De Cuba viene el cantar

Andrés Reynaldo.

Escritor y poeta cubano con varios premios literarios en Cuba y Estados Unidos. Columnista de El Nuevo Herald. Ha publicado dos libros de poesía.

En una hora crucial, Elizardo Sánchez Santa Cruz llegará el lunes a Miami. En el momento en que alcanza su definición mejor. Para esta visita (este sí que de verdad sólo viene de visita) el líder disidente trae el aura del reconocimiento internacional y de otros amargos años de rigurosa y abierta denuncia de los derechos humanos en Cuba. Viene con la ronca voz de los luchadores de la primera trinchera, allí donde el fuego quema antes de que se vea su resplandor.

Junto a Gustavo Arcos Bergnes, Sánchez integra el decanato de la oposición que se quedó en la isla a sostener un precedente de coherencia, coraje y responsabilidad moral. Esa acosada familia de apenas unas cuantas decenas de activistas ha dado raíz ya casi por dos décadas a la sociedad civil, visto en su aspecto sociológico. Desde una perspectiva humanista, han preparado la refundación poética de la nación.

Sánchez, Arcos, Ricardo Bofill, Jesús Yáñez Pelletier, Sebastián Arcos Bergnes, Oswaldo Payá, entre otros valientes que iniciaron y continúan este movimiento contestatario en las dos orillas de la nacionalidad, han conformado lo que a mi juicio constituye la primera generación política en la isla comprometida unánimemente con un pensamiento democrático, que incluye una valoración crítica de lo cubano. Autores de una transformación de la cultura ciudadana que estaba pendiente desde mediados del siglo XIX. La primera clase cívica que surge desde el reclamo ético de la persona, desligada de intereses económicos y partidistas.

Abrazo de solidaridad

A esta pléyade (y el ditirambo es alevosamente deliberado) han querido honrar en estos días los jefes de los gobiernos francés y español, y personalidades europeas y latinoamericanas de marcada influencia en los asuntos de Cuba, mediante la figura de Sánchez y su labor en la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional. Por encima de las diferencias programáticas y los matices ideológicos, estos reconocimientos internacionales (hubiera bastado una foto de ocasión en el umbral de una cancillería) abarcan a todo el conjunto de la oposición a la dictadura, dentro y fuera del país. El pasado martes, al entregar a Sánchez uno de los más prestigiosos galardones de derechos humanos, el presidente Jacques Chirac nos estrechó también en un abrazo de permanente solidaridad.

De igual modo, Sánchez viene a esta ciudad como un símbolo vívido de la madurez, la legitimidad y el heroísmo de la disidencia. Oportunidad para que aquellos líderes locales que difieren o desconfían de algunos planteamientos de los disidentes se sienten a intercambiar opiniones con alguien que, más allá de los desacuerdos, es uno de los abanderados del restablecimiento de la democracia en la isla. Lo menos que puede desprenderse de esos encuentros es un saludable y franco conocimiento que ahonde la visión de cada cual, por irreconciliables que sean sus puntos de vista.

Hay que cerrar filas en torno a los objetivos posibles. Los que abogan por asesinar al dictador no están obligados a ser enemigos de quienes tratan de asesinar la dictadura. (Sin que por eso cada quien no siga trabajando en lo suyo.) Sobran las razones para dudar de que Fidel Castro pueda ser empujado a desmantelar el castrismo. Pero es un hecho que hasta hoy ninguna estrategia beligerante ha desmantelado a Castro.

Demasiada sangre ha pasado bajo los puentes como para que algunos no acaben de comprender que la disidencia interna es ancla de toda solución estrictamente cubana a nuestros problemas. Por lo demás, estamos en un momento privilegiado en que el exilio, la disidencia, la Iglesia Católica y los sectores comprometidos con la dictadura pueden encontrar terreno común en la tesis de una transición serena y relativamente rápida, bajo la sombra de un abrumador apoyo internacional. Ahora o nunca. Quien no mueva pieza está condenado a perder este ajedrez. Que Castro, pues, se ahogue acorralado entre sus peones.

Nuevos caminos

Este ha sido el año en que Cuba ha recobrado un ángulo de atención en las cancillerías occidentales, en buena medida por la inesperada constancia de la administración del presidente Bill Clinton. Sobre todo, se ha establecido un consenso acerca de la naturaleza de los cambios que deben desarrollarse y se ha tomado en cuenta a los protagonistas isleños. En Miami, donde a veces el dolor ciega lo que la inteligencia ilumina, hubo un desplazamiento de la capacidad de convocatoria hacia un centro capaz de conjugar anticastrismo y realidad. La presencia de Sánchez contribuye, aunque sea en su mera dimensión simbólica, a despejar nuevos caminos. Lo suficiente para un esperanzado brindis, a ver si por fin pasa lo que todos queremos que pase. Feliz Navidad, Elizardo.

Nota del editor: Este artículo fue publicado originalmente en El Nuevo Herald, en 1996.