ANTES QUE ANOCHEZCA

César Reinel Gómez

El libro lo leí el 20 de diciembre de 1994 en el Sagrado Corazón, uno de los hospitales obstétricos de La Habana. Me lo prestaron de corre-corre, no me quedó mas remedio que leerlo durante el nacimiento de mi hija. La futura mamá subió para el salón de parto a las nueve de la mañana. Me senté a su lado y allí estuve por once horas... hasta que llegó la musa de mis amores cumplidos. Como la mañana fue suave en contracciones pude leer con cierta comodidad, logré terminar antes del anochecer. Apenas tuve tiempo para meditarlo, ó quizás no quise; la vorágine se desencadenó y a partir de ese día el tiempo no fue abundante para leer y pensar. Recuerdo haberlo comentado con varios amigos, me gustó, me hizo reír como un bendito cuando más falta me hacía, un monumento a la iconoclastia, el decamerón tropical. Salí a buscar alguna de las novelas de Arenas, con mucho esfuerzo logré encontrar El Mundo Alucinante, la historia de Fray Servando Teresa de Mier, terminé de leerlo sin poder evitar la famosa relación entre obra, manos, y trasero, entre personajes y autores en su eterna búsqueda de la gallinita ciega.

Llegué a Montreal y volví a encontrar Antes que Anochezca en los estantes de la biblioteca pública del Chemin de la Cote des Neiges, me enamoré de esta ciudad. Esta vez lo leí con más cuidado y menos sobresaltos. Es un monumento al coraje en una de sus más extrañas manifestaciones: La marginalidad. Cada ser humano nace con una capacidad limitada para resistir el rechazo social, por encima de ese aforo la gente, sencillamente, se esconde o claudica. La primera de estas dos opciones es la más practicada en las llamadas sociedades libres, las cuales, en virtud de la diversidad económica, logran crear decenas de estratos sociales que funcionan como nichos para usuarios desesperados. Estos sectores de la sociedad funcionan con sus propios códigos de aceptación y sus mecanismos de "solidaridad". En los regímenes totalitarios la cosa cambia, el estado es dueño de una diversidad económica que pretende empobrecer más allá de la sonrisa de un gato. Los estratos sociales se estrechan en la homogeneidad y el gobierno sabe que puede acceder a ellos cada vez que quiera pues ya no gozan de independencia alguna, están, como se dice en el argot policial, “penetrados”. A todo esto sumémosle el control absoluto de los medios de difusión, la eficiencia de la maquinaria represiva y tendremos una idea aproximada del sarcófago que guarda a la llamada muerte en blanco. El polvo humano, con su sabia intuición de siempre, reacciona según las circunstancias, así aparecen el lumpen patriota, la puta chivata, el maricón integrado y el intelectual comprometido. Algunos, los menos, se niegan a cambiar, pobres de ellos, no saben que serán negados por lo que pretenden defender, descubren con asombro, dolor y resentimiento que son marginados dentro de la marginalidad, en pocas palabras, monstruos, personalidades oscuras, locos malísimos, locas arrebatadas.     

Reinaldo Arenas fue un mutante en cuanto a sobrecarga de marginalidad se refiere. Guajiro donde Cuba es La Habana y el resto es paisaje. Homosexual en tierra de machos muy machos y bien machos. Demasiado bocón para un huérfano de padre. Malagradecido "después que se lo dieron todo". Intelectual entre hombres de huevos y acción. Iconoclasta cuando la orden del día era la veneración de los mártires y sus reencarnaciones redivivas. Delincuente durante la construcción del futuro luminoso. Risueño, burlón y desenfadado en época de seriedad porteña. Pequeño, feo y libidinoso en dirección contraria a las orientaciones. Talentoso hasta el asombro, hasta la duda sobre lo imprescindible de algunos hombres. Poeta sin más armas que la risa y el desparpajo bondadoso, el de la bondad que se entiende como la incapacidad para mirar hacia otra parte, como el desprecio a ser considerado “bueno”. La bondad del que sabe que esta más allá de los ojos que le miran, de aquel que es capaz de escupirnos lo que ve, aunque seamos nosotros, aunque esté equivocado. Lo llevaron desde el pilón hasta la máquina desintegradora, lo molieron hasta hacerlo talco. Las plumas saltaban por las ventanas, blancas, grises y negras, pero plumas intocadas por otra cosa que no fuera el talento, la disciplina o el destino de un escritor. Sus libros se editaban y él no podía tocarlos, la madre y el hijo soñado, se lo quitaban y soñaba otro, se lo mataban y lo volvía a soñar. Se supo muerto, sin hogar, sin trabajo, sin amigos, perseguido por perros verdes entre manigua de caña brava, vivía en el sexo y en la imaginación, entre los dos lo mataron para prestarle la vida.

La película la ví en el Cinema Du Parc, llegó precedida por premios y nominaciones, los nombres de Johnny Depp y Sean Penn, la fama de Schnabel, la reencarnación milagrosa de Barden. Es de lo mejor que se ha hecho sobre nuestro tema desde Memorias. Le perdono las playas de barro por la imagen de Tarzan de los monos en una noche de tormenta, la papillonada de la cárcel por los cordeles con bolitas de papel, el maniqueísmo del juicio a Padilla por el globo de Cantoya y Matías Pérez encerrado en un armario con cadenas. Lástima que no pusieron el punto final cuando Arenas convierte su nombre de familia en polvo de trigo mal ortografiado. El último tercio de la película es un robo a la memoria de un hombre que solo estuvo dispuesto a cambiar en el punto de una sola letra. Nos escamotean la integridad de un escritor que se fue para gritar y lo hizo cuando pudo haberse dedicado a vivir de la fama de intelectual perseguido. Decidió seguir gritando, decidió seguir diciendo lo que pensaba en las reuniones del Pen Club, en cartas a los intelectuales, en revistas llenas de insolencias para con las anquilosadas “tradiciones patrias”. La nueva maquinaria lo separó con unas pocas fricciones, es vieja y sabia en su diseño, la lubrican términos como “political corretness” y “self-destruction”, se mueve con cuerda de papel. Para colmo de males enfermó Arenas con una infección que toca en los más profundo la ancestral mojigatería anglosajona y el machismo tropical, el plato estaba servido para que pudieran olvidarlo. Schnabel se escurre de todo esto, a pesar del gran “valor cinematográfico” que pudiera tener, se pierde en la apología de una amistad, en una entrevista risueña, en el sarcasmo de la gran ciudad, en la injusticia de un ingreso denegado. Arenas pidió tiempo para terminar su obra, escribió letras de canciones entre tubos plásticos y máquinas que dicen bip-bip, subió escaleras, le aulló a la luna y le suplicó a Virgilio cuando pensó que el tiempo no podía alcanzar. A hombres como ese los matamos entre todos, yo con mis manos llenas de galleticas con queso crema y alteas de chocolate, aquel que no quiere reconocer que los próximos mártires morirán entre los aplausos de  manos similares. Es un dolor que no alcanza para dos horas de celuloide, por eso protestan los judíos cuando se habla del holocausto y los negros cuando se filma la discriminación, porque es difícil decir, dichoso tú por las pocas horas del martirio, las dunas fruncen el ceño, por los milagros de tu padre y la fe de tus seguidores, los pinceles raspan como polvo de roca, yo grito tu nombre al tiempo, los ojos miran hacia otra parte, con un dolor que se conjuga en siglos... y se nos luenga la traba.

gomezagc@yahoo.com