Fidel Castro y el disidente Ricardo Bofill Guillermo Martínez Márquez Es una de las figuras más importantes en la historia del periodismo cubano y continental. Fue director de los diarios habaneros Excelsior y El País y uno de los fundadores de la Sociedad Interamercana de Prensa. Es considerado como uno de los máximos defensores de la libertad de prensa y de información en el mundo. Este artículo fue publicado originalmente en Diario Las Américas en septiembre de 1986. Mientras la publicidad al servicio del comunismo internacional bate palmas por la "generosidad" de Fidel Castro al permitir la salida de Cuba de un centenar de ex presos políticos algunos de los cuales contaban más de veinticinco años encarcelados de la Isla llegan noticias de nuevas y tal vez más numerosas detenciones. Si las rejas se abrieron para la liberación de algunos, pronto volverán a cerrarse tras nuevos sentenciados. Hay que rellenar las celdas. La fortaleza del marxismo se mide por el miedo de la ciudadanía. El temor es el mejor aliado de los jerarcas comunistas, en Cuba y en Nicaragua ahora, como antes en la Unión Soviética, o en Alemania Oriental, Budapest y Praga fueron buenos ejemplos del imperio de la fuerza bruta. Hace apenas unos días, Fidel Castro pretendió ofrecer al mundo una demostración de magnanimidad. Atendía una justa demanda de la Comisión de Derechos Humanos y de Amnistía Internacional y al mismo tiempo accedió a las reiteradas gestiones de una comisión de Obispos norteamericanos y dictó la liberación de un grupo de prisioneros políticos. Su "generosidad" fue más allá de lo acostumbrado cuando habilitó a los liberados y a sus familiares para que abandonaran la isla y viajaran a Estados Unidos. Horas más tarde el cable internacional tuvo que informar, que las prisiones cubanas habían sido habilitadas para recibir a otros sentenciados, que también podían contarse por millares. Las "purgas" iniciadas para castigar a numerosos personeros del régimen, contribuirían, en cierta proporción, a ha última jornada, sin contar que continuarán las condenas y aumentarán también los castigos a los que vayan perdiendo la protección oficial. Pero hay un caso que merece especial mención, pues ya ha saltado del cerco de la censura policial cubana. Se trata de un disidente, bien conocido en el exterior por sus méritos como profesor de filosofía y su carácter tenaz. No había terminado el pasado mes de agosto, cuando se supo que Ricardo Bofill se había asilado en la embajada francesa de La Habana. En anteriores oportunidades, la policía de la capital no se había detenido ante las puertas de las residencias diplomáticas. El caso del Perú hizo historia. Todavía en esta nueva ocasión fueron muchos los que temieron que la fuerza publica irrumpiera en la sede diplomática para arrestar al disidente. Pero los socialistas franceses han mantenido excelentes relaciones con la Primera República Socialista de las Américas, y las fuerzas armadas no se atrevieron a repetir anteriores barrabasadas. En tiempos recientes, Castro ha perdido algunos de los que fueron sus aliados, y el gobierno de La Habana no se atrevió a emplear la fuerza. Las relaciones de Fidel Castro con el Primer Ministro Jacques Chirac no podían exponerse a una situación difícil. Desde París, el gobierno pidió discreción, aun que Fidel Castro no sabe que es discreción, sus consejeros le advirtieron que debería guardar silencio. Parece oportuno recordar que no era la primera vez que sucedía algo semejante. Hace años, (en el 83), Carlos Rafael Rodríguez le sugirió a Bofill que abandonara la embajada, pues el gobierno no lo molestaría. Pero, poco después, a pesar de ha pro mesa, Bofill fue detenido. Años más tarde, nuevo asilo, nueva promesa y nueva detención. Ahora el silencio ha sido casi absoluto. Se sabe que el disidente está en la embajada. No se tienen noticias de que se gestione su salida de la sede diplomática, ni mucho menos del país. La tenacidad del profesor disidente se enfrenta con la aparentemente irreductible resolución del gobierno de La Habana. Esta vez no se sabe de gestiones de Carlos Rafael Rodríguez. Fidel Castro permanece también silencioso. Y el embajador de Francia ni siquiera ha querido confirmar la veracidad de ha noticia de que el disidente está en la legación de Francia. Pero los periodistas no pueden, no deben guardar silencio. Los de Francia, porque fue una entrevista precisamente acordada con un colega de París la que inició el último proceso y provocó el más reciente asilo. Y los demás colegas, porque misión irrenunciable del periodismo es dar noticias de cuanto ocurre digno de ser divulgado. Y Bofill es noticia de primera plana desde hace años. Concurren a la actualidad varias preguntas. ¿Desistirá Bofill de su decisión? ¿Será Carlos Rafael Rodríguez, y en definitiva el mismo Fidel Castro quien tenga que cruzarse de brazos para esperar una solución cordial con "los amigos socialistas de Francia"? La Comisión de Derechos Humanos y Amnistía Internacional no pueden permanecer con los brazos cruzados. El caso del disidente Bofill tiene que ser resuelto antes de que cualquiera de las partes pueda complicarlo. Tal vez cuando esta nota sea publicada, estará resuelto. Acaso entonces sea más difícil resolverlo. Nota del editor: Publicado en Diario Las Américas en 1986 |