Disidente

Crónica

Carlos A. Sotuyo

Abogado y escritor cubano, fue uno de los directivos del Comité Cubano Pro Derechos Humanos en la provincia de Ciego de Ávila.

A las cuatro de la madrugada sale de su apartamento en el edificio 39 del microdistrito. Es Pedro Argüelles Morán. No ha encendido las luces al levantarse, y ahora cierra la puerta cuidadosamente. Lleva un yaqui negro y una gorra. Los papeles y un pedazo de pan los oculta trabajosamente bajo el yaqui. Debe caminar dos horas a través de las calles de Ciego de Avila. A las dos de la tarde será la llamada.

Los demás teléfonos que usaba para comunicarse con los periodistas en el extranjero han sido cortados. En esta ciudad funcionan por cuadra uno o dos de esos aparatos decimonónicos y son escasas las personas que se lo ofrecen a alguien como Pedro Argüelles, vocero del Comité Cubano pro Derechos Humanos. Pedro sabe que él es sistemáticamente seguido por agentes de la seguridad del estado , vestidos de civil, quienes simulan ser transeúntes ocasionales. Ya conoce a varios, porque sus miradas se repiten con insistencia en una ciudad de doscientosmil habitantes. Pedro a veces los saluda, y continúa.

Cuando lo detienen, los oficiales que lo interrogan disponen de una información completa de sus movimientos. Por eso ha decidido levantarse antes que la luz. Lo hace todos los miércoles, como hoy, un día de 1994. Pedro Argüelles es un mulato de cuarenta y siete años, alto, vehemente para expresar sus ideas y sereno para, como hoy, andar entre lo oscuro.

La calma es absoluta a esta hora. Un caballo flaco, que tira de un coche, deja sus huellas en el silencio, como un martillo. Distante, el carro patrullero de la policía atraviesa la calle. En el parque, un borracho descalzo aniquila su sueño sobre un banco. Pedro piensa en el largo día que se inicia. La humedad del amanecer le brinda un aire puro.

Casi a las seis está a cien metros de la casa. A esa hora le abrirán la puerta. En la esquina ya están reunidos varios abuelos que esperan el carro de la leche. Hacen cola. Pedro se introduce en el grupo. Unos hablan del juego de pelota de anoche; otros, de los cigarros que venden hoy en la bodega; y sin falta, se quejan del tiempo que tenemos, sin lluvias.

Pedro observa el reloj y se dirige a la casa. Saluda al amigo, un expreso político de los años sesenta. A veces le brindan café, otras se excusan, porque no tienen. Y pasa al patio, donde hay un pequeño taller de carpintería. Sólo el viejo sabe qué espera este hombre allí durante toda la mañana. Pedro lee y escucha la radio. También habla con el amigo de cómo andan las cosas.

Al mediodía lo invitan a almorzar. Responde con las mismas palabras de hace siete días: gracias, yo traje lo mío. La señora no insiste: la invitación era un cumplido. Entonces él saca lo suyo cuando desaparecen. El pan está duro y debe masticarlo despacio para poderlo digerir.

A las dos sonará el teléfono. Es la voz de Angélica Mora, desde Washington. Así ha sido durante dos meses, todos los miércoles. Pero esta vez unos golpes en la puerta se anticipan. Pedro mira al viejo y mueve los hombros. No hay nada que hacer. Ya una vez evadió una detención y terminaron capturándolo.

Simplemente le dicen Vamos. Le ocupan los papeles con las denuncias, y lo esposan. Pedro obedece en silencio, como un niño. Se pregunta a sí mismo cómo pudieron encontrarlo. Pero la realidad es que ya está dentro de un carro del Departamento de Seguridad del Estado. El oficial que lo conduce se vuelve y le adelanta la primera pregunta del interrogatorio: ¿Dónde dormiste anoche, Pedro Argüelles? Pedro no responde. El tipo sigue: fuimos a buscarte a tu casa a las cinco de la mañana, y no estabas. Fuimos a la casa de tu hermana, y tampoco. ¿Dónde diablos tú estabas? Pedro sonríe y da una contesta diríase mística: no sé.

No sólo habían ido a buscarlo sino que registraron la casa y se llevaron a Yolanda, su esposa. Ella desconocía dónde se encontraba su marido. Pero ellos no le creyeron.

Cuando llegan con él al técnico (1), disponen liberar a Yolanda. Se lo dicen: ya tenemos a Pedro. Ella se da cuenta de que era simplemente un rehén. Exige conocer dónde lo tienen y cómo está. Se ha detenido en la puerta negándose a salir. El teniente que la custodia le ordena irse. El está en algún lugar de la provincia, y está bien. Yolanda toma la calle bajo el sol de la tarde. El mundo le resulta un juego de locos. Pero no llora. Una extraña energía la anima.

En ese momento a Pedro lo despojan del cinto, de los cordones, del carné de Identidad, de sus llaves y de una cuchilla que siempre porta. Ya no tiene nada encima que no sea la vestimenta esencial para cubrirse. El oficial se queda con la cuchilla en la mano, observándola. Después busca en un papel y le dice el número que le corresponde: así Pedro se transforma en una cifra de cuatro dígitos. Por quinta ocasión asiste a esta ceremonia. El le llama las puertas de la nada.

