Los ayunantes de Santa Clara

Un historia inconclusa

Nancy Pérez Crespo

Editora, escritora y periodista cubana radicada en los Estados Unidos. Es directora de la Editorial SIBI y ha sido una auspiciadora de la disidencia cubana, en especial de los periodistas e intelectuales contestatarios a Castro.

Ya estaban advertidos. La seguridad del estado no quería demostraciones. Pero era 13 de julio de 1997 y los jóvenes son así. No lo piensan. Se fueron hasta el parque Vidal, en pleno centro de Santa Clara y colocaron un ramo de flores junto a un pequeño monumento de provincia.

¿Por qué no lo iban a hacer? ¿Por qué no recordar a quienes murieron ahogados en aquella noche trágica, también un 13 de julio, pero tres años atrás? Si un barco lleno de hombres, mujeres y niños había sido hundido despiadadamente en medio del estupor general, ¿cómo no rendirles homenaje?

Sólo un convencimiento cívico podía impulsar a ese grupos de activistas de derechos humanos, practicantes de la fe católica, a depositar esas flores a pesar de las advertencias y amenazas. Pero las autoridades se habían propuesto impedir que se continuara recordando la masacre del remolcador 13 de marzo, y como siempre, recurrieron al mágico método de crear un "caso".

El 7 de agosto detuvieron a Daula Carpio Mata, líder de los manifestantes, delegada en Villa Clara del Partido pro Derechos Humanos de Cuba (PPDHC), afiliado a la Fundación Andrei Sajárov. Le interrogan, prueban su entereza, constatan sus principios. La liberan el día 30 de ese mismo mes, pero la permanente intención de aplastar a cualquier manifestación disidente, en cualquier lugar de Cuba en que aparezca, sigue adelante.

El 9 de octubre, un agente de la policía política que dice ser un fiscal —en realidad en Cuba lo jurídico y lo policial carecen de límites precisos— llega a la casa de la procesada y en presencia de su familia le informa que dispone de cinco días para nombrar un abogado, pues una mujer a quien Daula no conoce la acusa de haberla amenazado.

La denunciante resulta ser una tal Dairí González, mujer de un militar, doctora en leyes en un penal de Santa Clara, conocida en su barrio —allá que todo se sabe— por vender champú, agua oxigenada y otros productos, actividad ilegal que en Cuba se conoce como "bolsa negra".

Puedo imaginar qué le habrá dicho Laura al cipayo ante tal arbitrariedad. Al retirarse el "fiscal", apareció una patrulla, los agentes apartaron a la acusada de sus familiares y se la llevaron a la cárcel de mujeres de Guamajal.

Todos los vecinos de su cuadra la escucharon cuando gritó que se plantaría en huelga de hambre. Y el ejemplo cundió entre los demás activistas, familiares y amigos.

Ese mismo día los activistas de Santa Clara visitaron al ejecutivo de su partido en La Habana y a través de Radio Martí se hizo un llamado de todas la delegaciones del PPDHC para que apoyaran el ayuno, no sólo por el trato contra Laura, sino por las arbitrariedades que se cometen a diario contra disidentes, opositores y periodistas independientes dentro de la Isla.

En el interior de una sencilla casa villaclareña, junto a una imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, una bandera cubana y una foto del Papa, comenzaron el ayuno y las oraciones. Había también ancianos y niños. Allí colocaron un libro donde podían firmar los que quisieran solidarizarse.

Así transcurrieron cinco días ante el asombro de todos, alimentándose sólo con líquidos. Eso era algo que allí nadie había echo. Todos querían que Daula fuera liberada, que se hiciera justicia, que acabaran los atropellos. Ya basta de denuncias escritas, ya basta de avisos a la prensa extranjera, había que hacer un acto cívico, una demostración pacífica ante las autoridades, ante el pueblo.

A las 5 de la mañana de ese mismo día del mes de octubre, llega otro "fiscal" con dos patrulleros, e irrumpen por una ventana de la casa. Detienen a todos, menos a Jeny Godoy Mata, la hija de Laura, por ser menor de edad, y a Ileana Peñalver Duque, porque estaba ahí con su hijo de tres años, enfermo de conjuntivitis y asma. Decomisan el libro de firmas y entregan la bandera a la presidenta del CDR de la cuadra.

