| El fin de un período Entrevista
con Ricardo Bofill al llegar a Madrid Carlos Alberto Montaner Escritor y ensayista cubano. Autor de numerosos libros y estudios sobre la historia y la política de la sociedad cubana. Presidente de la Unión Liberal Cubana y vicepresidente de la Internacional liberal. Uno de los fundadores de la Plataforma Democrática Cubana. Al llegar al exilio, Bofill afirmó que el movimiento pro derechos humanos no podrá ser derrotado. Madrid La entrevista fue al vuelo. O más bien entre vuelos. Ricardo Bofill y su compañera, demacrados por la ansiedad y las tensiones, entraron al fin en la sala de tránsito de Barajas. Traían a sus espaldas un sin fin de años de lucha, prisiones y maltratos. Eran las siete de la mañana. Dos horas más tarde seguirían rumba a Francfort, invitados por una asociación pro derechos humanos. Cuando los vi, a pocos pasos, nadie había reparado en ellos, y sólo los escoltaba un discreto policía de paisano. De pronto se produjo la hecatombe. Flashes. Abrazos. Armando Valladares sonriente. Trípodes y cámaras venidos de Miami con una sorprendente precisión. ¿De dónde salieron en el momento exacto Lourdes Meluzá y Leticia Callava con los micrófonos puestos y una docena de preguntas inteligentes a punta? Fue casi como de magia. Bofill miraba asombrado, pero sin susto. Enseguida se dio cuenta que estaba rodeado de gente amistosa. Periodistas, y sin embargo amigos. No obstante, de reojo, Bofill solía observar un par de maletines de mano que había traído de Cuba. Tenían que ser de Cuba. Uno era negro, como de partero antiguo, y al otro le faltaba un asa, estaba abierto, y dejaba ver un enorme radio ruso, a prueba de Radio Moscú, precursor del transistor y probablemente inductor de gravísimas hernias. Era lógico que lo trajera: Durante décadas Bofill y su grupo han tenido la sensación de que sólo los unía al mundo el hilo invisible de la onda corta. La radio para los cubanos ha sido mucho más que un medio de información o de entretenimiento. Ha sido un remedio para no morirse de asco. Ha sido un asidero para no entregarse del todo a la tristeza. P. ¿Qué queda, Bofill, en Cuba de tu comité? R. Queda un grupo excelente. Gustavo Arcos ha tomado mi lugar. Tengo curiosidad por ver cómo intentan difamar a Gustavo, un hambre con biografía de héroe. Gustavo le salvó la vida a Fidel [Castro] cuando el Moncada, a riesgo de la suya propia. P. ¿Y Fidel se lo ha perdonado? R. No. Por supuesto que no. En aquel momento Fidel lo dejó gravemente herido y huyó. Muchos años después lo hizo apresar cuando Gustavo relató esta anécdota. Fidel ha sido muy duro con los testigos de sus verdaderos límites humanos. A Mario Chanes, que lo vio huir en el Moncada y luego en el Granma, también lo odia. Lleva veintitantos años de prisión. Y no lo suelta, sólo para que no cuente lo que sabe. P. ¿Cómo es Fidel, Bofill? ¿Cómo te imaginas al adversario contra el que llevas tanto tiempo batallando? R. Realmente no hay nada especial. Es sólo Un gángster. Aunque impredecible, porque hay en él ciertos componentes patológicos, pero a Fidel no hay que explicarlo desde el marxismo, sino desde las pandillas gangsteriles. Aparentemente es el presidente de una república, pero en el fondo es un pandillero con tres encausamientos por hechos de sangre. P. ¿Por qué te dejó ir? R. Supongo que pensaba que eso debilitaría al movimiento pro derechos humanos, pero eso es un error. Castro no puede ganar esta batalla. Si nos deja en las calles crecemos en las calles. Si nos encarcelan, crecemos en las cárceles. Y ya no puede matarnos, porque el escándalo sería tremendo, pero tampoco puede complacernos porque su régimen peligraría. P. ¿Se caería si respetase los derechos humanos? R. Desde luego. El movimiento de los derechos humanos