Entrevista con Oswaldo Payá Sardiñas Para que se cumplan las leyes Araceli M. Cantero Guibert La Voz Católica Araceli Cantero, de ciudadanía española, ha sido por muchos años directora de La Voz Católica, periódico del Arzobispado de Miami. Ha viajado a Cuba en varias ocasiones y escrito sobre temas religiosos de la Isla. "Tiene que haber un encuentro del cubano con la condición que Dios le pone dentro: descubrirse ser humano, hijo de Dios con una dignidad, y no someterse a la cultura del miedo a la que está sometido." LA HABANA, Cuba.- Con paciencia y tesón Oswaldo Payá Sardiñas va sembrando semillas de libertad en su patria. Él y sus seguidores del Movimiento Cristiano de Liberación trabajan por los cambios pacíficos en Cuba y sueñan con que "los cubanos se liberen de la cultura del miedo a la que están sometidos". Predicando con el ejemplo, Payá ha lanzado en Cuba el Proyecto Varela, que propone al gobierno cubano un primer paso de apertura a una participación más amplia de los cubanos en el futuro del país. El Proyecto se apoya en la Constitución de la República Cubana, que garantiza a los ciudadanos el derecho a proponer cambios en el orden jurídico, (lo que exige la recogida de firmas), para que después, mediante la consulta popular, el pueblo decida. La Constitución cubana garantiza el derecho a realizar procesos semejantes bajo el artículo 63 y 68. Conscientes de esto y empeñados en de mostrar como el gobierno no cumple sus propias leyes, el Payá y sus colaboradores están realizando la recogida de 10,000 firmas. El texto de la petición y las firmas se entregarán a la Asamblea Nacional del Poder Popular, para que someta a consulta popular, mediante un referendo, cinco propuestas sobre los siguientes derechos: Derecho a asociarse libremente Derecho a la libertad de expresión y de prensa. Amnistía. Derechos de los cubanos a formar empresas. Una nueva ley electoral. Aunque ni Payá ni sus seguidores tuvieron acceso al Papa durante su visita a Cuba en enero de 1998, sí le enviaron una carta con el proyecto. Payá es un católico de toda la vida que ha vivido en su carne las dificultades que han pasado los creyentes en Cuba, sólo por ser católicos. Aún recuerda el día en que, en 1961, su madre recogió a los siete hermanos en una habitación de la casa, y agachados escuchaban a las turbas fuera que gritaban, "gusanos, al paredón." El único delito de los padres había sido educar a los hijos en la fe. Cada domingo iban solitos a misa, entre miradas y palabras desagradables. " Me parecía normal que si iba a ser católico, me tendría que acostumbrar a aquello," recuerda Paya quien nació en 1952 y estudió en una escuelita de barrio con los hermanos maristas. No olvida los comentarios de su madre el 1 de enero de 1959: " Se acabó la guerra, ganó Fidel y perdió Batista." Payá dice que era la primera vez que los oía nombrar , ya que su familia no estaba implicada en la política, ni tampoco era de dinero. "Nunca pensamos marcharnos pero tampoco nos sometimos." A los siete años, Payá no tenía categorías políticas pero estaba dispuesto a sufrir por la fe. En su mente y en su corazón permanece fresca la imagen de un sacerdote con la cara llena de sangre, por las pedradas recibidas en la calle. El era un niño y le acompañaba, como monaguillo, a llevar la comunión a los enfermos Recuerda también como "salíamos a misa los domingos, los cinco hermanos y la gente nos gritaba" gusanitos, monaguillos Nuestra identidad católica era grande," señala al recordar. La numerosa familia se reunía en casa de los abuelos y juntos iban a Misa, pero el 19 de marzo de 1961 los adultos tuvieron el presentimiento de que algo fuerte iba a ocurrir. Decidieron que no debían ir los niños. Y así fue, Iglesia fue atacada por las turbas y los adultos regresaron llenos de golpes y sangre. Payá recuerda que "sin saber lo que era un obispo o una carta pastoral, crecí con fuertes convicciones". Ya joven, fue al servicio militar obligatorio," que trataba de reeducar a la juventud con métodos comparables al los de los campos de concentración". El