Pero Ileana y Jeny continúan el ayuno, y se le unen otros. Casi al finalizar la mañana comienza el acto de repudio, donde se profieren palabras ofensivas y hasta escupen a los ayunantes. A las cinco de la tarde llegan dos camiones con personal de "brigadas especiales" (paramilitares). Acordonan el lugar y se llevan a Jeny, a Ileana con su hijo, al Dr. Guillermo Fariñas Cabezas, también activista del PPDHC, y a Vicente Ramos García, delegado de ese partido en Sancti Spíritus. Lo sacan cargados, porque se niegan a retirarse.

A los detenidos los distribuyen por diferentes unidades policiales de Santa Clara, a fin de que no trascendiera las proporciones del hecho y manipular mejor a los ayunantes. La prensa oficial sólo se ocupa de encubrir la verdad y la extranjera acreditada no incursiona mucho por provincias, y menos lejos de las playas.

Cuatro días más tarde, liberan a seis activistas, entre ellos a la madre de Daula, de 54 años, e Ileana Peñalver, la mamá del bebito enfermo en espera de un próximo juicio. Sin embargo, quedan detenidos —además de Daula— Jeny y su hija de 15 años, Roxana, su hermana de 31, y otros. La jugada del régimen era obvia, presionar a Daula a través de su madre y de su hija.

Todos detenidos y liberados se negaron a firmar el acta que los acusaba de atentado a la seguridad del estado, propaganda enemiga, asociación para delinquir y atentado contra la paz internacional.

A pesar de las amenazas y chantajes del sistema judicial castrista, los activistas adentro y fuera de la cárcel continuaron el ayuno. La historia que continúa es larga y lamentablemente poco conocida. Pero así fue el principio de este ayuno, que se mantuvo inicialmente por 120 días durante los cuales en Santa Clara ocurrieron otros hechos, como el homenaje arqueológico a los huesos del Ché y la misa del Santo Padre. Pero todavía puede ocurrir algo más en la capital villaclareña a pesar de las maniobras del gobierno cubano, la incrédula inercia de otros, el ayuno continúa, esta vez total.

Seis de los once ayunantes de Santa Clara decidieron el 24 de febrero pasado declararse en huelga de hambre, pues el régimen había incumplido lo acordado con las madres de estos jóvenes, a quienes se les propuso aceptar el destierro de sus hijos a cambio de conmutar las condenas.

Las tres mujeres y tres hombres integran este grupo: Daula Carpio Mata, de 33 años y líder del grupo. Es maestra y técnica en astronomía; Liliam Meneses Martínez, de 45 años, es licenciada en historia y profesora de nivel medio, tiene un hijo de 20 años, quién también es activista del grupo de apoyo de los ayunantes; Iliana Peñalver Duque, de 26 años, tiene dos hijos, de 3 y 8 años, José Antonio Alvarado Almeida, 33 años, licenciado en cultura física; Iván Lema Romero, 35 años, también licenciado en cultura física y en inglés, es padre de un niño de 12 y de una niña de 10; José Manuel Llera Benítez, 41 años, un pequeño agricultor de que tiene dos hijas de 11 y 19 años y un varón de 20.

El estado físico de todos ellos es delicado, pues padecen de diferentes dolencias asociadas al ayuno. Así mismo, han perdido sus empleos y algunos hasta sus relaciones afectivas.

Los ayunantes de Santa Clara, quienes han demostrado su indoblegable decisión de mantener sus demandas están en manos de una tiranía que no vacilará en prolongar los sufrimientos de este ayuno, obligándolos a ingerir alimentos, incluso por vías intravenosa o nasal, porque a estas alturas de su desprestigio internacional, a Castro no le conviene agregar seis mártires más a su ya larga lista.

Frente a este régimen intolerante, la naciente sociedad civil cubana requiere de la solidaridad internacional, en particular de los gobiernos democráticos, organizaciones no gubernamentales, religiosas y de derechos humanos, así como medios de prensa. Únicamente ellos pueden evitar que una actividad pacífica que solo intentó conmemorar un crimen horrendo se convierta en un nuevo atropello a la dignidad humana.

Nota del editor: Este artículo fue originalmente publicado en Diario Las Américas en 1998.