Esperando otra cruzada

Leonel Morejón Almagro

Abogado, uno de los fundadores de la Corriente Agramontista y creador del proyecto Concilio Cubano, que representa la realización más sobresaliente de toda la disidencia cubana hasta 1996. Fue encarcelado por sus ideas, y también ha sido extorsionado y agredido por las fuerzas represivas castristas.

LA HABANA, junio - ¿Vendrá otra cruzada?; me pregunto inquieto al leer el discurso del emperador —perdón, quiero decir del presidente— pronunciado el miércoles 3 de junio en La Habana ante los campesinos (unos 500 directivos de Cooperativas de Crédito y Servicio) que escucharon más asustados que interesados el largo soliloquio que acostumbra a imponer el "líder" a sus más diversos auditorios.

Me imagino el espanto del pueblo al oír en el discurso las acusaciones de "corruptos", "ladrones", "explotadores", "bandidos", a los "intermediarios" —según el— los principales responsables de los altos precios de las viandas, la carne de cerdo, el arroz y los frijoles. Tras la acusación suele llegar la purga y los productos desaparecer nuevamente del mercado.

A los desdichados "intermediarios" no es primera vez que se les acusa, como no será la primera vez que dieran con sus huesos en la cárcel luego de operaciones policiales judiciales carentes de toda garantía que en Cuba se desatan como por "arte de magia" tras un discurso de tal naturaleza. En Cuba las palabras de Fidel son fuentes de derecho y ley misma —sin necesidad de otro intermediario. No olvidar que es presidente del Consejo de Estado, el Consejo de Ministros, primero del Partido Comunista, primero del ejército, primer legislador, primer ciudadano y primero de los que se invente en el futuro.

Ejemplo de cruzadas sobran. Son tristes y notables las desatadas contra los artesanos: una nombrada "Pitirres en el alambre"; en el 1983 una se llamó "El plan botella"; en el 1991 existió "La cascabel", y en aquel 1994 de miseria la famosa cruzada contra los macetas, donde se atacó con furia a todo el que tuviera dos carros o dos televisores o "viviera por encima de sus posibilidades", con la premisa de que se habían enriquecido ilícitamente y no podían justificar sus ingresos o bienes de acuerdo con su salario; salario que en Cuba no llega nunca a resistir el primer embate de la plaza. Los cubanos trabajamos para comprar una semana de frijoles y un día de gloria, el día del aceite y del bistecito de puerco; los demás los damos al invento. En esa cruzada quitaron carros, televisores, caballos, ventiladores, casas, la lista sería interminable. Todas estas confiscaciones y decomisos debemos "agradecerlas" al decreto ley 149-94 —vigente en la actualidad— y que merece estar presente en la futura antología de monstruosidades jurídicas, por el menosprecio a la propiedad como institución y el quebrantamiento de todos los ordenamientos jurídicos históricos y modernos. Este decreto ley se legisló y reglamentó a una velocidad vertiginosa después de "unas palabras"; la cruzada cesó pero ahí está el decreto ley para echarle mano "cuando sea necesario".

Lo mismo sucedió cuando, después de unas palabras sobre el terrible "daño que se le hacía a la producción agropecuaria" por aquellos que hurtaban viandas en las cooperativas del estado, se decretó realizar guardias con armas de fuego en los cultivos, provocando la muerte y heridas graves a un número no determinado de personas que cometían el "gran crimen" de sustraer un poco de yuca.

Una cruzada contra los "intermediarios" —legítimos comerciantes en cualquier lugar del mundo— se desató en el año 1985, donde en un discurso similar el mismo primer hombre atacó y culpó a éstos. Los calificó de "bandidos del Río Frío", de "especuladores" y, sin terminar los ecos del discurso, ya estaban presos cientos de hombres y mujeres, a los que la propia ley les había autorizado realizar operaciones comerciales en los llamados mercados libres campesinos. Mercados que desaparecieron, no sin promesas incumplidas --como siempre-- de mantener y aumentar los servicios que estos mercados brindaban a la población.

Nueve años después, en octubre del 94, el estado de hambruna colectiva obligó al gobierno permitir (esta vez con mayor participación estatal) una especie de mercado libre campesino, que en esta ocasión llamó mercado agropecuario.

El cubano, pueblo noble; olvidando los agravios, trata de mitigar el hambre y en este 98 se esboza otra cruzada; los mismos métodos, idénticas palabras: "corruptos", "bandidos", la amenaza en los labios del supremo castigador. Hoy, como en el 85, una débil ley lo protege. Cabe preguntar: ¿acaso existirá la ley?, ¿se desatará otra cruzada? ¿se empequeñecerá la casi inexistente economía agraria?

En el mismo discurso el hombre reclamó se cumpla y opere el mecanismo de la oferta y la demanda. Es asombroso. La libertad se da o no se da. Es imposible que florezca un mercado libre con intervenciones absurdas del estado o con pautas del comunismo conservador de los 60. El productor primario agrícola rara vez es buen comercializador. La oferta y la demanda, la seguridad del respeto a la propiedad, la libertad de mercado y de negocio, es la base más segura del progreso agrícola industrial de un pueblo.

Han pasado diez días y espero, mientras rezo por mi pueblo para que no se desate otra cruzada; precisamente no es una salvación las que nos trae esa cruzada… los caminos de Dios son infinitos, quizás éste sea el último paso y lejos de perdernos llegue a redimirnos.