estuvo casi tres años en Isla de Pinos en donde a los 18 años tuvo contactos con personas de las mas diversas experiencias, plantados del presidio político y angolanos y portugueses que iban allí a entrenarse. También recibía las visitas de su párroco "que nos llevaba la comunión". Al terminar el servicio, el entonces obispo Oves le permitió quedarse en la parroquia donde organizaba celebraciones de la Palabra, en una labor casi de diácono. Y en fines de semana, "abría la iglesia a compañeros y dormían 20 o 30 en los bancos y hablábamos de política, filosofía era un intercambio vivo permanente." Aquel ambiente de solidaridad fue para Payá un gran contraste con el ambiente en la Universidad, poco después, "en donde la carrera estaba por encima de todo y los compañeros te delataban". Y cuando fue a matricularse para estudiar física pura, quienes le entrevistaron, "muy amables trataban de ayudarme diciéndome que yo sólo era católico porque me obligaban mis padres." Su identidad católica le había marcado. A veces los profesores no decían su nombre al leer la lista. Decidió estudiar por las noches porque "el ambiente era más solidario" y dedicar su tiempo a la vida parroquial colaborando también en la acción pastoral en La Habana y después a nivel nacional durante los preparativos del Encuentro Nacional Eclesial Cubano (1986) y la reflexión eclesial previa, conocida como la REC. Su compromiso de fe y su clara vocación laical de transformación del mundo le llevaron, en los años 80, a plantearse seriamente la aplicación de la doctrina social de la Iglesia. Le parecía que la Iglesia se estaba acomodando al régimen, o al menos le preocupaba demasiado cómo el gobierno pudiera reaccionar ante su actuación. Pero Paya creía que debía tener una postura más clara de denuncia. Con un grupo de católicos publicaba la hoja Pueblo de Dios que ellos mismos firmaban y repartían por miles antes de que existieran publicaciones de otros grupos disidentes. La hoja fue suspendida por la Iglesia por medio de una carta circular, ya que, señala Payá, dada la situación de Cuba, sus planteamientos resultaban comprometedores y poco oportunos para una Iglesia que, por entonces, ponía gran cuidado en que no pareciera estar politizando su tarea pastoral. Por aquellos años, el profesor del Seminario de la Habana, el Padre René David proponía para Cuba una teología de la Reconciliación, como alternativa a la Teología de la Liberación que había alentado la acción de grupos de católicos otras partes de Iberoamérica. Lejos de querer comprometer a la Iglesia, Payá y el grupo que por entonces se había constituido en una peña católica de reflexión, optó por crear el Movimiento Cristiano de Liberación. Dejaron de reunirse en un salón parroquial y decidieron "salir de la Iglesia" conscientes de que "no podemos pedirle a un obispo que haga ésto o aquello, sino que vamos a hacerlo nosotros en la calle y según nuestra vocación laical." El punto de partida del movimiento creado por Payá es el Evangelio, y la clave de la liberación "porque es lo que necesita nuestro pueblo." A pesar de su inspiración, no es un movimiento para sólo católicos. Payá no se cansa de decir que "hay que liberar al pueblo de la cultura del miedo a la que está sometido." El señala que en Cuba hay una pérdida de fe en que Cuba puede cambiar, "y nosotros tratamos de promover el protagonismo del pueblo, por vías legales." Este nosotros se traduce en varios centenares de personas, con una sencilla estructura y una voluntad de lograr cambios por el testimonio personal y a través de proyectos de lo que llaman "obediencia civil" no porque las leyes cubanas sean perfectas, sino porque se trata de demostrar, por vías legales, que es el gobierno el que viola sistemáticamente su propia ley." En su opinión, la mayoría del pueblo de Cuba quiere un cambio y quiere que sea sin revancha. "Porque si el cambio es violento, el gobierno que venga será un gobierno de fuerza y si esperamos que el cambio llegue desde afuera, entonces el pueblo no será protagonista del cambio." |