El disidente Ricardo Riaño Jauja Ex-diplomático cubano. Tiene diversas obras de ensayo publicadas, así como crónicas y artículos aparecidos en numerosas partes del mundo. Durante muchos años tuvo una columna de historia y de crítica literaria en el Diario de Las Américas, de donde ha sido extraído este texto. Riaño Jauma falleció en 1997. Le negaban la salida del país, le negaban pensar, le negaban reunirse y hasta creer en otro Dios. Le negaban todo y parecía estar acorralado. Todo ello violaba la Declaración Universal de Derechos Humanos, votada en la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948 y firmada por Cuba. Ricardo Bofill estaba ligado al partido Comunista y fue implicado en la "microfracción". Sus antecedentes no le favorecían para ser un disidente sincero al gobierno de Fidel Castro. En su forcejeo con el régimen de fuerza todo parecía que sería desbaratado, triturado sin piedad como había sucedido con otros. Pero Bofill, educado en esta escuela, tenía las condiciones apropiadas a la lucha que requiere el sistema. Sobrevivió a duras penas contra todas las asechanzas y trampas que le plantearon. Salió del país, aunque no para regresar como pretendía. Es más, si se le permitiera ahora el regreso él no lo aceptaría, porque él no podría ir contra él mismo y su ganado nombre. En los primeros momentos no se le acreditó su posición disidente. Todavía hay rezago de ello. Pero así es la vida y la condición humana, aunque el polemista y dialéctico falta hacia a la oposición disgregada. Bofill no se replegó a pesar del terror con el que se le cercó. Por un gran rato se vio acosado. Y el hecho de no perecer le hacía sospechoso de inmunidad para un sistema que era implacable. Quizás esta opinión creada artificialmente le amparó por un tiempo hasta que esa atmósfera si disipó. Había margen para pensar en un jugarreta de esas que son clásicas en el comunismo, aunque Bofill seguía impertérrito en su feroz estocada. Creó en las mismas barbas del dictador el Comité Cubano de Defensa de los Derechos Humanos. Parecía ser de un metal que no se fatiga. Con ese instrumento en la mano comenzó a pelear inteligentemente. Libró la batalla civil que ha repercutido en Ginebra al reunirse la Comisión de las Naciones Unidas y en la que se discutió el informe de la visita a Cuba de esta Comisión de Derechos Humanos. Allí testificaron Bofill y otras connotadas víctimas, como el sacerdote Miguel Ángel Loredo, el médico Alberto Fibla y Luis Zúñiga, entre otros, que con argumentos y datos fehacientes asombraron al mundo con los episodios relatados. Tan pronto leí la aparición de Bofill, lo imaginé producto de su tiempo y de las cosas que permitieron la farsa de Cuba. Me atrevía a aventurar una opinión aquí, en el Diario de Las Américas (18 de febrero de 1988) sin conocer al personaje disidente. Pero sabiéndolo capaz de desfacer los Molinos de Viento, como Don Quijote en la célebre novela de Cervantes. Hice igual que con Valladares, aunque con éste no era tan riesgoso opinar. A ninguno conocía cuando le entregué una detenida mirada de aprobación. Corrí el riesgo de equivocarme. Mas la manera de insurgir de Bofill me decía claramente que no había engaño. Ahí está firme en medio de la lucha y no sólo es un baluarte del esfuerzo cívico, sino alguien que con su palabra esclarece y nutre el espíritu de los cubanos. Es un educador con una profunda riqueza de ideas y cultura para debatir cuestiones complejas de nuestro tiempo. Bofill inquieto, intelectivo, polémico, se crece en un debate desigual. Tanto Armando Valladares como Ricardo Bofill han ganado un lugar en la historia de estos turbios días y dado un ejemplo moral a esta generación. Bofill, al menos, tiene todos los elementos necesarios para insurgir como líder de un movimiento recobrador. Aparece como todo el que trae un mensaje y piensa modificar una circunstancia social. Él y todos los que han sufrido el terror y la impiedad saben que la primavera no se puede detener y que la historia sigue un proceso de cambio y ya es hora que para Cuba aparezca el hombre providencial. Ese que de tarde en tarde el destino se encarga de colocar en los pueblos para modificar su realidad. En la comparecencia de Ginebra dice Bofill al tribunal de Naciones Unidas: "Soy parte de un sector del pueblo cubano al cual se ha condenado a un destierro monstruoso que, en primer lugar, es absolutamente ilegal". Bien, muy bien. |