tiene unas consecuencias políticas tremendas. Si Castro permite la libertad de prensa, de movimiento y de organización, si autoriza la libre sindicación, o si admitiera el derecho de huelga, su régimen se tambalearía. Si nos reprime se debilita porque muestra su naturaleza repulsiva. Y Si no nos reprime se debilita parque la protesta popular comienza a alcanzar niveles de clamor. P. En Chile, por ejemplo, Pinochet acaba de perder un plebiscito. ¿Perdería Castro una consulta similar? R. Sin duda. Y por un margen aún mayor. Ya muy poca gente cree en ese sistema. ¿Y los marxistas? R. Ya casi no hay marxistas. Con el tiempo y la práctica el pueblo cubano ha descubierto que no hay filosofía marxista, ni economía marxista, ni una manera realmente válida de interpretar las cosas como prometen los marxistas. Todo eso no es más que una mentira colosal. P. ¿Pero no eras tú marxista? R. Lo fui vagamente. Merodeé el marxismo. Mi padre era socialista. En los años 50 me ilusionó el socialismo. Pero porque estaba muy mal informado. Es cierto que habían documentos y testimonios que ya entonces demostraban la falacia del marxismo, pero yo o no los conocía o no quería creerlos. Luego fui aprendiendo. El pueblo de Cuba fue víctima de un gigantesco fraude. Hoy ya no tengo nada de marxista. Absolutamente nada, porque el marxismo no es nada. P. ¿Y tu padre? R. Mi pobre padre aprendió su lección del modo más cruel. Lo insultaron y lo patearon en actos de repudio cuando era un anciano ciego. Fueron increíblemente crueles con un pobre viejo casi ciego. P. ¿Y contigo? R. Conmigo ocurrió lo mismo, pero con menos violencia física. Desde marzo he vivido acosado, insultado y amenazado cada vez que salía de mi casa. Ese es el aspecto fascistoide del castrismo. P. ¿Por eso no te reuniste con la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas? R. Esencialmente por eso. Pero la Comisión de Derechos Humanos recibió el testimonio de cientos de personas. Unos 5,000 cubanos se atrevieron a desafiar al gobierno y a sobreponerse a su propio miedo. No todos consiguieron hacerse oír por la Comisión, pero muchos sí lo lograron. En Cuba eso constituye una proeza increíble y es la prueba de que está intacto el espíritu de rebeldía del pueblo. P. ¿Y el exilio? ¿Pesa el exilio? R. Muchísimo. Sin Radio Martí, sin la Voz del CID, sin la incansable tarea de las gentes que día a día batallan y denuncian desde el exilio, nos hubieran aplastado. Esas voces y esos ecos han alentado las protestas. P. ¿Y esas protestas, esas rebeldías, ponen en peligro al régimen? R. Sí, a largo plazo. No obstante, los dictadores son problemáticos en lo que yo llamo el período finisecular. Es difícil predecir lo que ocurrirá en Cuba, pero el castrismo es un episodio transitorio. Una anécdota que pasará. Un triste paréntesis. Cuba reencontrará su destino. P. ¿Cuándo irás a Miami? R. Pronto. Cuando me restablezca en Alemania de una dolencia renal. P. ¿Y a Cuba? R. A Cuba dicen que no volveré, pero estoy seguro que sí volveré. Me la llevé dentro, pero volveré. Te aseguro que volveremos todos. Y se fue rumbo a Francfort, con su mirada intensa, sus maletines increíbles y el viejo radio ruso. Dicen sus enemigos que tiene mirada de loco. No es cierto. Mira como los hombres valientes, de frente y sin miedo. Hasta ahora, en la isla, pasaba horas y horas escuchando la radio para comprobar que afuera había gente, y corazones, y ojos dispuestos a llorar por el dolor ajeno. Ahora, esta noche, me lo imagino en su hotel alemán, fatigado, ojeroso, trajinando su viejo radio ruso para oír, qué ironía, noticias de la isla. Todavía, y durante mucho tiempo, su vida seguirá pendiente de un hilo invisible. Nota del editor: Esta entrevista fue publicada originalmente en El Nuevo Herald en 1988. |