Descienden por una escalera. Lo llevan a través de los pasillos en penumbras con las manos cruzadas a la espalda. Conducen a otro recluso en sentido contrario, y le ordenan ponerse de cara a la pared. Nunca debe saber quienes lo acompañan en el sótano de este edificio que desde la carretera parece un motel o una clínica. La celda no tiene rejas, sino una plancha de acero con una ventanilla. Estaba vacía, esperándolo en el silencio.

Diez o quince horas después ( el tiempo es aquí una dimensión sin medida) llaman al número que es Pedro. Es la primera entrevista. El teniente Alfredo Díaz deja caer un grueso folder sobre la mesa y el ruido del golpe choca con sus palabras: este es tu expediente, Pedro Argüelles. Entre otras cosas tenemos transcrito todo lo que hablas por las emisoras contrarrevolucionarias. Mira a los ojos del detenido y le dice con firmeza: es para condenarte a cien años. Yo lo sé —dice Pedro— todas las mañanas me pregunto cómo es que amanezco en mi cuarto y no en un camastro de Canaleta (2). Pero es que puede pasarte algo peor que Canaleta - comenta el oficial que es más joven que Pedro, y dice tener la paciencia de un carpintero que le saca los secretos a la madera. El palo ahora es Pedro, y responde ágil: sí, yo sé que ustedes matan. No, te equivocas, nosotros no matamos- Dice Alfredo Díaz y abre el expediente.

Cuando lo devuelven a la celda Pedro va convencido de que esta vez terminarán condenándolo. La causa de propaganda enemiga con sus ocho años pende sobre él .

Afuera, los demás activistas del CCPDH (3) han lanzado la noticia sobre su detención. Llaman a un amigo en Miami. Este la transmite a todos los ecos posibles, incluyendo a Radio Martí.

De cualquier modo la Seguridad tiene decidido que este no es el momento de Pedro Argüelles. Tres días después lo ponen en libertad. Sin embargo Libertad es apenas el nombre de una céntrica calle de la ciudad de Ciego de Avila. Los Seguros son ellos —bromea Pedro— el resto somos los Inseguros. Así es. Frecuentemente lo detienen, al menos por unas horas. Un policía lo somete a un registro corporal, mientras transita por la calle Independencia. Le ocupa su libreta de teléfonos. (El conserva otras copias). Frente a su casa se estaciona a veces un carro blanco. Dentro, un hombre con walky talky observa el paisaje y transmite quién sabe qué. Pedro cruza la calle con indiferencia. Pero hay amigos que no lo visitan más. Otros, que antes se reunían con él al oficio cubano de hablar mal del gobierno, ahora lo eluden, y ni siquiera lo saludan. Y están los que, discretamente, le dan la mano y le echan el brazo por encima. Le preguntan cómo estás y se despiden siempre con la misma palabra: cuídate.

Para comunicarse con el extranjero Pedro viaja a la Habana. De noche toma un tren. Lo hace oculto, con un pasaje sin su nombre, viniendo del lado opuesto de la estación y sin equipaje (alguien lo sube por él). Desaparece. En la capital visita a Gustavo Arcos, y otros disidentes. Desde algún teléfono lee las denuncias sobre violaciones de los Derechos Humanos, como si estuviera en Ciego de Avila. Hay días que sólo come una papa rellena: el dinero no da para más.

Transcurren varios meses, todo un año. Crecen los escombros y el polvo sobre la ciudad. Una noche de septiembre está leyendo un libro. Son las nueve más o menos. Dos policías llegan a la casa. Le dicen que al día siguiente, a las ocho de la mañana, debe presentarse en la Unidad. ( Unidad es como le dicen al cuartel.) Si no hay una citación oficial no voy a ninguna parte —responde el aludido. Los guardias no son de la Seguridad, sino simples policías de gorra azul y uniforme azul. Pedro no los había visto antes. Ellos mueven la cabeza por respuesta y se van.

Más tarde regresa el patrullero con el ruido de la sirena. Los vecinos ven a tres policías que sacan a Pedro Argüelles esposado de su casa. Una semana más tarde es el juicio. Lo acusan de resistencia a la autoridad. Nada se dice de los supuestos delitos políticos. Unicamente, como "agravante", el Presidente del Tribunal se refiere a que "Pedro no está integrado a la sociedad revolucionaria." Al concluir le pregunta al acusado si tiene algo que añadir. Esta es una farsa teatral más de las que ustedes montan, —responde Pedro acentuando las palabras— y se hará lo que ya tienen decidido. Es decir, lo que les ordenó la Seguridad del Estado.

En los muchos años de su oficio el Presidente no había escuchado semejante diatriba. El, un fiel militante de la revolución, a quien la sola presencia de un enemigo lo irrita, hubiera deseado sepultar a este negro por diez años en las rejas. Pero recuerda que es necesario hacer de Pedro un delincuente común, un tipo que se niega a obedecer a la autoridad policial "que sólo lo citaba para una aclaración sobre un robo que hubo en el vecindario". Lo condenan a nueve meses de cárcel. Toca la campanilla. La Vista Oral ha concluido.

Notas:

  1. "Técnico" se deriva del conocido Departamento Técnico de Investigaciones. Ahora se titula Departamento Provincial de Instrucción Policial. El pueblo lo conoce como todo el mundo canta.
  2. Canaleta es el nombre de la Cárcel Provincial.
  3. Comité Cubano pro Derechos Humanos.