CautivosRafael Contreras Llegaron dos camiones
cargados de hombres, eran constructores en el central de la ciudad. Se
lleva a cabo la construcción de una obra inmensa, se levanta en poco un
teatro. Sera el edificio más grande de esta ciudad. Los hombres van bajando de
los camiones, vienen callados. Una hora después comienzan el trabajo.
Solo se escucha el golpeteo de los instrumentos. Esos hombres no se
parecen en nada a otros obreros de la construcción. Llega la hora del
almuerzo y cada uno va a su lado a ingerir su ración de comida; un
diminuto pedazo de pan y algo de arroz salcochado con un caldo
transparente. Los hombres ingieren la ración y piensan en lo que han
perdido, en lo que seguirían perdiendo. No tienen por que pensar en el
regreso a casa al terminar el día, saben sobradamente que pensar en eso
es imposible. Sin tiempo para la digestión del almuerzo reandan el
trabajo. El sol arde mucho más en horas de la tarde. Los hombres siguen
sin parecerse a otros obreros de la construcción. Otros obreros rien y
conversan en medio de una obra, muy por encima de las miserias que cada
cual tenga. Pero estos hombres que construyen en esta obra dentro de la
ciudad no hablan. Se han dejado quitar la palabra por los instrumentos
de trabajo. Los transeúntes pasan cerca de la obra y miran con recelo a
los hombres raros que en ella trabajan. Ningún transeúnte saluda a los
constructores y si alguien lo hiciera no recibiría respuesta al saludo.
Les esta prohibido a esos Llega la noche y entrada la
noche aún siguen las labores. Uno se da cuenta que ya son muchas horas
de trabajo seguidas para un día de jornada. Los hombres reciben el
rancho que les toca como alimento en la noche. Ahora el silencio es mas
triste. De noche el trabajo toma dimensiones de castigo, la noche es
para otras cosas y estos constructores lo saben y añoran callados las
noches que han perdido y las que también seguirían perdiendo. Entrada la madrugada vienen
los mismos camiones y en esos camiones vienen los hombre que reemplazan
a estos en la obra. Los que llegan vienen tan tristes como los que se
marcharon. Parecen todos hechos de la misma material, los mismos rostros
tristes. Van subiendo a los camiones cargando el cansancio de las horas
extras. Cargan el peso del no regreso a casa, el primer camión avisa al
otro la partida con un largo pitazo del claxon. Salen los camiones con
su carga de silencio. Será un largo viaje. Son casi 5 ½ kilómetros
hasta el lugar de llegada y el silencio y la tristeza serán Recibido por telefono de Rafael Contreras, Centro Abdala, Pinar del Rio, Cuba, por Martha Tamargo, del Puente Informativo Cuba-Miami. 20 de febrero de 2001 |