habana. Luego, como corresponde, el mismo
Abrantes y Castañeda Izquierdo cayeron en desgracia, junto con un pelotón
de altos oficiales "del ministerio", purgados y condenados a
la cárcel en agosto de 1989. Un poco antes de morir -circunstancias
misteriosas, ya saben-- Abrantes y los otros habían exigido al penal de
Guanajay que no continuaran grabando las sesiones de pabellón -el par
de horitas al mes de visita conyugal que les regalaban como único
esparcimiento en sus condenas de 20 años. Viejos profesionales: sabían
que había cámaras ocultas. Aunque lo negaron, las autoridades del
penal comprendían que el pabellón conyugal era la mejor fórmula para
que estos prisioneros de máxima seguridad sacaran información. Tal el
sistema del cual pueden hablar los nicas de la Seguridad del Estado, de
cuando los cubanos se presentaron en Managua al triunfo de su revolución
sandinista. El objetivo no sólo era quebrar conspiraciones, sino,
explicaron, la Seguridad "era un todo", que iba desde la casa
hasta la cárcel. A Abrantes lo liquidaron el 21 de enero de 1991 y Roly
y los demás se hallan bajo un riguroso control. Puede que Ramiro Valdés
se entere por estas líneas, si llegan a sus manos, de aquel sistema de
escucha. "Confianza colectiva, desconfianza personal",
me dijo Raúl Castro, no sin cierto aire de resignación, con una poción
de Chivas Regal a la mano, en mi poltrona de escritor, que acostumbraba
a cederle. Era la divisa. Justificaba todo. Se confía en la masa
abstracta del pueblo pero se desconfía de cada uno de los hombres por
separado. Tal la implacable realidad. Afh. Échenme otro escopetazo. José Millar Barruecos ("Chomy"), jefe del
despacho de Fidel, tiene cámaras de vigilancia frente a su casa en una
de las abruptas colinas del barrio Nuevo Vedado, y existe -para el
control de estos personajes-el grupo de elite Secreto "P", del
buró K-J de seguimiento visual. Pueden imaginarse, si el fisgoneo
comienza por nosotros, con los íntimos camaradas de armas, qué se deja
para los compañeros de viaje. Es la forma de gobernar. Material para el
chantaje. Hace rato que aprendieron: el único secreto con el que pueden
medrar es el de las sábanas. Los genitales de nacionales y extranjeros
- capturados "in motion". |